Durante el último cuarto de siglo, los presidentes estadounidenses tenían cada año una cita ineludible: los actos de conmemoración en Nueva York de los atentados yihadistas del 11 de septiembre de 2001, en los que murieron directamente 2.977 personas. Iban y escuchaban en silencio el homenaje a los caídos o leían poemas y retales de la Constitución. Eran unos actos apartidistas por antonomasia. Un momento de unidad nacional para recordar a los caídos en aquellos devastadores atentados contra las Torres Gemelas de la capital financiera o del Pentágono en Washington. El país y su clase política se mostraba unida por el pegamento de la desgracia.
Donald Trump ha decidido romper este año esa tradición. Quiere dar un discurso, pero, desde 2012, los organizadores del evento en Nueva York han descartado que hablen los políticos. Se trata de evitar la polarización y poner el foco en las familias y en la lectura de los nombres de las víctimas. Así que el presidente ha decidido no acudir a la cita y viajar en su lugar a un acto en el Pentágono, y así poder hablar, según NYT y CNN. En la «zona cero» neoyorquina, donde se produjo el grueso de las víctimas, sí estarán los expresidentes Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama con sus esposas. El vicepresidente J.D. Vance acudirá en representación de la Casa Blanca.
NUEVA YORK (ESTADOS UNIDOS) 11/9/2011.- El presidente de EEUU, Barack Obama (d), la primera dama, Michelle Obama (2d), el expresidente Geore W. Bush (2i) y su esposa, Laura Bush (i), asisten a la ceremonia para conmemorar el décimo aniversario de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en el World Trade Center / KRISTOFFER TRIPPLAAR / PO / EFE
Esa ruptura con la unidad bipartidista es marca de la casa del trumpismo. Trump es del Partido Republicano solo de nombre; en realidad, lidera un movimiento, el Make America Great Again, para el que ir a la contra del establishment político es una virtud, no una lacra.
Trump construyó buena parte de su discurso político sobre el fracaso de las guerras posteriores al 11-S (Irak y Afganistán, y la guerra contra el terror). Sin embargo, él también está atrapado en una contienda sin final a la vista.
«Creo que Trump no quiere aparecer en el principal acto de conmemoración de Nueva York porque prometió al pueblo estadounidense que evitaría las guerras en Oriente Próximo y ahora se encuentra atrapado por la guerra de Irán, que está en punto muerto. La mayoría de los estadounidenses se opone a esta guerra. Ante esta oposición, Trump ha desplazado en parte el foco hacia cuestiones internas y se ha centrado en lo que considera sus enemigos domésticos, con la esperanza de reforzar así una base electoral que está perdiendo apoyo», valora para EL PERIÓDICO Gregory Aftandilian, profesor titular de Relaciones Internacionales de la American University (Washington). «Además, a Trump le gusta presumir de sus ‘victorias’, y los atentados del 11-S supusieron claramente un golpe para Estados Unidos, aunque posteriormente el país logró derrotar en gran medida a Al Qaeda y matar a Osama bin Laden».
Trump: testigo del 11-S
Los atentados pillaron a Trump en Nueva York. El mogul inmobiliario tenía entonces 55 años. Vió el desplome del World Trade Center desde su apartamento en el centro de la ciudad, y lo describió en una entrevista con el canal de television WWOR. Ya por entonces era aficionado a la mentira y la exageración: dijo falsamente que, tras el desplome de las Torres Gemelas, uno de sus edificios era ahora el más alto de la ciudad. «Mi 40 de Wall Street era el segundo edificio más alto del centro de Manhattan y, antes del World Trade Center, era el más alto. Cuando construyeron el World Trade Center pasó a ser conocido como el segundo más alto. Ahora es el más alto», dijo en la entrevista.
«Trump explotó el rechazo a las ‘guerras eternas’ tras el 11-S y me atrevería a decir que no habría tenido el mismo éxito político sin ese desencanto»
Por aquella época, el multimillonario aún no se oponía a las guerras lanzadas como reacción al 11-S. ¿Apoya la guerra de Irak?, le preguntó un periodista. «Supongo que sí», respondió a los pocos meses del comienzo de la contienda en marzo de 2003. Luego describió la operación como «un éxito tremendo desde el punto de vista militar».
Cambió de posición ya en 2004, cuando empezó a verse que la guerra se había lanzado sobre premisas falsas y que estaba siendo una carnicería sin luz al final del túnel.

Nueva York, 11 de septiembre de 2001.- Atentados yihadistas / .
Más de una década después, durante su candidatura al Partido Republicano primero y luego a la presidencia, en 2015-2016, vendió la idea de que él había visto venir el desastre de Irak y se había opuesto desde el principio, algo que no fue cierto.
«Resulta irónico que Trump se beneficiara políticamente del desencanto popular con las ‘guerras eternas’ y que ahora esté sufriendo una reacción en contra por su propia guerra, mal planteada, con Irán», apunta a este diario Nathan Citino, profesor de Historia de la Universidad Rice (Estados Unidos). «Las numerosas instituciones y autoridades estadounidenses que respaldaron la ‘guerra contra el terrorismo’ –los grandes medios de comunicación, los expertos universitarios y dirigentes de ambos partidos– quedaron desacreditados por las mentiras que rodearon las ‘guerras eternas’. Trump explotó ese rechazo y me atrevería a decir que no habría tenido el mismo éxito político sin ese desencanto«.
Trump fue muy crítico con la permanencia estadounidense en Afganistán desde mucho antes de llegar a la Casa Blanca. En 2011 escribió que Estados Unidos debía dejar de gastar dinero en reconstruir Afganistán y concentrarse en reconstruir Estados Unidos. En 2012 calificó la guerra de «desastre total» y dijo que Estados Unidos no sabía lo que estaba haciendo. Luego convirtió el «¡salgamos de Afganistán!» o el «¡tiempo de volver a casa!» en eslóganes de su campaña. Él iba a «acabar con las guerras eternas».
Enemigo interior
No lo hacía por pacifismo o por aislacionismo, sino por el gasto que suponían, por el coste en vidas humanas y porque, para él, la prioridad era invertir en Estados Unidos. El mensaje resonó entre los votantes. Fue elegido presidente en noviembre de 2016.
Un año después de llegar a la Casa Blanca, en lugar de retirar las tropas, redobló la presión militar sobre Afganistán. No fue hasta 2020 cuando su Administración negoció directamente con los talibanes el acuerdo que establecía la retirada estadounidense. Un acuerdo que marcó el camino para la salida de las tropas, que finalmente ejecutaría Joe Biden en 2021.
Trump sí apoyó la guerra contra el terrorismo, que derivó en la vigilancia interna y en limbos judiciales como el de Guantánamo.
Ahora, ya en su segundo mandato, Trump ha girado hacia los que considera enemigos interiores. Los primeros, para él y sus votantes, son los inmigrantes. Por eso ha cuadriplicado el presupuesto de su fuerza de choque migratoria, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE). Y llevado hasta el límite el discurso contra extranjeros, comunistas o demócratas.
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