La Fuerza Aérea de Estados Unidos completó un simulacro sorpresa para evaluar la preparación de sus tropas ante un asalto a sus instalaciones nucleares. Durante el ejercicio, las fuerzas de seguridad practicaron la recuperación táctica de un silo de misiles balísticos intercontinentales (ICBM) mientras neutralizaban una amenaza simulada de drones y coordinaban la inserción de refuerzos desde helicópteros.
El operativo, denominado Sentinel Dragon 26-02, se desarrolló del 4 al 7 de agosto bajo un estricto secreto para garantizar que el personal de misiles, los equipos de mantenimiento y las unidades de apoyo respondieran utilizando las cadenas de mando y control habituales, sin preparación previa. La maniobra evaluó simultáneamente la respuesta técnica y la defensa armada de emplazamientos altamente dispersos.
La incorporación de tácticas contra sistemas aéreos no tripulados (UAS) responde a una vulnerabilidad creciente en la infraestructura estratégica. Un dron, incluso desarmado, puede observar posiciones defensivas, transmitir información a fuerzas hostiles, obligar a los equipos de seguridad a dispersarse y complicar el espacio aéreo, retrasando la llegada de los equipos de respuesta rápida helitransportada.
La arquitectura del arsenal nuclear estadounidense agrava este desafío de seguridad. La fuerza actual cuenta con 400 misiles Minuteman III distribuidos en vastas áreas de Wyoming, Montana y Dakota del Norte. Esta dispersión geográfica, diseñada para garantizar la supervivencia del arsenal frente a un ataque masivo, exige ahora proteger miles de kilómetros cuadrados de posibles incursiones e inteligencia de bajo costo.
Para asegurar la movilidad en este extenso territorio, la maniobra integró las operaciones aéreas del 582.º Grupo de Helicópteros. Esta unidad provee el despliegue rápido de efectivos tácticos en los campos de misiles y se encuentra en plena transición hacia el uso del nuevo modelo MH-139A Grey Wolf, aeronave diseñada para mejorar la velocidad y capacidad de inserción frente a contingencias.
El simulacro evidencia un ajuste operativo de Washington a un nuevo entorno táctico, un desafío que también enfrentan otras potencias atómicas. La disuasión y el resguardo del material nuclear ya no dependen exclusivamente de la supervivencia de los misiles y la solidez de los búnkeres, sino de la capacidad para proteger la infraestructura física periférica frente a dispositivos comerciales o de bajo presupuesto que operan por debajo del umbral de un ataque militar tradicional.









