El Real Zaragoza pondrá hoy punto y final a una temporada que le ha mostrado el camino al infierno de la Primera RFEF un fin de semana tras otro. El Real Zaragoza está fuera del fútbol profesional por méritos propios tras una campaña que abre una herida profunda en la afición, en la ciudad, en el consejo de administración, en las instituciones, en la clase política y empresarial y en el conjunto de los zaragozanos y aragoneses. Los efectos de tal descalabro ya son visibles y perceptibles en el ánimo de una ciudad que, paradójicamente, espera en el plazo poco más de un año el estreno de la Nueva Romareda, un estadio llamado a ser el templo y el buque insignia de un equipo que ha sido incapaz de competir en el último año.
El origen del desastre está en la nefasta gestión llevada a cabo desde los despachos por unos directivos que tendrán que hacer un profundo examen de conciencia para poder redimir sus múltiples pecados, aunque ni siquiera eso será suficiente, ya que el único perdón posible pasa por el retorno del Real Zaragoza a Segunda División la próxima temporada. El reloj ya se ha puesto en marcha, no solo para el club sino también para el nuevo estadio, cuyas obras deberían estar concluidas en junio de 2027 para acoger partidos de la Hipermotion dos meses después. Lo contrario sería una nueva tragedia.
La propiedad del Real Zaragoza ha reconocido errores en los últimos días. Solo faltaba. Pero eso no es suficiente. El cambio de rumbo que ha de dar el club es tal que cuesta mucho creer que sea posible ejecutarlo en tan escaso margen de tiempo y con tanto ruido alrededor. Creer que reflotar el proyecto del equipo del león es cambiar tres o cuatro cosas en el corto plazo es sencillamente llamarse a engaño o directamente engañar. La tarea es mucho más profunda, pues exige cariño a fuego lento y tiene una única receta para que llegue a buen puerto: creer. Pero, ¿quién cree hoy en el Real Zaragoza?
Parte de la afición protesta con el escudo del Real Zaragoza al fondo / Miguel Ángel Gracia
Algunos de los máximos accionistas no parecen estar en esa ecuación porque, si bien es cierto que han aportado capital en los últimos años y han saneado la situación del club en lo económico, desconocen qué representa el escudo del Real Zaragoza para los aragoneses. Y eso es un escollo casi insalvable. Quien no crea no debería embarcarse en la aventura de la resurrección. La orfandad del Zaragoza es tal que nadie ha mostrado interés por la causa, a pesar de los reiterados intentos por encontrar osados aragoneses que acepten el reto. La marca Real Zaragoza está tan dañada y su efecto multiplicador eleva el riesgo hasta el infinito. Por eso, es tan necesario que al mando haya gente con sentimiento, pasión, capacidad de gestión y sentido común. Esos son, sin duda, los ingredientes para recuperar la esencia de un símbolo para Aragón.
Política y deporte
Otra de las lecciones que debería extraerse de estos últimos años es que la política y el deporte no mezclan bien. Zapatero a tus zapatos, que diría aquel (sin ánimo de polemizar en una semana tan convulsa en lo político). El Real Zaragoza y la Nueva Romareda no deberían ser lo mismo, aunque argumentos se han dado para pensar lo contrario. Y ese es otro de los grandes errores. Si a la política y el deporte se le añade ambición, el resultado todavía es peor. Existen infinidad de ejemplos en los últimos 20 años en la historia del club y todos ellos conducen al mismo camino, el de vincular el negocio a que una pelota entre en una portería. Maridar lo racional y lo emocional es como tratar de mezclar agua y aceite.
El cuento del Real Zaragoza ha sido como el cuento de la lechera, de ahí que resulte tan importante que en esta nueva etapa no se generen expectativas a las que nadie puede dar cumplimiento. Ni con el estadio, ni con el equipo, ni con las cuentas de la sociedad, ni con la ilusión de la afición. Solo hay que trabajar por y para. Sin ruido y con dedicación. Que cada palo aguante su vela, que cada uno se ocupe de su parcela para hacerlo lo mejor posible, y que cada directivo, técnico, entrenador y jugador asuma su responsabilidad. Es la única fórmula.
El Gobierno de Aragón ha anunciado esta semana un «plan de rescate indirecto» para los equipo de élite. Habrá que ver en qué se sustancia, pero resultaría poco edificante premiar o recompensar a quien no ha cumplido con su trabajo. Esa es otra de las lecciones que debería aprenderse de estos años porque si algo ha quedado más que comprobado es que el dinero no da la felicidad. Y de eso, el zaragocismo sabe tela.
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