Los padres de tres menores de 12 y 13 años de Tarragona recibieron el pasado 19 de junio la peor de las noticias: sus hijos, que habían ido a bañarse solos y sin la supervisión de un adulto a la playa de la Arrabassada, se habían ahogado en el mar. Uno de ellos falleció en el agua y los otros dos murieron ya en el hospital. Más allá de la conmoción por la tragedia, el suceso generó en esas horas numerosos comentarios en las redes sociales a cuento de la idoneidad, o no, de que chavales tan jóvenes pasaran un día de playa sin la compañía de un mayor.
Los mensajes de reproche hacia los padres por haber autorizado la excursión propiciaban un debate público sobre la gestión de la autonomía de los menores en el que hay más preguntas que respuestas concluyentes y que tiene difícil resolución. Albert, padre de un chaval de 14 años que este verano ha empezado a ir a la playa con sus amigos tras mucha insistencia, se pregunta: «¿A partir de qué edad se les pude dejar ir solos a nadar? ¿Cómo se les previene de los riesgos que su inmadurez les impide ver? ¿Cuál es el equilibrio entre fomentar su autonomía y protegerle de peligros impropios de su edad?».
Sin reglas
Psicólogos, educadores y profesionales habituados a tratar con menores coinciden en reconocer que no existen reglas universales a la hora de tasar la capacidad de los chicos para valerse por sí solos ni es posible señalar, como norma general, un año de la adolescencia a partir del cual se les puede considerar preparados para vivir experiencias como bañarse en una playa o en un río sin la supervisión de un adulto. “No depende de la edad del menor, sino de su grado de madurez, que es algo progresivo y cambiante como todo lo que viven en esa etapa de la vida”, apunta Èlia Sasot, psicóloga infantil y juvenil del Centro Médico Teknon.
La ley es clara y taxativa a la hora de señalar cuándo un menor puede trabajar (16 años), comprar tabaco (18) o contraer matrimonio (16), pero medir algo tan difuso y subjetivo como “el grado de madurez” de un púber no es fácil. Sasot propone un baremo para orientar a los padres: preguntar a sus hijos cómo resolverían imprevistos que pudieran suceder. “Un chico que es capaz de pedir socorro si ocurre un accidente o que sabe lo que debe hacer si a un amigo le da un coma etílico en una discoteca demuestra madurez independientemente de la edad que tenga”, entiende la psicóloga, que se anima a mojarse en el debate del suceso de Tarragona: “Probablemente, a los 12 años les faltaba madurez para ir solos a nadar a la playa y habría sido conveniente la compañía de un adulto. Sin embargo, a los 14 es habitual que sepan resolver una contingencia que se produzca en el agua”, observa.
Por ley, un menor no puede trabajar hasta que cumple 16 años, tiene prohibido comprar tabaco antes de los 18 años y no puede contraer matrimonio hasta después de los 16
Cosas de mayores
La adolescencia es una etapa de la vida caracterizada por la exploración y el aprendizaje en la que los chicos y chicas se sienten llamados a hacer “cosas de mayores” con la fascinación –y también la inexperiencia– del debutante. Es cuando se dan los primeros besos, se viven las primeras fiestas y se hacen los primeros viajes sin la presencia de los padres, aunque sí de profesores o monitores.
La exposición a esas nuevas experiencias es la única forma que existe de aprenderlas, y ante el dilema de permitírselas o prohibírselas, el experto en relaciones Vicent Ginés distingue dos perfiles extremos de padres, ambos rechazables: “Los hay que, para no confrontar sus propios miedos, tienden a sobreprotegerles y no permitirles hacer nada, y así castran su desarrollo. Y hay otros que, para no discutir con los hijos ni tener broncas en casa, les conceden todo lo que piden, exponiéndolos a veces a riesgos impropios de esas edades”, distingue.
Es un error creer que la madurez la da la edad
Facilitar el desarrollo
En medio quedarían quienes asumen que sus hijos ya no son los niños que eran y que deben tener vivencias nuevas para facilitar su desarrollo, pero habiéndoles transmitido previamente los riesgos que estas entrañan. “La clave es hablar con ellos y preguntarles: ¿eres consciente del peligro que tiene nadar en el mar? ¿Sabes lo que puede pasarte si tienes relaciones sexuales sin protección? ¿Conoces las consecuencias de beber alcohol sin moderación? Si la respuesta es no, es que no están preparados para vivir esas experiencias”, explica el autor de ‘¡No lo mates todavía!”, manual en el que ofrece consejos prácticos a padres de adolescentes.
Este formador se resiste a tomar partido en el debate de la tragedia de los chicos de Tarragona. “He conocido chavales de 12 años que llevan desde los 7 yendo de acampada, nadan a la perfección y conocen los peligros que tienen las corrientes marinas, y otros de 16 que apenas conocen el mar”, compara. El error habitual, destaca, es “creer que la madurez la da la edad”. “La madurez la da la conciencia del peligro que hay detrás de cada acción, pero eso solo lo da la experiencia y el diálogo constante de los padres con los menores. Hay que educarles, pero también entrenarles para la vida adulta”, concluye.
Suscríbete para seguir leyendo







