La literatura deportiva acompaña a muchos escritores que proceden de otros ámbitos. Nacho Carretero es uno de los que camina entre dos aguas reivindicando el peso del deporte y del fútbol en la cultura popular: “Nuestra generación de periodistas se formó con el sueño de ser escritores. Quizás por eso leíamos compulsivamente de fútbol en el mundo anglosajón y entendemos el deporte como algo transversal a la literatura. Irving Wells siempre metía algo de fútbol como signo de cultura popular. En España, sin embargo, había poquito. En Londres hay secciones de literatura deportiva en las librerías y aquí, alguna estantería como mucho. Pero ha decaído ese prejuicio que señalaba al fútbol y al deporte como algo no cultural. ¿La razón? Un periodismo más literario y cultural que nos ha inculcado un mayor cultural deportiva. Ahora sabemos que el fútbol también implica moda, folklore, política… Quien dice que el fútbol es solo un juego es porque solo busca negocio. Ahora ver cómo David Trueba, Kiko Amat y otros escritores meten en sus novelas el fútbol”.
El fútbol y la cultura popular
La santanderina Marta San Miguel explica que “yo lo he visto desde fuera por mi condición inicial de poeta. En la redacción trabajaba en cultura y los de deporte estaban en su península. El periodismo deportivo siempre ha sido paralelo a la realidad, quizás por eso se le mira con distancia. El boom de la literatura deportiva evidencia que el deporte funciona porque está en el tuétano de nuestra memoria, en lo emocional, en el arraigo geográfico… Sus relatos nos vinculan adonde hemos nacido y a lo que somos. La literatura vehicula y explicar lo que nos pasa. El desprestigio a la literatura deportiva está en quien mira, no en quien escribe. Ya en el siglo XX, la generación del 27 hizo del deporte y el fútbol un material narrativo de calidad. Todos hemos aprendido a ser quienes somos en el patio del colegio. Y hemos crecido leyendo los Hooligans Ilustrados o a periodistas como Segurola, Enric González, Martín Caparrós, Galder Reguera, Nacho Carretero, Enrique Ballester…”.
Carlos Marañón, director de Cinemanía y escritor de literatura deportiva y cine, advierte que “en términos de corrientes literarias cada vez hay más nichos y es lógico que el deporte y el fútbol, que lo llena todo, ocupen espacios de la sociedad que hace 40 años no ocupaban. En Reino Unido el fútbol es parte de la cultura popular y aquí ya nadie duda de que también lo es. Sigue habiendo prejuicios, pero el complejo ha desaparecido”.
Carretero cree que “culturalmente estamos años por detrás de casi todos los que nos rodean. Y eso aplica al fútbol. Solo hay que ver los códigos que se manejan en Inglaterra en las gradas, con las aficiones visitantes, los precios… Eso es respeto a la cultura popular del fútbol, algo que pasa también en Alemania e incluso en Italia. Aquí está cambiando porque las nuevas generaciones son del equipo de la ciudad y llenan los estadios”. El gallego concluye que “nos estamos liberando del prejuicio porque han salido muchos intelectuales del armario del fútbol”. San Miguel va más allá y confiesa que “cuando empecé a escribir de fútbol, la primera que tenía un prejuicio fui yo. No era habitual que una mujer escribiese de fútbol. Pero es algo que está pegado a nosotros en todos los órdenes de la vida y marca las agendas familiares”.
El fútbol como «atajo»
Marañón aboga por la literatura deportiva “como un espacio intergeneracional que nos conecta con nuestros hijos. El fútbol es una herramienta que a mí me ayuda a acercarme a mis hijos y compartir lecturas nos acerca aún más. Intento que consuman literatura en formatos cómodos para ellos: artículos de prensa, libros, cómics… Pero es difícil. ¿Cómo van a leer un libro de los Mundiales cuando pueden ver todos los goles en vídeo?”. San Miguel defiende que “el fútbol se ha convertido en un léxico familiar” y Carretero revela que “utilizo el fútbol como un sintetizador que explica la realidad de un país, el mejor atajo para conocer su idiosincrasia social, política, tribal…”.
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