Dos mil palcos que se pusieran a la venta se venderían. Dos mil metros más que tuviera la Alameda se ocuparían. O algo parecido. Lo cierto es que la Batalla de Flores, como atractivo turístico o como simple curiosidad, reúne a muchas más personas que los cerca de cuatro mil que acceden entre compradores de palcos e invitados, alrededor del recorrido del festejo.
Y prueba de ello es la ingente cantidad de personas que se dan cita en los alrededores, en segunda fila. La Alameda tiene algunos pequeños altos, como en los pretiles del cauce, la glorieta y, sobre todo, el Puente de la Exposición, en el que se hacinan literalmente miles de personas que acuden a ver lo que buenamente se puede. Porque la Alameda es un espacio perfecto para el desarrollo del festejo -una calle larga y plana- pero que no da abasto a todas aquellas personas a las que le interesa.
Cientos de personas contemplan el paso de la Batalla desde el Puente de la Exposición / Moisés Domínguez
Las flores que han quedado
Es también por ello que, cuando se levantan las vallas, una vez las carrozas han sido confinadas en la zona más cercana al Puente de Aragón, se desata la Batalla de Flores Popular. En ella, cientos de personas tratan de lanzar las flores que han quedado en el suelo. Algunas están en buen estado y otras están ya aplastadas y llenas de tierra. No importa demasiado a aquellos que no lo han probado nunca y que lanzarse flores de gran tamaño también les parece subyugante.
Esa es la parte desconocida del festejo, y que prolongó la fiesta hasta bastante más tarde del horario previsto.














