Hacer una visita guiada a Auschwitz-Birkenau es asomarse a un retrato preciso de la crueldad de la que es capaz el ser humano. Pero el horror no empezó allí. Empezó mucho antes, cuando acorralaron a los judíos en el gueto, cuando los seleccionaban en lo que hoy se conoce como la plaza de las sillas, decidiendo en un instante quién marchaba hacia los campos de concentración y quién, por un margen mínimo de suerte, se quedaba un día más con vida. El Holocausto fue, hasta ahora, la peor representación de lo que somos capaces de hacernos los unos a los otros.
Visitar Auschwitz-Birkenau deja el alma deshecha. Deja, sobre todo, una sensación incómoda y persistente: la de que quizá no estamos tan a salvo como quisiéramos creer. No lo estamos cuando vemos el odio dirigido al inmigrante, ni cuando vemos el odio dirigido a quien es distinto. Los mecanismos que allí empezaron, el señalamiento, la deshumanización progresiva, el miedo convertido en política, no pertenecen únicamente a un pasado cerrado y estudiado en los libros de texto. Reaparecen, con otros nombres y otras banderas, cada vez que una sociedad decide que hay personas de primera y personas de segunda.
El ICE en Estados Unidos es una muestra bastante clara de ese acorralamiento del diferente: el miedo sembrado deliberadamente, las familias separadas, los cuerpos convertidos en expedientes. Aquí, en España, tenemos a Vox y su discurso de la «prioridad nacional», que transita ese mismo camino con distinto paso. No hace falta llegar a una cámara de gas para reconocer el germen del odio; basta con observar cómo se normaliza la idea de que unos tienen más derecho que otros a existir en un territorio, a tener papeles, a no vivir con miedo.
No sé si las personas que hoy promueven ese odio se han detenido, aunque sea un instante, en el museo de Auschwitz. No sé si han mirado a la cara a esos seres humanos retratados en blanco y negro, si han observado sus maletas abandonadas, amontonadas como testimonio mudo de vidas interrumpidas, si han sentido la esperanza perdida que aún flota en esas fotografías. No sé si han escuchado, aunque sea en el silencio de sus propios pasos, ese rumor de muerte que todavía habita esos muros.
Porque quien lo ha hecho de verdad, quien se ha dejado atravesar por ese lugar, sabe que la memoria no es un ejercicio de nostalgia histórica, sino una advertencia. Auschwitz no nos habla del pasado: nos habla de lo fácil que resulta, todavía hoy, señalar al distinto y llamarlo amenaza.
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