Una cosa ha llevado a la otra y he acabado alojada en un hotel a apenas cien metros del cementerio donde descansa mi padre. ¿Descansará realmente? Viendo el solazo criminal que pega directo sobre su lápida —a qué mala hora elegimos piedra negra—, tengo dudas.
Empiezo a pensar que esta columna de reflexión —mucho más que de opinión, dónde vamos a parar— saca lo más hondo que alberga al visitar cementerios. A los hechos me remito. Y no es casual: la palabra proviene del latín tardío reflexio y del verbo reflectere. Antes de significar ‘cavilar’ o ‘pensar sesudamente’, en su raíz —re (hacia atrás) y flectere (doblar, curvar)—, ‘reflexión’ era, literalmente, doblar o curvar hacia atrás.
Y, claro, limpio la lápida mientras el líquido crepita y se evapora al instante ante mis ojos, y esta cabeza se curva a los gritos que nos pegaría mi padre, si pudiera, que le saquemos ahora mismo, que cómo nos atrevemos a meterle ahí.
No es la primera vez que me grita mi padre, qué va. En estas dobleces hacia atrás, lo mismito que me gritaba cuando vivía. Incluso, incluso, en tumbas en las que no estaba él…
También en Benarés (India) acabé viviendo junto a otro inmenso cementerio —del latín tardío coemeterĭum, y este del griego bizantino koimētḗrion, «dormitorio»—: el río Ganges, el lugar más sagrado del hinduismo, el elegido para ser cremado con el afán de que el alma rompa el ciclo de reencarnaciones y alcance, al fin, el moksha, la salvación.
Día y noche, era constante el trasiego de hombres —y solo hombres— portando un cadáver sobre los hombros. El trabajo de las mujeres se ciñe a preparar el cuerpo en casa y ungirlo en ghee —mantequilla clarificada—. Pero no asisten a la incineración, pues de todos es sabido que las mujeres lloran y las lágrimas parecen ser una atadura terrenal.
He visto traer cadáveres en coches lujosos o atados al techo de un rickshaw. Bajan hasta la orilla rebotando en una camilla de bambú por las escalinatas de los ghats entre mantras que ayudan al Espíritu a encontrar el camino. Y, no importa cuántas veces asistiera a esta escena, pensaba en mi padre: ¡ay, mi padre!, ¡lo que nos gritaría si lo zarandeáramos de esa manera!
Me preguntó mi hermano qué grabábamos en la lápida. Y sin tener ni idea, le propuse: «Cuando aquel a quien quieres se convierte en un recuerdo, la memoria se convierte en un tesoro». Huyendo por un rato de la solana por entre los nichos a la sombra —qué frío pasarán en invierno—, me he dado cuenta de que es una excepción. La inmensa mayoría es «Tu familia no te olvida». «Tu familia no te olvida»…
Y aunque lo he mencionado ya en alguna ocasión en esta columna de reflexión, cuando viajo mis sitios favoritos —más bien, imprescindibles— son los mercados, los lugares de culto y los cementerios. ¡Hay tanta información sobre los vivos en cómo comen, a qué rezan y cómo despiden a los que ya no están!
Hay cementerios, como el antiguo de Atenas, con impresionantes piezas de escultura y arquitectura, que compiten en belleza con cualquier museo.
En Praga, el antiguo cementerio judío dentro de Josefov —ahora denominado Barrio Judío; antes, sin eufemismo, simplemente gueto judío— es el más antiguo de Europa. Su número de tumbas es incalculable porque, cuando el limitado terreno asignado en su encierro se agotó, fueron enterrando tumbas sobre tumbas ya existentes. Un asombroso milhojas de lápidas y tierra.
Pero en territorio patrio les recomiendo visitar el antiguo cementerio británico de Madrid de mediados del XIX, cuando las leyes españolas no permitían dar sepultura a los no católicos. Las autoridades británicas compraron unos terrenos cerca de la actual plaza de Colón para construir su propio cementerio. Pero la planificación urbanística de la ciudad esperaba crecer hasta allí y les ofrecieron otro espacio muy a las afueras: el actual Carabanchel. Eso sí, la autorización iba acompañada de que los enterramientos se hiciesen «sin culto, ritual, pompa ni publicidad». Yes, yes, but not, la revista Illustrated London News recogió la noticia del primer funeral: «Una carroza fúnebre de cuatro caballos, seguida de ocho carruajes».
Con el tiempo, los británicos permitieron entierros de otras nacionalidades y cultos: luteranos, miembros de la iglesia ortodoxa rusa y griega o judíos de 43 nacionalidades distintas. Una suerte de anti Brexit donde cabían todos los proscritos de la legislación española.
Y Santa Lastenia, en Santa Cruz de Tenerife, donde algunas lápidas, en lugar de epitafio o nombre, llevan un número de identificación y la fecha de llegada de la patera en la que alguien encontró su cuerpo. Entre ellas, una única placa colocada por la Asociación de Malienses:
«Que la tierra les sea leve, hermanos. Y a todos los que seguirán emprendiendo esas rutas, ¡buen viaje!».
En algún lugar de esta curva hacia atrás, sus familias no saben, pero tampoco olvidan.
Dejo a mi padre, ojalá en paz. Y con una cerveza. Conociéndole y con este calor… es lo único que querría.
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