Antoni Gaudí nació en Reus en 1852, en una España en la que nacías un día –él lo hizo el 25 de junio– y al día siguiente te llevaban a bautizar. Sus padres, preocupados por transmitirles a sus hijos tanto la fe como la formación, se trasladaron a Barcelona, donde aquel adolescente que destacaba sobremanera en Geometría acabaría graduándose en Arquitectura, comenzando una trayectoria artística que dejaría su nombre grabado para siempre en la memoria de las generaciones venideras.
No son palabras grandilocuentes para ensalzar a alguien que no necesita halagos. Basta con ver las obras que nos legó, y que han vuelto a estar en el centro de atención con la reciente visita apostólica del papa León XIV a nuestro país, coincidiendo con el centenario de su muerte –el 10 de junio de 1926–. En 2010, con motivo de la consagración de la basílica de la Sagrada Familia y de su altar, Benedicto XVI se refirió a ella como el lugar donde «Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia».
Solo con ojear la prensa de las décadas que despidieron el siglo XIX en nuestro país e iniciaron el XX nos damos cuenta de que Gaudí no vivió una época fácil en todos los sentidos. Y como creyente, el hombre piadoso que cada día madrugaba para ir a misa antes de dirigirse a las obras de la Sagrada Familia, transitó de otra forma la situación de enfrentamiento entre lo católico y lo secular en un tiempo de fuerte agitación social, política y cultural. No optó por la batalla cultural, como se dice ahora. O, más bien, la llevó a cabo de otra manera: no con palabras, sino con obras. Con su obra.
Así es: en su homilía de 2010, el papa alemán subrayó cómo el genio catalán logró «superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana», que era el drama de su tiempo, y lo hizo a través de la belleza, «con piedras, trazos, planos y cumbres». Porque la belleza, entre otras cosas, nos revela a Dios, «invita a la libertad y arranca del egoísmo». En una época de tirarse piedras unos a otros, él se dedicó a ponerlas una sobre otra, prefiriendo edificar a enfrentarse, regalar a reclamar. Algo muy del evangelio. Muy de Jesucristo.
Y lo hizo sin perder ni un ápice de su identidad católica. Desde ella vivió y trabajó hasta el final de sus días. Consciente de los males de su sociedad, se hizo cargo de lo que se había proyectado como un templo expiatorio, es decir, dedicado a reparar los pecados en un momento de descristianización. Qué bueno será que al admirar su obra también nos contagiemos de sus actitudes. n














