La operación realizada hace más de 25 años por el Gobierno de Aragón para conseguir que una multinacional como Inditex apostara por Plaza para instalar la plataforma con la que aspiraba a comerse el mundo es hoy un paradigma de cómo a veces asumir el riesgo en política es más que recomendable, necesario. Y también de cómo un simple acuerdo puede transformar la economía de todo un territorio. Han tenido que pasar más de dos décadas, y tener a la firma que preside Amancio Ortega funcionando a pleno rendimiento en Aragón y expandiéndose en Zaragoza, para conocer todos los entresijos de un gran acuerdo que cambió el devenir de una comunidad que entonces sufría la enorme dependencia del sector del automóvil, de los éxitos de una gran marca como General Motors, ahora Stellantis. Hizo que la logística se haya convertido en el 8% del Producto Interior Bruto (PIB) autonómico y comparta el protagonismo con un tejido industrial que ya no monopoliza la atención de la Administración, aunque su poder no haya menguado. Han tenido que pasar más de 25 años para entender que a veces la política sí es capaz de transformar cuando hay voluntad y la fe ciega de que esa hoja de ruta conduce al crecimiento económico. O que con la unión de fuerzas es capaz de competir de tú a tú contra otros territorios como Cataluña, que persiguen a veces lo mismo y no siempre salen victoriosos.
La multinacional textil tenía un acuerdo cerrado con la Generalitat, entonces gobernada por CiU, y lo deshizo cuando ya tenía la caseta de obra montada en Figueras para empezar las obras. Y se consiguió gracias al potencial que tenía un macroproyecto como Plaza que entonces solo estaba en la cabeza de quienes lo impulsaron y en la mesa de los técnicos y políticos que debían darle forma. Inditex consiguió que se acortaran los plazos de todo por unas exigencias a la DGA que eran muy difíciles de cumplir, pero se logró. Y se hizo cuando nadie sabía que años después iba a estallar una crisis económica a escala mundial que lo habría frustrado todo, haciendo un traje a medida a una firma española que todos habrían firmado que hubiera llegado a ser la mitad de lo que es hoy. Se puede decir que una pequeña parte de su éxito, en el porcentaje que sea, también habita en Zaragoza. Por suerte para Aragón y también para la firma de Amancio Ortega. Ambos arriesgaron, el uno por el otro, y el resultado es incontestable. El de la compañía de Arteixo es incuestionable, y para Zaragoza, con una plataforma que ya roza el lleno absoluto y que ha conseguido posicionar a su aeropuerto en el top 3 de Aena en el transporte de mercancías, tampoco arroja muchas dudas.
Pero tampoco hay que olvidar que es paradigma de cómo la política no puede usar la confrontación para tumbar proyectos tan valiosos. Hoy en día se rechaza prácticamente todo del adversario, amparándose en una lucha partidista que no tiene tanto calado como el que tenía cuando Aragón empezó a hablar con Inditex. Entonces se pedían permisos a Madrid para no frustrar la operación mientras el propio Gobierno aragonés se posicionaba detrás de la pancarta contra el trasvase. O lo pedía el PSOE al PP de Aznar en Madrid al que le acababa de arrebatar el Pignatelli en 1999… Y no fue excusa para sumar fuerzas. Ese tren que venía de Arteixo había que cogerlo sin saber adónde conducía. Ahora ya lo sabemos.
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