El fútbol ha vuelto a regatear al Zamora Club de Fútbol en su intento de asaltar los cielos. Y con esta, ya van siete. El Sabadell se proclamó justo vencedor de una eliminatoria igualada tan solo empañada por un resultado demasiado abultado y la mala praxis de los de siempre que, incapaces de contener sus ganas de celebración, invadieron el campo antes del pitido final con el consiguiente peligro para futbolistas e hinchas rivales. El conjunto rojiblanco se ha quedado de nuevo a las puertas del fútbol profesional, pero esta circunstancia, enmarcada dentro de lo puramente deportivo, no debe alejar la perspectiva de lo conseguido durante los últimos meses. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, la ciudad ha vibrado con su equipo, con el equipo de todos. Y esa comunión, bien llevada, puede convertirse en los cimientos de una entidad reverdecida.
El Zamora Club de Fútbol de Óscar Cano se ha ganado por derecho propio el cariño de una afición que ha respondido con creces durante el último tramo de la temporada. La derrota in extremis en el Ruta de la Plata ante Unionistas de Salamanca se convirtió en la mayor de las victorias sociales pues, desde entonces, el estadio municipal apenas ha bajado de las cinco mil personas en las gradas. La eliminatoria frente al Villarreal B supuso un coqueteo con el lleno, algo que se consiguió en la ida de la finalísima contra el Sabadell. La ola rojiblanca alcanzó tal dimensión que el pasado viernes, durante la última batalla, la Plaza Mayor se quedó pequeña para seguir el juego en la pantalla gigante instalada por la hostelería. Enganchar a los menos habituales se antoja imprescindible para el futuro inmediato del club si el objetivo sigue siendo firme por el ascenso, porque un campo que aprieta es garantía de puntos.
El club se ha ganado por derecho propio el cariño de una afición que ha respondido con creces durante el último tramo de la temporada
La sensación que deja Sabadell es de injusticia y se une a la inexperiencia de la fase contra el Cádiz, el Nástic y el Amurrio, la impotencia de Algeciras, el ataque de entrenador de Castellón, la crueldad de Vallecas, la indolencia de Villarreal y el fiasco de Badajoz. Sin embargo, el poso de equipo serio y con ambición que hoy ofrece el Zamora Club de Fútbol no se conocía desde tiempos de José María Casas.
La llegada de los nuevos propietarios a la margen izquierda del Duero explica la absoluta transformación del Zamora Club de Fútbol. No mintieron a nadie el día de su aterrizaje en la capital, hace ahora exactamente dos años, cuando advirtieron a la afición de que ellos habían venido aquí a ascender. Francisco Javier Páez Ramírez y Javier Páez Ruiz de Lopera entendieron pronto que no podían ser unos presidentes ausentes, y que una cosa es el negocio y otra muy distinta el negocio del fútbol. No les han dolido prendas a la hora de hacer mil kilómetros cada quince días para estar siempre en el palco del Ruta de la Plata ni tampoco viajar a través del extenso ámbito geográfico que abarca el grupo primero de la Primera RFEF. Han conocido a los hinchas, se han acercado a los patrocinadores, han pateado la provincia asumiendo el ámbito supramunicipal de este proyecto y han entendido que el deporte le debía una a esta entidad.
El Zamora Club de Fútbol volverá a intentarlo con la ambición de que a la octava sea la vencida. Pero, de momento, lo que se ha conseguido es que los balcones luzcan con la seña bermeja, los escaparates se tiñan de rojiblanco y los niños quieran ir al colegio con la camiseta del equipo de su ciudad. Y eso es otro ascenso.
















