Richard Gadd ha encontrado una curiosa utilidad para todo su dolor y toda su confusión: crear series adictivas para un público amplio. Conocido primero, pero sin pasarse, como cómico de ‘stand-up’ de estilo alienante, hace dos años reveló sus dotes como autor televisivo y actor de variados registros en ‘Mi reno de peluche’, singular comedia negra en la que exorcizó su propia experiencia con el acoso y el abuso sexual. La serie llegó casi de la nada, sin pompa publicitaria alguna por parte de Netflix, para convertirse en toda una sensación crítica y popular.
Ahora, su autor salta a HBO (con BBC como aliada en la producción) para una serie, ‘Half man’ (estreno el viernes, día 24), sin esa clara base autobiográfica, pero también claramente personal. Gadd vuelve a moverse entre un humor oscuro y una emoción visceral para hablar sobre la presión y la prisión de la masculinidad, la confusión sexual o la persistencia del trauma. «Si escribo sobre estas cosas, debe ser porque siempre he tenido un vacío en mi interior que no acabo de poder explicar», ha dicho en entrevista con ‘The New York Times’. «Un cierto agujero en el alma que quizá venga de presiones que sentí como hombre».
Según ha explicado, durante un tiempo le costó lidiar con el abuso por esas ideas flotantes que niegan que algo así pueda pasarle a un hombre y que los hombres no deberían ser así de vulnerables. En su nueva serie alterna entre líneas temporales para mostrar cómo los estereotipos de género conducen a la represión y esta, a su vez, conduce a comportamientos dañinos o violentos.
Codependencia tóxica
La historia empieza in medias res, es decir, en pleno asunto, en una boda escocesa que no parece vaya a acabar nada bien. El novio, Niall (Jamie Bell), no está bailando, sino tratando de evitar los intentos de Ruben (Richard Gadd), su hermano (no de sangre, pero como si lo fuera), de tener cierta conversación sobre el pasado. Tras un giro impactante, saltamos a la época adolescente de ambos personajes, cuando Niall (Mitchell Robertson) es un estudiante apocado y Ruben (Stuart Campbell), hijo de la novia de su madre, sale de un centro de detención juvenil para convertirse en su compañero tanto de clase como de dormitorio.
En cierto tóxico modo, los chicos se complementan. Niall puede ayudar a Ruben (que ha de repetir dos cursos) en lo lectivo y este último ayudar (bueno, es un decir) a su hermano en su iniciación sexual y otras nuevas experiencias. Niall esconde su homosexualidad para abrazarse a la (hiper)masculinidad representada por Ruben. A su vez, este último encuentra en Niall algo del afecto que obviamente necesita. Poco a poco iremos aprendiendo cómo, a lo largo de varias décadas, fueron pasando de esta amistad algo retorcida a la situación violenta que viven en el presente. Y cómo afectó la onda expansiva de esta relación codependiente a su gente más cercana.
Aceptar el dolor
Sea como sea, en el centro están siempre Niall y Ruben, polos complementarios y retorcidamente asociados, personajes imprevisibles encarnados con una humanidad incómoda. Los todavía poco conocidos Robertson y Campbell son importantes revelaciones; otros actores jóvenes de la serie, como Charlie de Melo y Julie Cullen, dejan también huella en papeles especialmente vulnerables. Después está ese frágil Bell enfrentado a un Gadd que ganó casi 23 quilos de músculo a base del entreno casi diario y una dieta estricta seguida con un compromiso absoluto. Alexandra Brodski (‘Somewhere boy’, ‘Rivales’) y Eshref Reybrouck (‘Cheyenne y Lola’) buscan una dirección tensa, muy atenta a los rostros, pero también al lenguaje de cuerpos distintos que alojan fragilidades similares.
«Creo que ese vacío interior siempre ha estado ahí», decía Gadd en la citada entrevista con ‘The New York Times’. «Al final acabo recurriendo al arte». En su nueva serie, como en la anterior, lo usa para liberarse de la angustia existencial o, como mínimo, aceptarla como algo que siempre estará ahí en diferentes formas.
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