Hubo un tiempo en que bastaba una sola jugada suya para cambiar el destino de un partido. Un pase mágico, una definición inesperada, una chispa de genialidad. Jonathan Viera y Jesé fueron futbolistas capaces de inclinar la balanza con un gesto mínimo, dueños de un talento cada vez más escaso, de esos que iluminan el campo como un destello que nadie ve venir.
Pero el fútbol, como la vida, es cíclico. Llegan los años en los que la velocidad ya no es la misma, en los que el brillo no se apaga, pero se transforma. Y no siempre es fácil aceptar que el protagonismo deja de medirse en titularidades o en aplausos constantes. Cuesta empezar en el banquillo, duele entrar solo en los últimos quince minutos, aparece la duda de si uno sigue siendo útil.
El legado que han dejado es imborrable, y ahora su grandeza debe adoptar otra forma: la del guía, la del que enseña, la del que sostiene al equipo cuando las piernas flaquean y la temporada se vuelve cuesta arriba. Porque la experiencia también gana partidos importantes.Porque la veteranía, cuando se combina con humildad y orgullo, puede resultar tan decisiva como aquel pase o aquel gol que los hizo grandes.
Hoy su rol no es menor, es diferente. Y desde esa nueva posición también pueden volver a marcar la diferencia. Como siempre lo hicieron. Como solo los jugadores con jerarquía saben hacerlo. No es casualidad que hayan compartido titularidad en los dos últimos partidos, ambos saldados con victorias, un detalle que habla muy bien de la gestión del entrenador.
Luis García es consciente de que, a su manera, siguen siendo futbolistas capaces de aportar. No solo por lo que ofrecen sobre el terreno de juego, sino por el peso que ejercen en el vestuario de la UD. Para un entrenador, gestionar a jugadores de este calibre no es un asunto menor: muchas veces es el primer gol del partido. Un paso decisivo para construir un equipo sólido, competitivo y, sobre todo, unido.











