Son las 20.33 horas y por las pantallas que se han colocado a lo largo del Paseo de la Castellana se ve cómo un hombre ‘lanza’ a su bebé al Papa Léon XIV, que se ha bajado del papamóvil, para que le bendiga como cuando Rafiki alzaba a Simba en ‘El Rey León’. El emotivo himno oficial del viaje apostólico ‘Alzad la Mirada’ atrona desde hace rato, el público lleva ya horas esperando sentada en suelo, en sillas de playa, en aceras, la organización sigue repartiendo botellas de agua, sorprendentemente frías, y, apartada de la muchedumbre, una joven pierde la mirada, ciertamente emocionada.
Se llama Rosario, tiene solo 16 años, vive en Algete -a 30 kilómetros de la capital- y cuando salió la oportunidad de ser voluntaria no lo dudo. «Mis amigas no podían todavía porque tienen 15 y por eso he venido sola. Es una oportunidad buenísima. Quien no vive para servir no sirve para vivir», sentencia con aplomo la joven, que lleva trabajando desde por la mañana y este domingo se despertará a las cinco de la madrugada para seguir ayudando en la Misa de la Plaza Cibeles. «Me he traído el saco y dormiré en una congregación. Esto es algo superbonito. Ser cristiano no es algo de personas mayores, es algo también de mucha gente joven», asegura resumiendo el baño de juventud que se ha dado el Pontífice en la vigilia de la Plaza de Lima.
Medio millón de personas, la mayoría adolescentes y jóvenes, llenaron los alrededores de la Plaza desde primera hora de la tarde. «Es una alegría enorme ver a toda esta gente joven conectada con Dios, y también gente mayor», aseguran Sofía y Amaya -24 años-, de la Parroquia de la Asunción de Parla, que rodean su cintura con una bandera de España, como otros muchos asistentes. «¡Ssssssh!, silencio», pide una señora a los vendedores ambulantes que no paran de repetir que venden «rosarios bendecidos por el Papa. Cinco euros solo».
«Recen por nosotros»
La espera, para muchos asistentes, fue larga, sobre todo por el fuerte calor, pese a las actuaciones musicales, entre ellas de la Siloé, que interpretó su tema más conocido, «Todos los besos que damos», y cuyo cantante, Fito Robles, pidió al acabar que recen por ellos. Desde las 16 horas las colas eran enormes para acceder a los sectores que se había asignado al público previamente con un código QR. «Llevamos una hora esperando al sol; ha habido algún grupo que se ha colado», denunciaba Juan, madrileño, que ha venido con su familia.
Anni, de origen africano, vive en Pamplona, pero también ha acudido a la llamada del Pontífice. «Mi amiga y yo nos quedamos en casa de mi hijo Álvaro». Anni lleva una mochila de la Jornada Mundial de la Juventud de 2011. «Vi al Papa Benedicto XVI en Cuatro Vientos», recuerda la mujer, que no quería dejar pasar la «oportunidad». «Es que es él el que nos viene a ver. Esto nos da un empujón en nuestra fe. Estamos todos contentos, hablando y compartiendo el momento con gente que no nos conocemos de nada, pero es como si lo hiciéramos. Es una fiesta grande», asegura, para luego añadir que a este Papa le queda «mucho trabajo por hacer»: «Es un mundo con muchas guerras, con enfrentamientos…».
«Esto nos da un empujón en nuestra fe. Estamos todos contentos, hablando y compartiendo el momento con gente que no nos conocemos de nada»
«A ver si lo podemos ver cerca», esperaba Daniel, venezolano residente en Houston, de unos 50 años, que había llegado a Madrid hace unos días para visitar a su hermano aprovechando que el Papa León viajaba aquí. «No es la primera vez que veo a un Papa. Ya ví al Papa Francisco en México y a Juan Pablo II en Maracaibo», asegura el hombre, que venía acompañado de sus hijos, mientras cogía un café en una de las cafeterías de los alrededores de la Plaza durante la espera del Papa.
Los bajos de la Azca, la zona financiera del Paseo de la Castellana pegada a Lima, son una suerte de grupo de laberintos, a modo de un queso gruyer, por los que la gente se metía para poder llegar a su sector o incluso colarse, algo complicado ya que había un policía nacional cada 30 metros. «Mira», admiten Marina y Lorenzo, «católicos no practicantes» de unos 50 años que están tomando un refrigerio en un bar, «nosotros no teníamos QR, y lo hemos intentado pero no ha habido manera. Estamos tomando una cañita y desde aquí vemos la pantalla. Estamos como queremos».
Gente de numerosos países
Por los bajos de Azca se ven familias con niños, jóvenes ataviados con pañuelos con los colores vaticanos, y a Pilar y Carmen, ya jubiladas, que se han hecho con un banco de piedra a la sombra. «Es que mi hijo», cuenta una de ellas, «está en la organización y pensábamos que podíamos entrar, pero no ha sido posible». «Vivimos aquí al lado, no pasa nada, nos comeremos los bocatas que habíamos hecho mientras lo vemos por la televisión», responde la otra. Ambas dicen sentirse «orgullosas» de ver «a tanta gente diferente, de muchos lugares, esperar al Papa con tanto entusiasmo».
Por haber había hasta personas tocadas por la evangelización del Pontífice, como Antonio, un abogado que vive cerca de la Plaza de Oriente que ha venido porque le «atrapó» el discurso matutino de León XIV. «No tenía pensado venir, pero estaba por una librería del centro y le he escuchado. Tiene un discurso muy bonito y contagioso, que habla del entendimiento, del diálogo, de comprender la complejidad, algo que tiene que ver mucho con la historia de España, cuando convivieron islámicos, judíos y crisrtianos», asegura. «Creo que su viaje será un revulsivo para el país».
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