Hace tiempo que el paisaje visual de Irán empezó a cambiar. De forma paulatina, los diferentes colores de los pañuelos que cubrían las cabezas de miles de mujeres dejaron de despuntar entre la multitud. Ahora sus melenas rubias, castañas o negras se dejan acariciar por el viento. También sus brazos al aire son besados por el sol. Las calles de Irán se han transformado poco a poco en un lugar menos hostil para las iraníes. Siempre había habido algunas que se atrevían a desafiar las leyes de vestimenta del régimen de los ayatolás, pero ahora cada vez son más. Algunos sitúan el origen de este cambio en una trágica jornada de hace cuatro años cuando la joven Mahsa Jina Amini murió tras ser detenida y torturada por no llevar bien puesto el velo islámico. Su pérdida desató una revolución.
«Fue un movimiento interseccional, centrado en las mujeres, liderado por mujeres, y por mujeres kurdas», como Amini, explica Firuzeh Mahmoudi, presidenta de Unidos por Irán, una de las organizaciones de defensa de los derechos iraníes más respetadas del mundo. «Desde entonces, las iraníes han demostrado una valentía increíble en los últimos años simplemente al dejar de cubrirse, pese al riesgo de ser detenidas, y son tantas que las autoridades han perdido el control», constata a EL PERIÓDICO. La herida por la pérdida de Amini, de tan sólo 22 años, aún no se ha cerrado, pero su muerte bajo custodia policial inspiró a miles de mujeres a salir a las calles. Dentro y fuera de Irán, quemaron sus pañuelos al viento, y se cortaron el pelo en público, acciones sin precedentes en el país.
Sin policía de la moral
Aquellos fuegos prendidos durante las protestas bajo el lema ‘Mujer, Vida, Libertad’, un popular eslogan político kurdo, siguen ardiendo en muchas mujeres que han decidido no volver a cubrirse. Especialmente en Teherán, se vive una relajación de las restricciones de vestimenta no vista desde la llegada de la República Islámica en 1979. No es sólo el hecho de que no se pongan el velo, sino que visten de maneras que habrían sido impensables en público no hace tanto al mostrar brazos y piernas, o llevar prendas de ropa ajustadas. Aunque el paisaje social ha cambiado, la ley que impone el hiyab obligatorio sigue vigente. Aquellas mujeres que trabajan en oficinas e instituciones gubernamentales aún deben cumplir con el código de vestimenta.
Dos mujeres, una con velo y otra sin, caminan por un puente para peatones en Teherán, el pasado 9 de septiembre. / ATTA KENARE / AFP
La policía de la moral, sin embargo, ha desaparecido de las principales ciudades iraníes, y las autoridades no han restablecido por completo los extensos patrullajes callejeros que existían antes de 2022, aunque todavía se niega el acceso a algunos edificios y servicios a las mujeres que no se cubren. Pese a los avances, las iraníes no confían en el régimen represivo que, durante esas protestas, mató a alrededor de 550 personas, según la organización Iran Human Rights, con sede en Oslo. Ahora que la guerra contra Estados Unidos e Israel ha quedado en un segundo plano, cada vez hay más voces entre los sectores conservadores que exigen el retorno de la disciplina y el control de la vestimenta de las mujeres.
Ley congelada
El fiscal de Teherán, Ali Salehi, declaró la semana pasada que el poder judicial se está preparando para emprender acciones legales contra cafés, restaurantes y tiendas de ropa por «cometer actos contrarios a la moral pública y vender ropa poco convencional». De acuerdo a Iran International, un medio contrario al régimen con sede en el Reino Unido, este agosto las autoridades han clausurado al menos 42 cafés, restaurantes, tiendas, clubes deportivos y otros negocios en 17 ciudades en un plazo de tres semanas por presuntas violaciones de las normas sobre el hiyab y otras reglas islámicas. También están preparando emitir una nueva directiva que imponga el uso obligatorio del hiyab en las universidades. Los campus se transformaron en centros de protesta durante 2022 y las estudiantes se quitaron abiertamente el velo en desafío al Estado.
Muchos de estos clérigos y políticos intransigentes exigen la aplicación de la ley sobre el hiyab y la castidad, la más severa de la historia de Irán, finalizada en 2024. Nunca se ha aplicado, ya que su implementación se suspendió por temor a que desencadenara protestas de la magnitud del levantamiento Mujer, Vida, Libertad. Incluso el propio presidente iraní, Masoud Pezeshkian, se ha pronunciado en contra de la imposición del hiyab a las mujeres. «Los seres humanos tienen derecho a elegir», dijo en septiembre de 2025 en una entrevista con NBC. Él mismo reconoció que su hija no estaba de acuerdo con él. «¿Eso significa que debo obligarla?», preguntó. «Cambiar el comportamiento es una cuestión cultural; se trata de creencias, no se puede crear una creencia en las personas mediante la fuerza», insistió.
74 latigazos
Este posicionamiento le ha llevado a enfrentamientos con aquellos clérigos y políticos más conservadores. Pero retornar a la aplicación de una mano de hierro contra las mujeres iraníes conlleva riesgos. Desde las protestas de 2022, la represión política ha ido al alza culminando en un levantamiento a finales del año pasado por motivos económicos, en el que murieron asesinadas miles de personas por las fuerzas de seguridad. Ahora mismo, además, el país persa se enfrenta a un momento de grave presión económica, por lo que el regreso a una vigilancia policial agresiva en las calles podría generar un nuevo foco de indignación pública. El régimen de los ayatolás está haciendo sus cálculos en un clima muy frágil, mientras el fantasma de la guerra no ha abandonado al país.
Aunque las calles luzcan distintas, el régimen no ha cambiado. En los altos niveles, los castigos a las mujeres siguen bien presentes. La cantante iraní Parastoo Ahmadi y ocho miembros de su equipo de producción, incluidos músicos, han sido condenados a 74 latigazos por actuar en un concierto retransmitido en directo por el canal de YouTube de Ahmadi en 2024. «Lo que tenemos en la ley islámica es un sistema, por lo que si queremos combatir esta situación, debemos comprender cómo funciona este sistema y cómo beneficia a una parte de la sociedad», señala Shaghayegh Norouzi, activista iraní radicada en Girona, a este diario. En 2013, Mahmoudi fue calificada por los líderes de la República Islámica de «fugitiva antirrevolucionaria», tachándola a la práctica de enemiga del Estado. «En Irán, las mujeres sufrimos un apartheid de género, porque somos tratadas como ciudadanas de segunda clase política, económica, y culturalmente, por el simple hecho de ser mujer», recuerda.
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