La epopeya de «La Odisea» llega a la pantalla grande convertida en fenómeno antes incluso de estrenarse, tantas ganas tenemos de épica y derroche de los sentidos y entretenimiento, de historias que emocionan. Christopher Nolan le ha dado un presupuesto desorbitado y un reparto que responde al viejo patrón de Hollywood cuando decide no escatimar: Zendaya, Robert Pattinson, Tom Holland, Anne Hathaway… y no se vayan todavía, aún hay más: la promesa de la experiencia definitiva en IMAX y 70 mm en algunas salas de exhibición.
Pero más allá del espectáculo, me quedo con la elección de la obra de Homero. Nolan elige contar, en plena resaca pospandémica y en un mundo atravesado por la inteligencia artificial, las guerras híbridas y los desplazamientos masivos, una historia nacida en la tradición oral, que sigue funcionando como espejo de nuestras vivencias y emociones. «La Odisea» no habla solo de héroes: habla del viaje como condena, del retorno como obsesión y de la guerra como herida que no cicatriza. Y, sobre todo, de la perseverancia –también femenina– en un orden que sigue siendo profundamente desigual.
Hay algo especialmente contemporáneo en el llamado síndrome de Ulises, esa forma de depresión que atraviesa a quienes migran y no consiguen encajar en su nueva vida, hundidos en la nostalgia y el desarraigo, una realidad demasiado presente en nuestros tiempos.
El renovado interés por la cultura clásica es otro síntoma que hace que «La Odisea» haya llegado en un momento dulce para la cultura clásica. Las matrículas en Filología Clásica han crecido un 26% en la última década, y los cursos de extensión universitaria acumulan listas de espera. Algo se está moviendo. Tal vez sea la necesidad de volver a las raíces para entender un presente que, cada vez más, se nos escapa entre las manos. Porque en cuestiones como la identidad, el hogar o el poder, seguimos formulando las mismas preguntas, aunque ahora las hagamos con la tecnología y los gustos culturales de 2026.
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