La final soñada por tantos ya está aquí: España y Argentina, la mejor selección de Europa y la mejor de Sudamérica no pudieron enfrentarse en la Finalissima, pero lo harán en la final de un Mundial. Será, por muchas razones, la final de todos los tiempos: por los vínculos históricos entre ambos países, porque será el segundo choque entre ambas selecciones en la historia de los Mundiales -el de 1966 fue en fase de grupos- y sobre todo, por la enorme cantidad de alicientes con los que se presenta el partido de Nueva York. Sin ir más lejos, el duelo entre Messi y Lamine.
Argentina ganó la batalla de Atlanta: fue un partido de trincheras, en el que la táctica quedó muy pronto sepultada por el componente emocional. Y ahí, la albiceleeste se mueve como nadie. Dicen que su fútbol no enamora, dicen que los compañeros de Messi no están a su altura, dicen que los árbitros les ayudan. Puede ser, pero lo que es indiscutible es que es una selección indestructible en lo emocional.
Lo demostró en Qatar. Lo está demostrando, de momento, en Estados Unidos. Es un equipo extremadamente competitivo, como si su carácter lo hubiesen forjado los millones de argentinos que viven cada Mundial como si fuese el último torneo de sus vidas. Esa sensación se empapa al vestuario y se filtra en el césped. Y acaba por contagiar al rival: resulta una empresa titánica tumbar al equipo de Scaloni.
Lionel Messi regatea Harry Kane en el partido de la semifinal del Mundial. / CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH / EFE
¿Quién puede con Argentina?
Nadie lo logra (en eliminatorias mundialistas) desde Francia en 2018. Argentina se mueve como nadie en el filo del abismo. Es un equipo acostumbrado a vivir en el filo y a sobrevivir, de una u otra manera. España tiene que saber que el domingo se enfrenta a un equipo que convierte cada partido en un asunto de estado, que lleva la mítica frase de Bill Shankly («el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es algo mucho más importante que eso») hasta límites desconocidos para el resto de selecciones. Es un ejemplo de resiliencia.
Si la final se mueve en un terreno puramente futbolístico, España tendrá mucho que ganar. Si el partido se embarra o se convierte en una guerra de guerrillas, la cosa se complicará muchísimo más.
Será la tercera final para Leo Messi. Si en Qatar aprobó su única asignatura pendiente, la que tanto le reclamaban los argentinos, en Nueva York puede adornar su palmarés con dos Mundiales, además del subcampeonato que firmó en 2014.
Maradona jugó dos finales (ganó en 1986, perdió en 1990), así que desde ese punto de vista, Leo ya ha subido un peldaño más. Será el primer jugador de la historia del fútbol en ser titular en tres finales mundialistas.

Lautaro Martínez cabecea el 2-1 en la semifinal ante Inglaterra en el Mundial. / RONALD WITTEK / EFE
Messi, palabras mayores
Palabras mayores: un argentino criado en La Masia que, pase lo que pase, cerrará su carrera internacional en lo más alto. Honor a Leo, que ha dignificado el Mundial más que ningún otro jugador, con permiso de Maradona o Pelé.
Medirse a Messi nunca es buen negocio: los que le daban por amortizado tras conquistar el Mundial hace cuatro años se sorprenden cada vez que sale al campo y se dedica a jugar al fútbol. No a correr, ni a esprintar, ni a desfondarse en defensa; a jugar al fútbol. Tiene 39 años y será nuevamente el gran argumento de Argentina para coronarse nuevamente en la cima del mundo. Ante Inglaterra, el ’10’ firmó dos asistencias, a Enzo y a Lautaro, en un momento crítico, cuando ya muchos daban por clasificada a la selección inglesa.
Los inventores del fútbol demostraron que en este deporte, el carácter es más importante que la técnica o la táctica.
Si además, el entrenador apuesta decididamente por dar un paso atrás, en el momento más relevante de su carrera, y pone el autobús como lo hizo Tuchel, el resultado está cantado. Argentina-España, la Finalissima que no se pudo jugar en su momento, está servida.
Disfruten de un partido para la historia. Quizá nunca antes, en la historia reciente del fútbol, un partido reunió tanto talento y tanta emoción.











