Con la llegada de las vacaciones, no hay excusa. Si en su momento, entre las montañas de novedades, se te pasó Fosca, de la lorquina Inma Pelegrín, es el momento. Se trata de una novelista tardía, pues hasta su revelación transitaba por la poesía con una producción multipremiada y en editoriales de referencia; quiero decir, es una poeta de las que llaman de prestigio, escapada del montón, y así es como la teníamos ubicada. De ahí la doble sorpresa, pues su irrupción en otro género nos resultó inesperada. ¡Y qué irrupción!
Doble sorpresa digo por no prever ese paso, pero sobre todo por su alcance. Me ahorraré el chorro de elogios que caracteriza a los críticos literarios, pues de no sujetarme podría parecer superlativo. Pero me cuesta, pues tras la lectura de Fosca permanecí desconcertado, como cuando uno vive una experiencia realmente insólita. Hacía tiempo que no leía una novela tan estallante. Por todo: por el estilo literario, tan depurado y expresivo, tan propio, y por el relato en sí, tan distinto y tan hondo.
Puede que en mi caso haya un motivo añadido: reconozco el paisaje, el lenguaje, el ambiente, la atmósfera, que se dice. Uno, que pertenece al lugar innominado donde transcurre el relato, queda sumergido en él, conmovido por la devolución de un tiempo que parecía clausurado y de unas palabras de las que ya se sentía alejado y que, sin embargo, vuelven a resonar con más expresividad que las del mundo de ahora. No es una impresión extraliteraria, sino precisamente obtenida de la profundidad narrativa de la autora. A cualquier lector, implicado o no en ese paisaje, le toca del mismo modo, doy fe.
Fosca es un relato admirable, duro y tierno, la detección de un mundo salvaje ordenado con patrones propios que pertenecen a una tradición inamovible que no permite singularidades o que las digiere mal. Alguien tenía que escribir esta novela, pero tenía que hacerlo así, como la ha resuelto Inma Pelegrín. Una vez que has sido encerrado en ese mundo, cuesta salir. Te queda para siempre una suave resaca sentimental por el hecho de que alguien se haya atrevido a contar y tan brillantemente algo que parecía insondable.
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