Cuando Guo Wengui huyó a Estados Unidos dejando atrás variados pufos, China ya lo advirtió: era un corrupto. Durante la siguiente década fue aplaudido en su tierra de acogida como un indomable disidente político con la heroica misión vital de tumbar al Partido Comunista. Cuando esta semana se le preguntó al portavoz del Ministerio de Exteriores chino por su condena de 30 años en Nueva York tras estafar 1.000 millones de dólares, solo aclaró educadamente que estaba al corriente de las noticias. No cuesta imaginar, sin embargo, las carcajadas en Zhongnanhai, sede del poder de China. La historia de Guo va más allá de la un incorregible timador. Es la de una traición a la diáspora china que vio en él a un valeroso luchador por la democracia, que creyó participar en una revolución política cuando sólo sufragaba su vida de lujos versallescos.
Guo esquilmó a sus seguidores para incrementar su riqueza, sentó el tribunal de Manhattan que dictó su pena esta semana después de que un jurado le declarase culpable por unanimidad en nueve de los 12 cargos por fraude. La sentencia recoge el abuso de una causa filantrópica, las recurrentes intimidaciones a sus críticos y su rechazo a aceptar la culpa. «No es un activista democrático, es un estafador y un ladrón», afirmó la fiscalía. Durante el juicio fueron leídas las angustiadas declaraciones de algunos de sus miles de seguidores que habían perdido los ahorros de su vida en cualquiera de los negocios que proponía Guo: conglomerados mediáticos, clubes elitistas, criptomonedas… Pagaron sus mansiones, yates y coches deportivos. En aquellos de días de vino y rosas, concluidos tres años atrás con su detención, compraba 200 trajes a medida anuales, fumaba puros de 10.000 dólares y trasegaba las ediciones limitadas del licor chino Moutai. Poco quedaba de aquello en su aparición en el tribunal, rozando ya la sesentena y canoso, con el uniforme penitenciario.
El estafador chino condenado por un tribunal de Manhattan Guo Wengui, en una imagen que publicó él mismo en sus redes sociales. / ARCHIVO
Guo nació en una familia modesta de la China rural y tuvo una juventud alborotada que enderezó con el foco en los negocios inmobiliarios. Audacia, contactos políticos y ningún escrúpulo: esa era la fórmula del triunfo en aquellos tiempos bulliciosos y Guo la sublimaba. Pronto levantó un imperio en Pekín a codazos. Cuando un funcionario de la capital frenó la recalificación de terrenos cercanos a la villa olímpica, Guo le chantajeó con una grabación donde mantenía sexo con una amante. Estrechó los vínculos con Zhou Yongkang, ministro de Seguridad, y Ma Jian, viceministro, quienes aceitaron sus negocios al tiempo que le mantenían al corriente de las cloacas del Estado. Ambos fueron condenados en la campaña anticorrupción emprendida por Xi Jinping, recién llegado al poder, y Guo comprendió que carecía de tiempo. Huyó a Estados Unidos y pidió asilo desdeñando las acusaciones de fraude, soborno y lavado de dinero como una persecución política.
Mar-a-Lago y Bannon
Pronto cortejó a la derecha. Ingresó en el club de Mar-a-Lago, la mansión de Trump, y se alió con Steve Bannon, exasesor presidencial y epicentro de la desinformación del movimiento MAGA. La relación fue fructífera. Acusaron al Gobierno chino de crear el coronavirus en el laboratorio de Wuhan y otras conspiraciones que tuvieron bastante éxito en una audiencia proclive a la sinofobia. En 2020, con la estatua de la Libertad de fondo, fundaron el Nuevo Estado Federal de China, algo así como un gobierno alternativo en la sombra con la finalidad de derrocar al de Pekín. «Desde este día, el Partido Comunista ya no es el Gobierno legal de China», clamó Guo. Fue en su yate donde fue detenido Bannon por estafar a los que le habían dado fondos para levantar un muro frente a México.
A Guo le sobraba talento escénico en las redes sociales. Desde la terraza de su ático neoyorquino con vistas a Central Park encadenaba las escandalosas acusaciones sin freno sobre la cúpula comunista que sus millones de seguidores esperaban con avidez. Le valía cualquiera pero se obsesionó con Wang Qishan, fiel aliado de Xi y zar anticorrupción, al que acusó de poseer un imperio inmobiliario en Manhattan y de tórridos romances con célebres actrices como Fan Bingbing. Sobre la mesa de su despacho de abogados se amontonaban querellas por difamación que nunca le desvelaron. Que sus pruebas fueran vaporosas en el mejor de los casos e inexistentes casi siempre importaba poco a su audiencia, pero disidentes verdaderos y comprensiblemente escandalizados se desmarcaron de su misión.
Su futuro es sombrío. Bannon fue indultado por Trump en su último día del primer mandato pero él no tendrá esa suerte. El día del veredicto careció de grandeza. Intentó posponerlo alegando vómitos y desmayos y repitió que era una víctima de la persecución comunista. En la sala se apretaban docenas de sus inasequibles seguidores que calificaron el juicio de «funeral de América» y juntaron las palmas de las manos en señal de respeto. A ellos les gritó en mandarín, ya cuando era escoltado fuera de la sala, que «esto sólo había empezado». Una década de mentiras y estafas sólo le ha servido para cambiar las cárceles chinas por las estadounidenses.
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