El Gobierno mexicano tiene a Sinaloa, el estado mexicano de la ciudad de Culiacán, en el nivel 4 de peligrosidad, el máximo concebido. En esos parajes convulsos, que ha mitificado hasta convertirlos en un espacio fantasmal donde el tiempo parece detenerse y todos los lugares merecen llamarse igual porque no existe el aquí y el allá, nació hace 42 años el escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa. Atentos a este nombre porque a tres libros excepcionales, ‘Anatomía de la memoria’, ‘Cuántos de los tuyos han muerto’ y ‘El libro de nuestras ausencias’, se une ahora una novela no menos memorable, ‘El paisaje es un grito’ (todas en Candaya, sello barcelonés donde él mismo trabaja como editor). Tres personajes -el Baldor, extraditado sin papeles desde el Otro Lado, junto a una pareja indocumentada- se arrastran por una geografía desolada y laberíntica acarreando el cadáver de un cuarto compañero que ha muerto en la travesía. Y todo ello, con un estilo apabullante, que se desliza de lo descarnado a lo poético y nos dice que el regreso a casa es imposible porque no se puede llamar hogar a ningún sitio. Y junto a esta fantasmagoría, realidades dolorosamente reales como el narcotráfico, las maquilas fronterizas o los complejos mineros canadienses, estrategias económicas para sacar provecho de la pobreza.
¿Qué fue lo que le expulsó de su ciudad natal, Culiacán?
De Cualiacán me fui la primera vez a los 21 años. Después de estudiar ingeniería industrial me trasladé a Tijuana a trabajar en una fábrica. Como era recién egresado, hacía allí de todo, trabajo creativo pero también algo parecido a ser capataz en una plantación de algodón en el siglo XIX. Horrible. Yo ya había estado en talleres de escritura con Elmer Mendoza y David Toscana, y quería escribir, pero para mí entonces era imposible porque el trabajo, embrutecedor, me demandaba todas las horas del día. Lo que sí me dio fue la experiencia de la frontera y sus maquilas que luego llevé a esta novela. En el 2006 me vine a Barcelona. Tenía 23 años. Fue aquí donde me matriculé en un doctorado de Filología hispánica que no acabé y me vi obligado a volver porque mi beca exigía que diera clases en México.
Y finalmente, años más tarde, decidió erradicarse definitivamente en Barcelona.
No es que estuviera especialmente mal. Mi familia estaba allí, muchos de mis amigos también, gente muy querida, pero ya había pasado demasiado tiempo fuera y sentí que ya no formaba parte de aquel mundo. Esa idea, la de que no se puede regresar al lugar del que uno se fue, que el regreso es imposible porque el lugar cambia y uno también lo hace, es uno de los motores de esta novela. Vine entonces decidido a escribir y a ganarme la vida en torno a la escritura.
«No se puede regresar al lugar del que uno se fue, que el regreso es imposible porque el lugar cambia y uno también lo hace»
Es curioso que para hablar de México necesitara tomar distancia.
Y es más curioso aún para mí. Mi primer libro, un conjunto de relatos, ‘La voluntad de marcharse’, está marcado por esas ganas de salir de mi ciudad. Pero cuando llegué a Barcelona, después de escribir mucho y leer mucho, Culiacán se me impuso como tema para mi sorpresa. Ver desde aquí mi lugar de origen me dio una perspectiva que yo no tenía. Así que desde entonces no he dejado de escribir sobre Culiacán y, seguramente, no lo voy a dejar de hacerlo nunca.
Gabriel García Márquez solía contar que se marchó de Barcelona y regresó a México porque estaba perdiendo los giros y modismos de su lengua. Eso a usted no le ha pasado.
Este es el libro de todos los míos que tiene más argot o lenguaje coloquial. La oralidad es algo que ha ido creciendo en mis novelas y diría que sí, que me ha pasado al revés que a García Márquez. Y es bien extraño porque la cultura popular del norte de México nunca formó parte de la vida cotidiana de mi familia. Que ahora me haya dedicado a utilizar regionalismos es por una cuestión más pensada que nostálgica, porque normalmente se dice con el lenguaje coloquial no se puede obtener una complejidad de pensamiento y no estoy de acuerdo con eso. Quería construir ideas y emociones profundas precisamente con ese ese material.
¿Estos personajes que van arrastrando un cadáver de pueblo en pueblo qué tienen que ver con usted?
He fragmentado mi historia personal y familiar en la de estos tres personajes. He utilizado muchas cosas de cuando era niño. A mí de pequeño, mientras trabajaban mis padres, me dejaban en la casa de tres tías ciegas que tenían en el patio una jaula enorme, un armatoste más alto que ellas, donde los pájaros montaban continuamente una escandalera, hasta que los cubrían con una manta, como sucede en la novela. Esa sensación de estar en un lugar entre laberíntico, oscuro y silencioso es una de las imágenes fundacionales de mi infancia.
Eduardo Ruiz Sosa, autor de ‘El paisaje es un grito’. / MANU MITRU
¿La vivencia de la deportación también es la suya?
Bueno, a mí no me han deportado, como al Baldor. Pero los últimos seis años sí he estado sin papeles. Solo a principios del pasado mayo me anunciaron por fin la residencia. Si este periodo no ha sido complicado fue gracias a que aquí tengo una red importante de amigos, empezando por la tribu de la editorial donde trabajo.
Laberíntico, oscuro y silencioso son tres adjetivos que además de la casa de sus tías, pueden describir también su literatura. ¿Le parece?
Puede ser, sí. Buena parte de mi imaginario bebe de esos años, de las historias que se contaban entre los vecinos. Como que en algún momento del viaje entre Mérida y Culiacán, que entonces se hacía en dos días, una mujer murió en el camino y sus familiares decidieron regresar a casa como si estuviera dormida.
«Durante los últimos seis años sí he estado sin papeles. Solo a principios del pasado mayo me anunciaron por fin la residencia»
Yo iba a preguntar si sus historias tienden más a lo simbólico que a lo realista, pero con lo que está contando esa teoría se desmonta.
Es que son las dos cosas. Las novelas son realistas en la medida en que en su construcción no hay nada que se escape a la realidad, aunque esta sea absurda. Y claro que hay mucho simbolismo: ¿por qué hay perros paseándose por los techos de las casas?, ¿por qué las ciudades tienen siempre los mismos nombres? Percibirlo te da un extra en la lectura.
Da la sensación, algo que se apuntala con el ‘Pedro Páramo’ de Juan Rulfo, de que la manera más verdadera de narrar la complejidad de México sea a través de lo simbólico.
Mirar de frente la realidad del norte de México, es como mirar directamente el infierno sin protección, ni filtro. La forma de contar ese infierno de violencia es algo a lo que te tienes que enfrentar como narrador porque, por una parte, hacerlo de forma explícita es amarillista y una falta de respeto a las víctimas y sus familiares, y por otra, también puede cimentar en el escándalo la posibilidad narrativa, narrar desde el asco, desde el asombro a la violencia extrema. A mí lo que me interesa es pensar cómo es que eso sucede, por qué ocurre y qué efectos tiene en las personas. ¿Cómo se puede llegar a una forma de vida tan extrema? Por eso creo que el pensamiento simbólico es el más apto para ello.
¿Escribir en México pasa inexorablemente por hacerlo sobre la violencia? ¿Allí se puede orillar ese tema?
Hay mucho escritor mexicano que lo hace, pero yo no puedo. La violencia es el punto de transformación más intenso que ha tenido México en sus últimos tiempos. En 25 años se ha producido la mayor escalada en este sentido y ha transformado radicalmente la convivencia, la forma de ser y la forma de estar de las personas. Todo lo que ocurre allí está vinculado a eso: si la economía se hunde y los negocios cierran es por la violencia y si en años anteriores la economía era boyante fue por la violencia. Si hay un gran derroche para la cultura pública o no lo hay, si las ciudades se transforman, todo tiene que ver con ella. La violencia ha transformado la realidad de mi ciudad, de Sinaloa y de buena parte del país.
«Las novelas son realistas en la medida en que en su construcción no hay nada que se escape a la realidad, aunque esta sea absurda»
¿Pero en México hay otras realidades también, no?
Claro, yo visité antes Barcelona que Ciudad de México. De Culiacán a la capital hay como 18 horas en autobús, dos lugares muy distintos dentro del mismo país, y para mí es comprensible que desde allí no se hable tanto de la violencia. Cada quien tiene la realidad que tiene, pero yo no podría no hacerlo. La sensación en el norte mexicano es que aquello no tiene arreglo desde un punto de vista político. Pero es algo que arrastra históricamente el país.
¿En qué sentido?
En los años 20 del siglo pasado se produce la Guerra Cristera. ¿Por qué? Porque la gente estaba armada. Después de la Revolución hubo mucha gente quedó descontenta y con armamento. Así que cuando cerraron las iglesias y prohibieron el culto religioso era evidente que se iban a levantar en armas. Lo hicieron porque las tenían. Siempre hay causas subyacentes. Trasladándolo a la actualidad y cambiando las armas por el narco, podemos decir que este es la causa estructural.
Estados Unidos, el poderoso vecino del norte, tampoco lo pone fácil.
Es que tenemos encima al principal consumidor y al principal productor de armas del mundo que constantemente nutre de armas a las mafias mexicanas. A eso se le suma la pobreza del país, la desigualdad social, un sistema médico y un sistema educativo que no siempre funcionan. Suele decirse que la educación y la cultura son la solución, pero lo son a muy largo plazo. Mientras tanto, la principal víctima de la confrontación directa con el narco por parte del Gobierno, que empezó con Felipe Calderón, ha sido la población civil.
En su novela, Estados Unidos siempre se menciona como «el Otro Lado», como quien dice «se ha ido al otro barrio».
Morirse o pasar la frontera, sí. Es algo que se decía en mi ciudad y yo siempre lo interpreté como una especie de purgatorio o de infierno, donde hay que cruzar un límite. Cruzarlo es complicado y la estancia no digamos, porque siempre se persigue un sueño. En buena medida es como la ‘Divina Comedia’ pero con un Virgilio jodido, un Virgilio que es el traficante de personas, el pollero que traslada indocumentados. Un Virgilio a la mala.
Todo eso forma parte del imaginario de su libro.
Por eso tiene ese tono medio fantasmal, que a veces hace que parezca un relato de terror con la idea de cruzar al otro lado.
«Para buena parte de la población estadounidense, los mexicanos son los salvajes, esos que viven más allá»
El Gobierno de Donald Trump ha vinculado recientemente la inmigración con los aliens.
Lo que ahora hace la política de Trump es lo que ha hecho siempre Estados Unidos, pero a lo pendejo, porque el tipo está loco y es un criminal. Quizá ahora la retórica es más escandalosa y las redes sociales ayudan a difundir las pendejadas que el tipo este dice abiertamente, pero la cosa viene de lejos. En el libro se habla de los contratos de los braceros en México durante los años 40, en plena Segunda Guerra Mundial. Suele decirse que es la época en la que las mujeres entraron a ocupar puesto en el mercado laboral porque los hombres estaban combatiendo. Y es verdad, pero hasta cierto punto porque Estados Unidos firmó en un acuerdo con el Gobierno de mi país para reclutar hasta tres millones de mexicanos en una situación social más vulnerable, para hacer los trabajos que las mujeres, con otro estatus, no iban a realizar.
¿No ve una mayor despersonalización ahora con respecto al inmigrante?
La despersonalización se produce ya desde la época de la Conquista, de cuanto las polémicas entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda en las controversias de Valladolid, cuando discutían si los indios tenían alma, si era pecado matarlos. Y convenía que tuvieran alma porque así podían convertirlos y ponerlos a trabajar. Pero, no hay que olvidar que durante el Gobierno de Barack Obama, se ponían a los emigrantes en unos galpones al aire libre, tratándolos como ganado.
Y Obama era el progre.
Exacto. Con todo lo que ha hecho este idiota que ahora gobierna, todavía no le gana en deportaciones a Obama. Para buena parte de la población estadounidense, los mexicanos son los salvajes, esos que viven más allá. Y eso es algo que da mucho miedo porque permite a Trump hacer lo que le venga en gana, como ha hecho en Venezuela.

El paisaje es un grito
Eduardo Ruiz Sosa
Candaya
398 páginas. 21 euros
Fuente: El Periódico












