La agonía del caudillo

La invasión de Ceuta con la que, una vez más, ha quedado reforzado Marruecos y humillada España, no ha ocurrido en el vacío. Sólo se entiende en el contexto de la peligrosa agonía de una autocracia personalista, incapaz de controlar ya sus constantes vitales.

Sánchez no es ‘el Caudillo’. Francisco Franco ocupó el poder por la fuerza de las armas y la autoconcedida gracia de Dios.

Sánchez debe su legitimidad a las urnas, aunque traficara con la amnistía y lleve cuatro años gobernando sin mayoría. Es decir, sin presupuestos.

Sánchez no es ‘el Caudillo’ pero ejerce el mando como un caudillo, mediante un régimen basado en su persona que, pese a su estado catatónico, pretende perpetuarse al menos trece años en el poder.

Daré por reproducidos todos los argumentos de cómo a lo largo de los últimos meses se han acentuado los rasgos propios de ese caudillaje en lo que se refiere a la personalización extrema de un liderazgo megalómano, el uso intensivo del decreto-ley, la colonización de las instituciones fiscalizadoras, la sinecura de la TelePedro que ya reparte contratos millonarios a los más fanáticos o el estímulo de la confrontación y polarización.

Tampoco es necesario extenderse en los frutos acerbos de esa autocracia, tanto en el ámbito del progreso material como en el de la moral pública.

Baste decir que más allá del trampantojo del crecimiento del PIB nominal y los datos inflados del empleo, España sigue ocupando el puesto 15 de los 27 países de la UE en renta per cápita y la brecha de poder adquisitivo con la media comunitaria ha caído un punto desde 2017.

En cuanto a la corrupción, es obvio que nos hemos convertido en el «asombro de Damasco».

Ni entre los sátrapas más venales se acumulaban episodios como los del hermano músico para el que se creó una plaza en Badajoz porque hablaba muchos idiomas, la esposa que hacía negocios desde Moncloa porque no quería renunciar a su derecho a trabajar, el ministro que robaba a destajo mientras su asistente le procuraba compulsivo sexo de pago, el fiscal general que revelaba secretos tributarios para ganar el relato, el consejero áulico que escondía un tesoro en joyas en la caja fuerte y desviaba comisiones a sus hijas o la ‘fontanera’ que anunciaba por doquier que practicaba la guerra sucia por orden del presidente.

Este es el contexto. Lo que importa hoy es la situación de debilidad extrema a la que esa putrefacción, unida —insisto— a la incapacidad de mejorar la vida de los españoles, ha abocado a nuestro primer caudillo del siglo XXI.


La agonía del caudillo.

Javier Muñoz

Porque esta nueva invasión de Ceuta, propiciada por Mohammed VI, evoca inevitablemente la Marcha Verde, organizada por su padre Hassan II, aprovechando en 1975 las postrimerías del régimen de Franco.

Los de mi generación ya lo hemos vivido. Cuando un caudillo agoniza los desvalijadores de cadáveres revolotean alrededor, los oportunistas ambiciosos toman posiciones para la sucesión, los integristas se bunkerizan, los enemigos exteriores afilan los cuchillos y el aparato del Estado queda a la deriva ante todo tipo de problemas.

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El penúltimo ejemplo ha sido la incapacidad de prevenir y la tardanza en extinguir los incendios. Sánchez se fotografió semanas atrás con hidroaviones en reparación; pero no hizo nada para fomentar la limpieza de los bosques.

Lo que importa hoy es la situación de debilidad extrema a la que esa putrefacción, unida a la incapacidad de mejorar la vida de los españoles, ha abocado a nuestro primer caudillo del siglo XXI.

Cuando sucedió lo previsible, antepuso la confrontación a la cooperación. Como si no se pudiera contener el fuego sin asumir sus opinables recetas en la lucha contra el cambio climático.

Entre los matorrales de ese paraje era lógico que surgiera a la embestida un jabalí como Óscar Puente, capaz de atribuir la ineficiencia contra las llamas a la política fiscal del PP con la misma cavernosa frivolidad con que Girón de Velasco vinculaba la subversión con el destape.

Es el apogeo de los ultracrepidarios que hablan de todo lo que no saben. Con el problema añadido de que ahora no podemos reprenderles, como hizo el pintor Apeles, cuando un remendón criticó su cuadro y le instó a centrarse en lo suyo, con aquel «zapatero a tus zapatos». Oído por la radio, parecería una incitación a vulnerar el Código Penal.

Si los incendios fueron la penúltima muestra de la incapacidad de anticipación de este Sánchez moribundo, la invasión de Ceuta ha sido la última. Es inconcebible que tras la cantada sentencia del Supremo —la letra de la ley no le daba opción— y las primeras llegadas a nado ni se redoblara la protección en la frontera ni se recurriera al plantado de boyas, improvisado ahora.

A Marruecos le basta con abrir la espita. Sabe cuándo, cómo y dónde puede hacerlo. Sobre todo, teniendo a Estados Unidos de su parte y a España en la picota europea.

Desde el final de la dictadura nunca habíamos estado tan aislados dentro del mundo occidental. Y tan a merced del juego del ratón y el gato que con astuta malicia practica el trono alauí.

Especialmente desde que, según todos los indicios, consiguió apoderarse en mayo de 2021, a través del software Pegasus, de los secretos que guardaba el móvil de Sánchez.

Tenían que ser muy inconfesables a la vista del poder de chantaje que proporcionaron a quien presuntamente accedió a su conocimiento.

Desde el final de la dictadura nunca habíamos estado tan aislados dentro del mundo occidental. Y tan a merced del juego del ratón y el gato que con astuta malicia practica el trono alauí.

El espionaje coincidió significativamente con aquel primer asalto masivo a la valla de Ceuta, como represalia a la acogida subrepticia del líder del Frente Polisario, necesitado de tratamiento médico.

Sánchez hincó la rodilla, destituyendo a la ministra de Exteriores, tal como exigía Rabat y poniendo en su lugar a un Albares tan dispuesto a lo que fuera como para haber llamado ahora a capítulo al embajador italiano y no a la embajadora marroquí.

Diez meses después de ese relevo el gobierno español se rindió por escrito en la gran cuestión de fondo del Sahara, traicionando a los habitantes de la ex colonia y abdicando de sus responsabilidades internacionales.

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Con estos antecedentes parece mentira que cinco años después a Sánchez haya vuelto a pasarle lo mismo. Que no fuera consciente de que su atolondrada visita a Argel, celebrando la conquista del Mundial con una ridícula tarta con el presidente Tebboune iba a activar de nuevo el sádico castigo de Rabat.

O que no se diera cuenta de que la inclusión de los saharauis en la concesión acelerada de nacionalizaciones a descendientes de españoles para intentar adulterar el censo iba a tener el mismo efecto.

Es inaudito por cierto que Bolaños no haya destituido a Sofía Puente por el cambiazo de lo aprobado en el parlamento mediante su «expansiva» orden ministerial. Esa pasividad sólo puede significar anuencia con una falsificación que antes o después tendrá consecuencias penales.

En todo caso los hechos demuestran que el asalto por tierra de 2021 a Ceuta no fue sino un ensayo general a pequeña escala de la invasión que Marruecos ha propiciado ahora también por mar.

Y si el número de los que han entrado por la fuerza ha sido al menos cinco veces mayor es porque al cabo de cinco años más de gobierno de Sánchez la posición española es también cinco veces peor.

En primer lugar, porque en la Casa Blanca no está el somnoliento Biden sino el hiperactivo Trump contra el que Sánchez se ha erigido en estrafalario campeón mundial. Mientras él negaba el uso de las bases en la crisis con Irán, Washington firmaba un gran acuerdo de suministro militar con Rabat. Y no es casual que precisamente ayer Trump felicitara a Mohamed VI en el aniversario de su acceso al trono.

En segundo lugar, porque el afán de Sánchez por satanizar a Israel, incluso cuando el conflicto de Gaza ha dado paso a un alto el fuego permanente, ha privado a España de un amigo clave en materia de inteligencia, seguridad y alta tecnología. Mientras España promovía la confrontación en ámbitos tan absurdos como el Festival de Eurovisión o la Vuelta Ciclista, Tel Aviv y Rabat trenzaban lazos comunes en esas áreas sensibles.

El afán de Sánchez por satanizar a Israel ha privado a España de un amigo clave en materia de inteligencia, seguridad y alta tecnología.

En tercer lugar, porque sus estrechos vínculos con China han alejado a Sánchez del consenso europeo en política exterior. De ahí su exclusión de todas las cumbres en las que Francia, Alemania, Italia y el Reino Unido han ido forjando su política de defensa y seguridad compartida.

En cuarto lugar, porque la política migratoria de la Unión Europea ha dejado a Sánchez completamente aislado en su planteamiento de regularización masiva de sin papeles. Por eso Meloni ha suspendido la libre circulación de personas desde España con el aplauso de otros estados europeos y Francia ha recurrido a drones para vigilar nuestra frontera. Ya puede decir Sánchez lo que quiera: el consenso abrumador en Bruselas es que lo de Ceuta ha sido la primera manifestación del efecto llamada de su regularización masiva.

Y en quinto lugar estamos cinco veces peor que hace cinco años, porque el deliberado empeño de Sánchez en arrinconar a la Corona, reduciéndola a un papel meramente decorativo en política exterior, ha limitado considerablemente el margen de maniobra del rey Felipe para contribuir a la estabilidad de las relaciones con Mohammed VI.

De ahí su oportuno tirón de orejas de ayer al presidente: quien tantas veces ha renunciado a la colaboración institucional tiene que responder ahora del resultado de sus actos.

A base de tanto decir «dejadme solo», que yo sé lo que me hago en este lado correcto de la historia, Sánchez se ha encontrado efectivamente solo en el lecho de la enfermedad terminal sobre el que se le está cayendo su muro encima.

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Recuerdo que, durante la última etapa de la enfermedad de Franco, cientos de personas, incluida una pequeña parte de la prensa nacional y casi toda la extranjera, acudíamos a pasear frente al palacio del Pardo, como si fuera un ‘tontódromo’ provinciano.

Esperábamos obsesivamente el arriado de bandera que indicara que había muerto ‘el Caudillo’. Anhelábamos que por fin comenzara una nueva etapa, pero sobre todo que acabara la pesadilla de una larga agonía en la que, además de la oprobiosa Marcha Verde, habíamos vivido los fusilamientos de Hoyo de Manzanares, la sangrienta irrupción del GRAPO y un sinfín de huelgas y conflictos en el más absoluto aislamiento internacional.

Hace tiempo que Sánchez es un moribundo que sale a correr, salta de avión en avión y cruza de una comparecencia a otra, impertérrito ante el infalible pasillo de abucheos. Nadie podrá negarle el aparente vigor de los zombies.

Pero la pérdida de sus capacidades cognitivas o si se quiere de sus tan celebrados como exagerados reflejos políticos es una evidencia que pesa sobre su gobierno cual lápida suspendida en el aire justo antes de cubrir el féretro.

Todo indica que la creciente sensación de haber quedado atrapado en la ratonera de la corrupción, acosado por siete sumarios, pendiente de qué juez, fiscal o testigo le descubrirá antes, está acelerando el deterioro de sus funciones intelectuales.

Sólo así se explica que ni previera ni previniera la invasión de Ceuta y que ni vaya a destituir a los ministros de Interior, Exteriores y Defensa como debería. La incompetencia y la parálisis se contagian y ni uno sólo de los miembros del Gobierno puede esgrimir ya la coartada de estar haciendo bien su trabajo.

Es todo el gabinete el que ha quedado en ridículo mientras los 50.000 hijos de Mohammed VI se daban su paseo político-militar por Ceuta —así es la guerra híbrida— tras sufrir 70 bajas en las crueles aspilleras de las involuntarias trincheras del mar.

España ha quedado doblemente humillada: primero por la «violación de su integridad territorial» reconocida literalmente por Sánchez y luego por su agradecimiento al violador. Es efectivamente un alivio que haya tenido a bien dar por concluida la penetración al cabo de 24 horas.

Sólo el admirable patriota de la convivencia constitucional que es Juan Vivas, sólo el gobierno y la junta de portavoces de la ciudad, sólo los abnegados ceutíes que construyen día a día una economía verde, azul y blanca han salvado una vez más la dignidad nacional. Con ellos estamos en deuda una vez más todos los demócratas del 78.

La única ventaja de este naufragio gubernamental es que todos los miembros de la UE se han dado cuenta de que Sánchez ha entrado ya en su fase de delirium tremens.

Sánchez o la insoportable levedad del no ser. Esta inexistencia opresiva, tan propia del caudillismo egoísta y hueco de la era digital, debe tocar a su fin.

En lugar de pedir disculpas por la desprotección de la frontera común, en lugar de comprometerse a tomar medidas para que la regularización a espaldas de sus socios no desencadene nuevos episodios propios del efecto llamada, les ha acusado de «insolidaridad» y «falta de empatía».

Como me decía anoche un alto funcionario europeo, llamar «insolidarios» a quienes nos han dado cerca de 170.000 millones de fondos NextGen no parece ni justo ni inteligente.

Y lo ha hecho, además, con un ejercicio de manipulación estadística tan burdo que sólo puede atribuirse a alguien en fase terminal. Si, según él, entre 2021 y 2026, en España sólo han entrado de forma «irregular» 230.000 inmigrantes, ¿por qué acaba de regularizar a 1,2 millones?

Sólo cabría deducir que durante casi una década en el poder ha convivido con un millón de personas que no deberían estar en España, sin expulsarlos ni darles papeles.

Sánchez o la insoportable levedad del no ser. Esta inexistencia opresiva, tan propia del caudillismo egoísta, demagogo y hueco de la era digital, debe tocar a su fin antes de que el drama derive en tragedia.

Necesitamos que este sea el último verano del sanchismo y que, tras el otoño de la indignación y el invierno del precavido descontento, los idus de marzo conviertan a cada votante en un consecuente puntillero.

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