El petróleo, el gas y el carbón siguen alimentando a Europa. Cuando estos combustibles suben de precio o escasean por una crisis internacional, su impacto desencadena un efecto dominó por toda la economía. La guerra de Ucrania fue el mejor ejemplo: el precio del gas se disparó, la factura energética se multiplicó y miles de empresas europeas perdieron competitividad frente a sus rivales de Estados Unidos o China. Ahora, la escalada de tensión en Oriente Próximo y el conflicto entre Israel e Irán amenazan con un escenario similar.
Pero el Viejo Continente parece haber aprendido la lección y su respuesta pasa por la electrificación. Esto es, sustituir todo aquello que funciona con combustibles fósiles por tecnologías que usan la electricidad, como usar una bomba de calor en vez de una caldera de gas o un vehículo eléctrico en vez de un coche de gasolina o diésel. En la industria, la descarbonización del calor industrial por debajo de los 500 grados centígrados se apoya en la electrificación mediante almacenamiento térmico, bombas de calor industriales y calderas eléctricas.
A diferencia del petróleo o del gas, la electricidad puede generarse dentro de las fronteras europeas a través de energía eólica, solar, hidráulica e incluso nuclear, lo que reduce la dependencia del exterior y, por tanto, también la vulnerabilidad del continente. Esta transformación podría convertirse, así, en una nueva fuente de competitividad para Europa con un objetivo doble: reducir sus emisiones contaminantes y, al mismo tiempo, mantener su capacidad industrial frente a competidores como Estados Unidos o China.
Pero la realidad actual pone en evidencia sus limitaciones. Y es que si bien el 70% de la electricidad que se genera en el continente se hace a partir de fuentes de energía limpia, la tasa de electrificación de la demanda se ha estancado en el 23% durante la última década, según datos de la Comisión Europea. En países como China, Corea del Sur o Japón supera el 30%. Es decir, Europa tiene muchos parques eólicos y solares para generar su propia energía, pero la mayor parte de su consumo sigue viniendo de combustibles fósiles importados. Para impulsar el cambio, la Comisión Europea acaba de anunciar una nueva meta para alcanzar el 46% de electrificación en 2040, que supone duplicar el nivel actual en tan solo 15 años.
Limitaciones económicas
Un informe del Banco de España, titulado ‘Europa en transición energética: respuestas y desafíos tras dos crisis consecutivas’, advierte que una de las principales barreras que dificultan una electrificación rápida en los hogares es la necesidad de realizar inversiones significativas, así como el coste relativo de la electricidad, que en muchos países sigue siendo más elevado que el del gas natural o el gasóleo para calefacción, «lo que reduce el incentivo económico para sustituir los sistemas térmicos tradicionales por las alternativas eléctricas».
De hecho, para alcanzar la meta del 46% de electrificación Bruselas pide a los Estados miembros reducir la diferencia entre la factura de la electricidad y del gas, que en la actualidad cuesta de media casi tres veces más para las empresas europeas y dos veces y media más para los hogares, según cifras de Eurostat. Y propone hacerlo rebajando los impuestos y las tarifas de red, así como eliminando progresivamente los subsidios a los combustibles fósiles.
«El precio de la electricidad que asume el consumidor final tiene que ser lo suficientemente atractivo como para que el cambio de consumo de combustibles fósiles a electricidad le resulte económicamente rentable –o, por lo menos, incentivador– (…) Mientras el consumidor perciba que electrificarse es más caro que seguir utilizando gas o derivados del petróleo, el cambio de paradigma seguirá siendo lento», explica Eduardo González, socio responsable de Energía y Recursos Naturales de KPMG en España.
Barreras físicas y regulatorias
Pero el económico no es el único obstáculo. Según la Comisión Europea, la electricidad más barata de Europa se produce siempre en los países que más energía limpia generan (eólica, solar, nuclear), pero una parte de esa energía se desperdicia porque las redes eléctricas no tienen capacidad suficiente para transportarla. «El cuello de botella que supone el acceso a la red eléctrica se convierte en un hándicap para la electrificación de los procesos industriales, del transporte e, incluso, de la implementación de medidas en consumidores residenciales. Sin capacidad suficiente en las redes como para canalizar la producción de las instalaciones de generación renovable, la electrificación tiene un límite físico”, añade Eduardo González.
La Comisión Europea ha propuesto a los Estados miembros impulsar las inversiones en redes y agilizar la concesión de permisos en las zonas de aceleración creadas por la legislación de la Unión Europea. «Tiene también que aumentar las interconexiones eléctricas entre los distintos países para unir los puntos donde se generan renovables (…) así como mejorar todo el ecosistema de la electrificación. Europa tiene que poner más baterías y dotar de más flexibilidad a los sistemas con otras ideas de almacenamiento», apunta Gonzalo Escribano, investigador principal y director del programa de Energía y Clima del Real Instituto ElCano. Y eso pasa por desarrollar la normativa necesaria para impulsar todas estas tecnologías que ahora todavía son muy incipientes en la mayoría de países europeos.
La ventaja de España
Igual que países como Arabia Saudí han construido su riqueza y poder económico a partir del petróleo, los países europeos imaginan un futuro en el que convierten sus recursos renovables en una fuente de competitividad económica, es lo que se ha denominado ‘electro-Estado’. Y España cuenta con unas condiciones privilegiadas para desarrollar este modelo, al ser uno de los países europeos con más horas de sol, disponer de importantes zonas con potencial eólico y tener amplios territorios donde instalar infraestructuras renovables. «Tenemos una oportunidad país para ser polo de atracción de la industria paneuropea donde los precios de la electricidad sean mejores y se pueda descarbonizar”, afirma Marta Sánchez, socia responsable del sector Energía en EY.
El mejor ejemplo al atractivo español lo encuentra Sánchez en el resultado de la primera subasta europea de calor industrial (IF25 Heat Auction) que adjudicó a finales de mayo cerca de 400 millones a un total de 65 proyectos, de los cuales 24 fueron españoles y 21 franceses, mientras que el resto se repartieron entre otros ocho países. «Tenemos el primer resultado contundente que demuestra que España está bien posicionada para ser líder en el desarrollo de esa descarbonización por la que apuesta Europa (…) Cada país tiene una posición diferente, pero en términos de competitividad los que estamos mejor situados para aprovechar las tecnologías de electrificación con electricidad barata somos Francia y España. Francia por las nucleares y España por las renovables», añade.










