Unos centenares de metros separan la ciudad europea de Ceuta de la ciudad marroquí de Castillejos. La renta per cápita en Ceuta es de 23.000 euros al año y la de Castillejos (Fdineq) es de unos 5.000 euros al año, cinco veces menos. Se trata del gradiente de renta más abrupto del mundo. El gradiente es un concepto de la física que compara la diferencia en los valores de una magnitud entre dos puntos en relación con la distancia que los separa. Al borde de la cuántica, el gradiente permite medir disrupciones de todo tipo: climáticas, productivas, demográficas, etc. No hace falta apuntarse al neomarxismo imperante ni al buenismo clásico para entender que lo ocurrido esta semana en Ceuta es la imagen icónica del gradiente desproporcionado de renta y demografía entre Europa y sus vecinos del Sur. «Este gradiente, dijo Josep Borrell -ex-alto representante exterior de la UE- en el III Foro del Mediterráneo, actúa como un imán con una fuerza que ninguna valla ni ningún muro pueden detener».
El trilema de la UE
En ese mismo Foro, el profesor del IESE Pedro Videla, tampoco nada sospechoso de formar parte de la internacional papanatista, resumió las consecuencias de ese gradiente en las políticas de la UE respecto a sus vecinos del Sur ya que debe decidir entre pactar con los gobiernos autocráticos para controlar la migración irregular (lo que ha estado haciendo hasta ahora España con Marruecos); regar de inversiones a esos países para seguir enriqueciendo a los autócratas a cambio de sus favores (que es lo que está haciendo China) o promover el desarrollo económico de estos países forzando un cambio en sus sistemas políticos que reduzca el gradiente institucional (que es igual o mayor que el de la renta). El auge de la extrema derecha y de la islamofobia dificulta en estos momentos que la UE se plantee la opción del desarrollo económico e institucional, pero la velocidad a la que China invierte en África, incluido el norte mediterráneo, sube el precio en la puja para conseguir el favor de los autócratas.
Los errores de España
Aunque lo que está de moda en el potaje madrileño es que Pedro Sánchez tenga la culpa de todo (y ya le gusta por su narcisismo), lo cierto es que en la crisis de esta semana en Ceuta hay fallos de Estado, empezando por la inteligencia. No es de recibo que 50.000 personas se acerquen a las playas de Ceuta desde Marruecos (algo que lleva días conseguir) y nadie haya advertido a los ministerios de Interior y de Exteriores o que, como dijo un portavoz de Moncloa este viernes, nadie les hiciera caso «porque estaban con los incendios». Patético. Pero también tienen alguna responsabilidad los jueces que tanto respeto reclaman y merecen, pero que deben hacerse responsables de sus actos. Publicar una sentencia del Tribunal Supremo en la que se interpreta que las devoluciones en caliente solo son legales si los inmigrantes «saltan una valla» es de una cierta irresponsabilidad ya que les invita a llegar nadando por la playa. Ambas cosas ocurren en un contexto en el que Pedro Sánchez, para no zaherir a sus socios de Sumar y Podemos, ha cambiado la política exterior española respecto a Marruecos sin explicarlo, sin pactarlo con el PP y sin alinear al resto de instituciones del Estado. Y, curiosamente, lo ha hecho al ritmo de Donald Trump que incluyó a Marruecos en sus Acuerdos de Abraham y consiguió que fuera uno de los primeros países de mayoría sunita que ha reconocido al Estado de Israel. Pero todo era demasiado feo para el mundo de yupie de Sumar. Para Sánchez siempre es «primum vivere deinde philosophari».
Marruecos sube el precio
Sobre estas bases, lo acontecido esta semana es algo más sencillo de explicar que no de solucionar. Marruecos ha activado a un ejército de gente empobrecida para demostrarle a España que si no paga más que China a su monarquía puede provocar una mayoría absoluta de Vox si se lo propone porque, además, sus socios de la UE la pueden dejar tirada por la mala cabeza de su presidente del Gobierno en la manera de explicar la última regularización de inmigrantes. Y la capacidad de infligir dolor del reino alauita se ha multiplicado por la exquisitez de unos jueces del Supremo y por un error de inteligencia o de dirección política de la inteligencia. Pasado el vendaval, cuando las cámaras del potaje madrileño salgan de Ceuta, el gradiente de renta y demográfico seguirá allí con la fuerza de un imán que no hay valla ni baliza en el Tarajal que reduzca su fuerza de atracción. Hace unos días, el presidente de la Cambra de Barcelona, Josep Santacreu, nos dijo: «el futuro no es de quien frene la inmigración sino de quien la gestione de manera más inteligente». Y de eso ha faltado mucho en Ceuta.
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