Alrededor del 10% de las personas de entre 50 y 70 años sufre algún trastorno de la conducta alimentaria (TCA), ya sea anorexia, bulimia o atracones. Aun así, se trata de una realidad infradiagnosticada y escondida, ya que casi siempre está asociada a mujeres jóvenes o adolescentes (la prevalencia es mayor en mujeres). Sin embargo, los TCA en gente mayor son una realidad en aumento debido, entre otras cosas, al incremento de la esperanza de vida, que hace que problemáticas propias de la juventud se estén asentando y tengan una significativa prevalencia en edades maduras.
Dentro de la franja de entre 50 y 70 años se encuentran personas que empezaron con un TCA «a finales de los 80», siendo jóvenes, y todavía arrastran este trastorno. Pero también hay personas que debutan a edades tardías. «Cada vez hay más TCA», certifica Fernando Fernández Aranda, director de la Unidad Integral de TCA de Alta Complejidad y Duración de la Fundació Hospitalàries Martorell-Hospital de Bellvitge. Un 40% de las personas de entre 50 y 70 años con un TCA no se recuperan nunca y demuestran cómo, en algunos casos, este tipo de trastornos se enquistan de por vida.
¿Qué les ocurre? «Confluyen dos aspectos. Por un lado, hay casos de personas que se recuperan solo parcialmente y evolucionan hacia una situación de larga duración de su problemática. Son personas que iniciaron un TCA a los 15 o 16 años y ahora son mayores. Pero hay también casos que inician su trastorno alimentario a los 50 o 53 años. Vemos anorexia, bulimia y trastornos por atracón», apunta Fernández. A partir de los 70 años, los médicos ven «muy pocos casos». «Aunque alguno hemos visto», precisa. Entre un 20% y un 30% de los casos que trata la unidad de Martorell-Bellvitge corresponden a personas de más de 50 años.
La década de los 80
Los casos de TCA, y en concreto la anorexia, comenzaron a aparecer a finales de los 80, según este psicólogo. A mediados de los 90, empezaron a detectarse casos de bulimia y de trastorno por atracón. «Por eso prevemos que los TCA vayan en aumento. En 15 años no será atípico verlos en gente de edades más avanzadas. Cuatro de cada 10 pacientes se recuperan parcialmente o no se recuperan y lo veremos porque la esperanza de vida aumenta», dice Fernández, quien subraya que los TCA «son trastornos del mundo moderno». «Hace 100 años no existían con la prevalencia de ahora y estaban asociados a las clases sociales más altas. Pero si ves revistas de los años 30 te das cuenta de que ya existían casos. La anorexia apareció entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando se describieron los primeros casos. Muchos quedaban enmascarados por una depresión. Pero el ‘boom’ se dio en la década de los 70 u 80 del siglo pasado».
Se trata, en palabras de este psicólogo, de «trastornos del mundo occidentalizado que se extendieron a todo el planeta». Actualmente, un 20% de las primeras visitas de la unidad que dirige corresponden a personas de más de 45 años. Un 10% de los pacientes de más de 50 años que visitan por primera vez la unidad de Fernández son de inicio tardío y los demás responden a casos enquistados. ¿Y por qué personas de más de 50 años debutan con un TCA? «Los casos de inicio tardío tienen más que ver con la presión social y las dificultades de la vida: lo vimos mucho con el covid», responde Fernández.
Por ejemplo, él ha visto casos de personas que pierden el trabajo, cuyos hijos se van de casa y se quedan aisladas, y que empiezan a preocuparse por la alimentación o el peso. El tratamiento no es diferente del que se ofrece a personas adolescentes con TCA. «Aquí lo importante es diferenciar si son de larga duración o de inicio tardío. Debemos hacer hincapié en la calidad de vida, en la funcionalidad, y ayudarles a retomar objetivos».
«Antes lo escondían»
Según Cristina Carmona, psicóloga de la Unidad de TCA del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau (Barcelona), los trastornos alimentarios en personas mayores «siempre han existido», pero mucha gente en el pasado «lo llevaba muy escondido». «Ahora llegan a los 50 o 60 años, se dan cuenta de que lo que tienen no es normal y de que pueden pedir ayuda», precisa. Además, hay personas que han arrastrado un TCA toda la vida y es en la madurez cuando experimentan las «complicaciones» derivadas, como por ejemplo osteoporosis y frecuentes fracturas óseas. «También hay personas que se mantienen en un infrapeso y que, al pasar algo en su vida, adelgazan más y se ponen en riesgo. Este es el perfil más propio de la anorexia: casos que han pasado desapercibidos y afloran cuando las personas son mayores», dice Carmona.
Por su parte, el inicio de la bulimia suele darse en torno a los 30 años pero, al ser un TCA que causa «mucha vergüenza», no se suele pedir ayuda hasta más tarde, a los 50, al considerar que es una cuestión de «fuerza de voluntad». Y después están los casos de trastorno por atracón, que suelen aparacer a los 40 o 50 años. «Hay gente que desarrolla este trastorno por ponerse a dieta. Es un TCA muy oculto en mayores de 50 años y a muchas mujeres les da vergüenza. Son mujeres que compensan los atracones poniéndose cada vez más a dieta, con regímenes cada vez más estrictos. Siguen engordando debido a los atracones y la gente les insiste en que se han de poner a dieta. Es muy prevalente y está aumentando», señala Carmona, quien matiza que, a pesar de ello, aún no hay cifras al respecto.
Tercera edad
Estos trastornos también llegan a la tercera edad, como explica Manel Sánchez, jefe del Àrea de Gestió del Coneixement de la Fundació Hospitalàries Martorell y presidente de la Sociedad Española de Psicogeriatría. «Hay casos de personas de más de 65 años con problemas alimentarios. En geriatría le llamamos negativismo a la ingesta: se trata de una conducta regresiva, de rechazo de la ingesta. Puede ser parecida a la anorexia nerviosa. No están relacionados con los TCA, pero la foto es la misma y esto pone en riesgo vital a las personas».
Las causas de estos trastornos son variadas. Muchas veces detrás de ellos hay depresiones graves, trastornos de la personalidad o deterioro cognitivo. «Curiosamente, cuando empiezan a mejorar, empiezan a rechazar la comida de forma activa, pierden peso y pueden llegar a sufrir desnutrición», cuenta Sánchez. «Es muy difícil saber su incidencia, pero en entornos residenciales no es infrecuente observarlo. Y puede tener un efecto mimético: cuando un paciente presenta este tipo de conducta y obtiene la atención del personal, otras personas vulnerables, por imitación, actúan igual. Es decir, tiene un cierto potencial contagio en instituciones», añade.
Se trata de una «conducta muy primaria», muy similar a la que muestran muchos niños pequeños cuando, por ejemplo, tienen un hermanito y vuelven a orinarse encima. Ambas son «conductas regresivas».
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