Es viernes. Son poco más de las siete y media de la tarde y en Vial Flora de España todavía reina la calma. Los vecinos saben, sin embargo, que esa tranquilidad tiene las horas contadas. Poco a poco empiezan a llegar los primeros coches. En cuestión de minutos, las plazas de aparcamiento de esta vía y de las cercanas calles Virgilio y Ovidio comienzan a ocuparse. Los conductores estacionan, abren los maleteros y sacan bolsas con bebidas, hielo y altavoces. Algunos despliegan incluso sillas plegables para pasar allí varias horas antes de entrar en las discotecas de la zona.
Es el ritual que, según denuncian los residentes, se repite cada fin de semana desde hace años y que durante el verano se intensifica. Si en invierno suele concentrarse principalmente las noches de viernes y sábado, con la llegada de la temporada estival el fenómeno se extiende desde el jueves hasta el domingo, coincidiendo con la actividad de las salas de ocio nocturno cercanas.
El presidente de la asociación de vecinos Playa Blanca de la Albufereta, Ernesto Jarabo asegura que el fenómeno lleva tiempo asentado en este entorno y que durante los fines de semana se repite siempre el mismo patrón. «Los jóvenes aparcan los coches en Vial Flora de España y calles próximas, abren los maleteros, sacan las bebidas y hacen botellón antes de entrar en la discoteca. Es una imagen que ya está totalmente consolidada», afirma.
Jarabo reconoce que el Ayuntamiento despliega un dispositivo de limpieza a primera hora de la mañana, aunque considera que el problema va más allá de la suciedad. «La cuestión no es solo recoger la basura, sino evitar que el botellón siga produciéndose semana tras semana», sostiene.
Quienes viven en este entorno residencial aseguran que el problema ya ha sobrepasado cualquier límite. Prefieren mantenerse el anonimato por temor, pero todos describen una realidad prácticamente idéntica.
«La gente llega a partir de las siete u ocho de la tarde y empiezan a coger todos los aparcamientos. Abren los maleteros, sacan el alcohol y ponen música muy fuerte. Lo tenemos toda la noche hasta las siete de la mañana», relata uno de los residentes, que asegura que la zona «se ha convertido en un auténtico macrobotellón».
Las escenas, según coinciden varios testimonios, se repiten una y otra vez: grupos consumiendo alcohol junto a los vehículos, música a gran volumen y gritos que aumentan conforme avanza la madrugada.
Una noche en vela
Los vecinos hablan de personas orinando y defecando en plena vía pública, vómitos en aceras, basura acumulada, botellas de cristal, vasos y restos de comida repartidos por toda la zona cuando termina la noche.
«Gritos constantes durante horas. Personas orinando y defecando en la vía pública, incluso al lado de los contenedores. Vómitos en aceras y zonas comunes. Bolsas, vasos, botellas de cristal y basura esparcida por todas partes», resume otro vecino, que considera que la situación afecta directamente «a la salud, al descanso y a la seguridad» del vecindario. Las molestias, aseguran, no terminan con el amanecer. Otra vecina explica que cada mañana recoge botellas de bebidas alcohólicas y refrescos que aparecen dentro del jardín de su vivienda y que también tiene que limpiar orines y vómitos de la entrada de casa.
Peleas, derrapes y amenazas
Dormir, sostienen, se ha convertido en una misión imposible. «De jueves a domingo estamos encerrados en la habitación toda la noche con los graves de la música y los gritos», explica otro afectado, que asegura que conforme avanza la noche y aumenta el consumo de alcohol también se incrementa el volumen de la música y el ambiente se vuelve «insoportable».
Mientras un vecino asegura que llevan «un montón de años peleando» contra esta situación y considera que el botellón se ha convertido en la alternativa económica para muchos jóvenes antes de entrar en las discotecas. «No hay bares y es una forma de beber barata. En todos los aparcamientos de esta zona residencial se llenan las calles y luego vienen los gritos, las peleas, los derrapes y las carreras ilegales», afirma. La falta de descanso está teniendo consecuencias, según explican algunos vecinos. En esta línea, un residente asegura que su madre ha tenido incluso que medicarse para poder dormir durante los meses de verano.
Además del ruido, los residentes denuncian problemas de seguridad. Hablan de vehículos circulando a gran velocidad, derrapes, carreras ilegales y peleas durante la madrugada. Otro vecino sostiene que desde la apertura de una de las discotecas próximas el barrio «se ha convertido en una zona de macrobotellón» donde, además del consumo de alcohol, se producen «quemas de contenedores, rotura de cristales, amenazas a vecinos, agresiones y accidentes de tráfico en las inmediaciones». Una vecina también alerta de coches circulando «a gran velocidad, poniendo en riesgo a vecinos y peatones».
Un barrio residencial convertido en punto de reunión
Los residentes consideran que la configuración de la zona favorece estas concentraciones. Existen numerosas plazas de aparcamiento junto a viviendas unifamiliares y bloques residenciales, lo que facilita que cientos de jóvenes estacionen durante horas antes de acceder a los locales de ocio.
Una vecina asegura que incluso hay grupos que «acampan con sillas de playa», ocupando aceras durante toda la tarde y la noche. «Ya no se puede ni salir a pasear porque todo huele a alcohol y otras sustancias», lamenta. También muestra su preocupación por la cantidad de botellas y residuos que quedan en zonas de vegetación, al considerar que pueden suponer un riesgo durante los meses de altas temperaturas.
La limpieza llega cada mañana
Los vecinos reconocen un aspecto en el que prácticamente todos coinciden: la limpieza municipal. Cada mañana, alrededor de las ocho, los servicios municipales actúan para retirar la suciedad acumulada durante la noche.
Otra residente explica que los camiones de limpieza pasan a primera hora y que, aunque en ocasiones los trabajos se prolongan durante parte de la mañana por la cantidad de residuos, «normalmente la zona queda limpia». Otros vecinos también reconocen ese esfuerzo, aunque consideran que el problema no es la limpieza posterior, sino que el botellón siga produciéndose semana tras semana. «Los barrenderos los pagamos entre todos», resume un afectado convencido de que el origen del problema requiere otro tipo de soluciones.
Más presencia y medidas
Los residentes aseguran mantener contacto frecuente con los distintos cuerpos policiales, que acuden cuando reciben avisos, aunque consideran que la respuesta resulta insuficiente para impedir que el fenómeno vuelva a repetirse el siguiente fin de semana.
Entre las propuestas que plantean figuran una mayor vigilancia policial, controles de alcohol y drogas en los accesos a la zona y actuaciones que impidan que estos aparcamientos sigan funcionando como punto de concentración previo a la entrada en las discotecas.
Mientras tanto, el calendario vuelve a repetirse. Es jueves, viernes, sábado o domingo de verano. Poco antes del anochecer comienzan a llegar los primeros coches. Se abren los maleteros, aparecen las bolsas con bebidas y las sillas plegables. Los vecinos, mientras tanto, cierran ventanas, bajan persianas y se preparan para otra noche sin dormir. Porque, aseguran, el problema ya no es una noche aislada, sino una rutina que, verano tras verano, sienten que se ha instalado definitivamente en Vial Flora de España.
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