La justicia natural

Te preguntas una y otra vez cómo es posible que tanto arribista, canalla, vividor se salga siempre con la suya, salga siempre a flote, siempre ganador, triunfe, se vaya de rositas, se enriquezca y viva tan feliz, y salga tan airoso. No te preocupes: antes o después, más allá de cualquier justicia o injusticia humana, todos recibimos inexorablemente la justicia natural, porque todo en el universo pertenece a un orden. Pienso que no existen premios ni castigos, ni nadie nos premia ni nos castiga. Según creo, existe un orden, tanto físico como moral, al que nos tenemos que atener, por más que queramos ir por nuestra cuenta. Este orden natural es el orden de la vida, en nuestro cuerpo y en nuestra alma. En lo físico, por ejemplo, pensemos en nuestros pulmones y el fumar. El fumar no es bueno ni malo; es más sencillo: simplemente fumar me perjudica porque mis pulmones no están hechos para respirar humo. Así que, si les meto humo, enfermo, y o me quito o acabo ahogado. Así de simple. Yo mismo me doy la sentencia. Mis pulmones están hechos para respirar oxígeno, por eso no puedo vivir bajo el agua; y, sin embargo, para un pez, el agua es donde puede existir. Pues lo mismo en el orden moral. Según este orden, los seres humanos estamos hechos para el amor, para el compartir, para el entregarnos y procurar vida en nosotros y en el mundo. Si no cumplimos con ese orden, nosotros mismos acabamos por darnos la sentencia: el desorden, el caos, el sufrimiento para nosotros y para lo que nos rodea. Este ámbito físico y moral es al que pertenecemos y al que tenemos que atenernos. Lo que ocurre es que los seres humanos, en nuestra libertad, somos tan vanidosos, tan soberbios que queremos reinventar el mundo, y no con las pautas del amor, de la vida, que ya está inventado, sino con las del poder, la violencia, la injusticia, el dominio, el terror, la mentira, la explotación. Te aseguro que antes o después esa violencia se vuelve contra nosotros y la sufrimos en nosotros. Nadie nos castiga; somos nosotros mismos quienes nos castigamos, por la sencilla razón de habernos salido del orden natural en el que hemos sido creados. Imagina que compramos un coche con un motor que funciona con gasolina; si le echamos agua, nos lo cargamos. Así de sencillo. Por eso sólo existe la justicia natural con la que Dios dotó al universo y a la vida. Y si no crees en Dios, no importa: esto de que te hablo es mucho más directo, más constatable: si me salgo del orden físico, enfermo; si me salgo de orden moral, que en realidad es lo mismo, pues formamos un todo, me hago daño y provoco daño en todo lo que me rodea, en los demás, en la naturaleza, en la vida.

Fuente