El fujimorismo es el magma original de toda la nueva derecha populista y autoritaria en el Perú del siglo XXI. Todavía pervive una derecha democrática, ciertamente, una derecha minoritaria, pero que ha contribuido a evitar la fujimorización del país. Y sin embargo en lo mejor de esa derecha republicana –incluso ahí– se antoja perceptible cierto aliento fujimorista.
Vargas Llosa, que se presentó a las elecciones presidenciales en 1990 contra Fujimori –perdió– y lo denunció durísimamente durante mucho tiempo, terminó apoyando in extremis la candidatura de Keiko en 2021 «para evitar que Perú no cayera bajo un gobierno de izquierda radical».
Lo semihegemónico en el espacio conservador son los fujimorismos en liza. David Roca Basagre los define bien a través de sus caudillos: «López Aliaga es una variante más conservadora, más tradicional del fujimorismo. Keiko Fujimori es la heredera del autoritarismo, de la imagen paternal de su padre Alberto».
En realidad, durante el último cuarto de siglo el motor de la política peruana ha sido la polarización entre fujimorismo y antifujimorismo. En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, Keiko, la heredera, parece a punto de conseguir lo que intentan todos los seguidores de Fujimori hace lustros: regresar el poder. El pasado día 7, y al frente de Fuerza Popular, Keiko obtuvo el 50,05% de los sufragios, mientras que Roberto Sánchez, líder de la coalición de izquierdas Juntos por Perú, consiguió el 49,9%. El Jurado Nacional de Elecciones, que se encarga de resolver las denuncias e impugnaciones, muy numerosas, proclamará al ganador definitivamente a mediados de julio.
Convengamos que, desde una óptica europea, la política peruana, especialmente desde el golpe de Estado de Fujimori en 1992, tiende a lo incomprensible. Keiko Sofía Fujimori (limeña de 51 años) es la hija mayor de Alberto Fujimori y estudió Dirección y Administración de Empresas en universidades estadounidenses. Su primera ocupación política consistió en ejercer de primera dama junto a su progenitor, divorciado de su madre, pero ya en 2006 ocupó un escaño en el Congreso de Perú. Junto con su padre y un grupo de asesores y amigos creó el nuevo gran partido fujimorista, Fuerza Popular, en 2010.
Fuerza Popular es, sin duda, el partido mejor estructurado y con mayor implantación territorial en Perú, y ha dispuesto de minorías simples a veces cómodas, otras algo más precarias, gracias a las cuales, por ejemplo, ha conseguido que jueces simpatizantes se incorporaran al Tribunal Constitucional o a la Fiscalía del Estado.
Desde sus comienzos Keiko ha dominado el partido con mano de hierro exigiendo una lealtad poco menos que perruna a sus dirigentes y cuadros, y la muerte de su padre en 2024 extremó aún más ese control despiadado y siempre vigilante. Después de un periodo de cierto tono institucional, Fuerza Popular siempre ha mantenido una actitud belicosa y es responsable de facto de la destitución de tres presidentes en el plazo de una década.
La heredera se ha presentado como candidata en 2022, 2016 y 2021. Los suyos están convencidos que ahora ha ganado. Si es cierto, será por una diferencia quizás inferior a 100.000 votos. La mitad del país no la quiere en la Casa de Pizarro.
Keiko Fujimori es una resistente. Vio al antiguo dictador, su padre, desmoronarse por la depresión después de catorce años en la cárcel. Ella misma ha sido detenida, encarcelada y procesada en varias ocasiones acusada de delitos económicos y fiscales, falsificación de documentos públicos y falsos testimonios. No se ha doblegado jamás. No ha musitado una queja pública. Fría como un témpano, enérgica, inagotable, todos sus esfuerzos cotidianos se vuelcan en monopolizar el fujimorismo a través de Fuerza Popular y en reivindicar el legado de su padre y reinventarlo como oferta electoral de orden y prosperidad.
Su objetivo es una república autoritaria con una democracia debidamente domesticada, una economía donde el Estado solo pueda encontrarse en dosis homeopáticas, abierta al capital exterior y desembarazada de impuestos y tasas, unas fuerzas armadas con mayores competencias constitucionales y una policía brutal.
Keiko asegura que terminará con el narcotráfico, pero en Fuerza Popular militan, a veces con cargo, conocidos narcotraficantes. A la heredera Fujimori le encantaría construir prisiones como las de Bukele. Alrededor del partido quiere erigir un movimiento político transversal que compartan los viejos ricos y los cholos miserables, los limeños y las provincias, las ciudades y la sierra, bajo un único liderazgo. Y adaptará la Presidencia y la Constitución a ese liderazgo. Y no al contrario.












