La conexión ferroviaria entre Castelló y València se ha convertido, para miles de usuarios, en un trayecto marcado por la resignación. Retrasos, tiempos de viaje cada vez más largos, convoyes saturados y una sensación constante de incertidumbre forman parte de la rutina de quienes dependen diariamente del Cercanías para estudiar o trabajar. Mientras las obras del corredor mediterráneo avanzan lentamente, la movilidad entre las dos ciudades del norte de la Comunitat Valenciana atraviesa uno de sus momentos más cuestionados.
El problema no es nuevo, pero sí se ha cronificado. Lo que en un principio era una modernización estratégica de la red ferroviaria, se ha convertido en más de una década de deterioro del servicio. La periodista de El Temps y usuaria diaria del trayecto Castelló-València, Violeta Tena, lleva más de diez años sufriendo las consecuencias de unas obras que, lejos de agilizar las comunicaciones, han convertido el desplazamiento en una fuente permanente de desgaste emocional y pérdida de tiempo.
Hace unos 20 años que coge esta línea y compara el funcionamiento actual con el de hace dos décadas. “La experiencia de estos últimos años ha coincidido con el inicio de las obras del corredor mediterráneo, sobre todo con la instalación del tercer hilo, que para mí es el nudo gordiano de todos los problemas”, sostiene.
Tena critica la decisión de implantar el “tercer hilo” para permitir la circulación de alta velocidad sin construir una infraestructura paralela exclusiva. “En toda la península, cuando se ha puesto alta velocidad, se ha hecho una vía paralela. Aquí se optó por una solución que era un parche. El servicio ha empeorado”, relata.
Violeta Tena, en un vagón de tren. / Levante-EMV
En toda la península, cuando se ha puesto alta velocidad, se ha hecho una vía paralela. Aquí se optó por un parche y el servicio ha empeorado
Los peores años coincidieron con el arranque de las obras. “Estaba embarazada de mi segunda hija. El servicio funcionaba fatal y todo tenía un precio altísimo”. Entonces pagaba unos seis euros por trayecto por un servicio que podía realizarse en autobús o en trenes que tardaban hasta una hora y media en cubrir el recorrido entre ambas ciudades.
Pero más allá de la duración de los trayectos, lo más duro era la falta de fiabilidad. “No sabías si se cumplirían los horarios. Generaba mucha tensión porque no podías planificar tu vida”. De hecho, Tena recuerda no saber si llegaría a tiempo para recoger a su hija de la guardería.
La puesta en marcha de los bonos gratuitos tras la crisis de Ucrania alivió parcialmente el impacto económico de los desplazamientos, aunque no solucionó los problemas estructurales. Antes de esas ayudas, asegura haber presentado numerosas reclamaciones ante Renfe, aunque las respuestas no iban más allá de cartas estandarizadas pidiendo disculpas.
Además, cada día miles de estudiantes y trabajadores se desplazan entre ambas ciudades. “Hay gente que se ha cambiado de trabajo por culpa del tren o estudiantes que han acabado alquilando un piso en València porque no podían soportar el desgaste emocional de ir y volver cada día”, explica la periodista.
Entre los estudiantes de la Universitat Jaume I de Castelló también ha generado mucho malestar al no saber si podrán llegar a tiempo a clase. Pol, uno de los estudiantes, afirma que coge el Cercanías casi todos los días para llegar a Castelló y que suele tener “muchos retrasos”. “Entre la 13:00 y las 15:00 es una odisea volver a casa. Es cuando más retrasos he tenido, superando incluso los 20 minutos”, asegura el joven.

Pol, estudiante de la UJI. / Toni Losas
Por otra parte, Ana es profesora en la Escuela Oficial de Idiomas en Castelló y cuenta que en muchas ocasiones ha tenido que viajar “sentada en el suelo”. Recalca que esta situación es muy habitual. “Cojo el tren en el Cabanyal y el viaje dura mucho. Cuando tengo que ir de pie se me hace eterno”, expone.

Ana, profesora de la Escuela Oficial de Idiomas de Castelló. / Toni Losas.
El empeoramiento queda reflejado también en los tiempos de viaje. “Hace 20 años un Civis tardaba una hora. Ahora apenas quedan dos Civis en todo el día y la media es de una hora y veinte minutos u hora y media”, expone Tena.
Para la periodista, uno de los grandes problemas es la prolongación indefinida de unas obras que debían haber concluido hace años. “En 2015 dijeron que serían rápidas y en 2026 todavía no han terminado. Sinceramente, nos han tomado el pelo”. Además, teme que la futura convivencia entre Cercanías, Euromed y trenes de mercancías sobre las mismas vías termine provocando un colapso aún mayor. “Es como meter en una misma autopista coches antiguos, tractores y Ferraris”, compara.

Acceso a los andenes de Cercanías en Castelló. / Toni Losas
La saturación también forma parte del día a día de los usuarios. Aunque en hora punta puede haber hasta tres trenes por hora, los fines de semana la frecuencia se reduce notablemente. Uno de los ejemplos más claros es el Cercanías de las 7:20 desde Castelló. “A partir de Sagunt la gente ya tiene que ir de pie hasta València”. Precisamente el tramo entre Sagunt y València, de apenas 20 kilómetros, puede llegar a prolongarse hasta 45 minutos en determinados días.
La escena se repite también en sentido contrario. “El tren de las 14:20 desde València hacia Castelló va superpoblado y los fines de semana los de las ocho de la tarde van llenísimos de gente que vuelve de compras”. Esto evidencia la elevada demanda existente y la incapacidad de la infraestructura actual para absorberla con garantías.
Mientras el corredor mediterráneo sigue acumulando retrasos a la espera de entrar en acción en 2027 y el autobús es una alternativa insuficiente para muchos usuarios, miles de personas continúan dependiendo cada día de una conexión ferroviaria que, lejos de mejorar, ha acabado convirtiéndose en sinónimo de paciencia, resignación y pérdida de calidad de vida.
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