No tenía ni idea de que la Comunidad de Madrid había cambiado las normas para acceder al abono transporte. Me he enterado por redes rápido y mal. Como habitante y ciudadano empadronado de esta nuestra ciudad bendita por el Papa y por Bad Bunny tan recientemente, cada día me siento más desubicado, ajeno y desconectado de lo que pasa y la consecuencia directa es esta: que me entere mal y tarde.
Yo, para moverme por las calles de Madrid, intento evitar coger cualquier tipo de transporte. Si busco trabajo, como es de camarero, pues me busco algo en los cientos de bares que inundan las calles de mi propio barrio. Si tengo que ir a otro barrio, cojo una de las bicicletas de BiciMad. Para mí, el tener que coger el metro o la Renfe es señal de que ya tengo que ir muy lejos. Soy una mariquita muy local y muy mal acostumbrada a moverse en distancias largas y, si no me pilla algo a cuatro calles de donde resido, ya es lejos. Esto que acabas de leer lo escribo siendo consciente de que soy una privilegiada. Que tengo la suerte de vivir donde nací y de tener, aunque cada día con más lucha, unas bases legales de donde partir y que mucha otra gente con la que me cruzo en las calles, amigos de mis grupos y gente con la que interacciono no tienen. El utilizar el transporte público lo justo y necesario es mi realidad, pero para nada la de todos, y esto me hace no entender la medida tomada por el gobierno de la Comunidad de Madrid. Y al enterarme tarde me chirría que en mi alrededor todo el mundo siguiera con su vida aun tratándose de la puesta en vigor de una medida que nos afecta a millones de personas.
El pasado 12 de junio, la Comunidad de Madrid anunció que exigiría acreditar la residencia para obtener una nueva Tarjeta de Transporte Público Personal o solicitar un duplicado. Tres días después, el 15 de junio, la medida ya estaba en vigor. ¡Tres días! Para dar luz verde a revisar las cuentas de los políticos implicados en supuestos fraudes luego los jueces tardan meses.
La explicación oficial de la presi Isa es que sostiene que el transporte madrileño se financia con dinero de los contribuyentes madrileños y que, por tanto, resulta lógico que determinados beneficios estén vinculados al empadronamiento. OK. Todo ok, pero si esta posibilidad existía desde hace años, ¿por qué la aplican ahora?
Estamos hablando de una norma que estaba ahí y que, de repente, alguien decide activar. ¡Oki! Pero cuando un gobierno activa algo que llevaba años sin utilizar, entonces I couldn´t help but wonder: ¿Qué situación tan grave existía como para que fuera necesario ponerla en marcha de forma inmediata? Lo único que resuelve de manera inmediata, que es de lo que hablamos todos y por lo que arden las redes, es que a partir de ahora, si no estás empadronado, o sea, estudiante, trabajador temporal o INMIGRANTE, pues ajo y agua y ni café con leche en la Plaza Mayor porque esos dos euros y medio te los vas a gastar en el bus de ida o vuelta a tu casa después de ocho horas de clase o trabajo. Así que, obviamente, por eso la conversación se está centrando en las personas más débiles y no en los datos. Se están cayendo, si no se habían caído ya, las máscaras.
Me siento impotente al ver a un gobierno ir a degüello a por los que ya viven rodeados de obstáculos. Los que trabajan cuidando mayores, limpian oficinas de madrugada, te ponen el café deprisa y corriendo porque no llegas a trabajar, el que friega los platos y abandonó a su familia en su país para buscar un futuro mejor, el que comparte piso con otras cinco personas o solo tiene una habitación para toda su familia, la persona que lleva años regularizando su situación. Vamos, a todas las personas que ya tienen suficientes problemas de base antes incluso de salir de su casa. Las personitas que hacen que esta ciudad funcione (sin desmerecer a nadie). Porque nuestra capital no funciona gracias a los políticos ni a los discursos institucionales. Funciona gracias a miles de personas que sostienen la ciudad todos los días. Muchas de esas personas son migrantes e invisibles para el resto. Muchas hacen los trabajos que otros no queremos hacer.
Y sí, conviene recordarlo porque cada cierto tiempo parece que volvemos a necesitar mano de obra extranjera para sostener sectores enteros de la economía y, al mismo tiempo, levantamos barreras administrativas contra quienes realizan esos trabajos. ¿Curiosooooooo, noooo? Que vengan y limpien nuestras casas, cuiden de nuestros abuelos y nos pongan las cañitas, pero que se las busquen para llegar a hacerlo.
Y luego, tío, veo las redes arder, pero también veo una ausencia de reacción. Por lo que sea, porque estamos agotados o hasta la coronilla de titulares o porque toda semana tiene su algo que hace que rápido se te olvide lo de la anterior, pero me sorprende la facilidad con la que aceptamos la norma impuesta.
¡El transporte público es una herramienta básica para acceder al trabajo, a la educación, a la sanidad y a la vida cotidiana! ¡Sin transporte público no hay igualdad de oportunidades!
Sin movilidad, una ciudad se convierte en una colección de barrios aislados. En vez de estar discutiendo sobre una medida tomada sobre un servicio público que debería articularse para su mejora e infraestructura, o sea, deberíamos estar hablando de vagones, raíles y tornos, paradas, escaleras mecánicas… ¡Pero no! Estamos hablando de personas esta medida, que afecta principalmente a quienes tienen menos capacidad para defenderse, merece una vigilancia especial.
Y Madrid, esa ciudad donde somos bienvenidos, tiene tufo, huele a bomba fétida comprada en el puesto de Navidad del mercadillo de la Plaza Mayor. Que Madrid se defina más por cómo trata a quienes tienen todos los papeles en regla en vez de que se defina por cómo trata a quienes están intentando construir una vida mejor en ella… Madrid parece muy moderna, pero no es moderna, Paco.















