En 1998, Manolo García y Quimi Portet decidían poner fin a El último de la fila por razones de «higiene artística», una expresión en la que, si bien se intuía el desgaste de toda relación que se alarga en el tiempo, parecía pesar más el miedo de los músicos a repetirse y sus ganas de explorar nuevos territorios creativos, eso sí, cada uno por su lado. Atrás quedaban casi dos décadas de trabajo en común de los que habían salido siete discos oficiales y que habían facturado millones de copias tanto en España como en Latinoamérica.
El cantante de El Último de la Fila Manolo García, durante el concierto en el estadio Metropolitano de Madrid este sábado. / EFE/ Daniel González
No obstante y a pesar del éxito de sus respectivas carreras —nada menos que once discos en el caso de Portet y diez en el de García—, el regreso de El último de la fila era uno de los sueños de los aficionados al pop español, solo comparable a la reunión de Mecano o a la de Héroes del silencio con Bunbury. El sueño se hizo finalmente realidad hace un año, cuando Manolo García y Quimi Portet convocaron a la prensa para anunciar una gira de regreso, la primera de El último de la fila después de casi tres décadas. Doce fechas en nueve ciudades, cuyas entradas se agotaron en apenas unas semanas y que esta noche hizo escala en el estadio Metropolitano de Madrid.
Con tan solo ocho minutos de retraso sobre la hora anunciada y cuando muchos de los espectadores aún no habían ocupado sus localidades, El último de la fila salió al escenario. Comenzaron con Huesos y Conflicto armado, dos temas de Los Burros, a los que siguió Querida Milagros, Mi patria en mis zapatosAviones plateados, todas en versiones muy fieles a las originales porque, como expresaron los artistas en las entrevistas concedidas en los últimos días, no era momento de hacer experimentos, sino de ofrecerle a la gente aquello que deseaba desde hacía tanto tiempo.

El Último de la Fila llega con su gira de reunión al estadio Metropolitano de Madrid. / Daniel González (EFE)
De hecho, y a diferencia de lo que sucede con otras giras de reencuentro en la que no es infrecuente que los artistas recurran a músicos que no estuvieron en la formación original, Quimi Portet y Manolo García han reunido a los instrumentistas que acompañaron a El último de la fila en las grabaciones de estudio y en las giras. Nombres como los de Antonio Fidel al bajo, Josep Lluís Pérez a la guitarra eléctrica, Pedro Javier González a la guitarra española, Ángel Celada a la batería y Juan Carlos García a los Teclados, percusiones, batería y coros, a los que se sumaron también Irene Miller y Eva Reina en los coros y una invitada de lujo, Sara García, hija de Manolo García a la que el músico dedicó el tema que lleva su nombre y que, como no podía ser de otra forma, también sonó esta noche.
Pueblo llano pasándolo bien
«Siempre cuento esta anécdota en los conciertos, pero a la gente mayor se le permite repetir las cosas. Cuando tocábamos con Los Burros o Los Rápidos no venía casi nadie a vernos y cuando acabábamos las actuaciones, Manolo se despedía diciendo «Id y multiplicaos». Muchas gracias por haberlo hecho», bromeaba Quimi Portet ante un público que llenaba el estadio y que se mostraba pletórico por participar en una fiesta tanto tiempo esperada, no solo por ellos, sino también por los músicos.

Manolo García, el cantante y vocalista del grupo español de pop-rock El Último de la Fila, durante el concierto este sábado en el Estadio Riyadh Air Metropolitano. / Daniel González (EFE)
«Aquí está sucediendo lo que ocurre en todo concierto de música popular sea rock, pop, heavy, rap… Pueblo llano, que somos nosotros, haciendo felices al pueblo llano, que sois vosotros, que a su vez nos hace felices a nosotros», confesaba Manolo García que, ataviado con un pañuelo palestino, se mostraba feliz de que «no estáis filmando con el móvil. No porque no se pueda hacer, que podéis hacerlo si queréis, sino porque estáis todos atentos al concierto». Así era. La gente saltaba, celebraba las canciones con tan solo oír los primeros acordes, las coreaba y daba palmas sin apenas preocuparse de los móviles. Solo cuando interpretaron Lápiz y tinta», García pidió que sacasen los dispositivos: «Ahora sí, la lucecita», y la gente, claro, encendió la lamparita de sus teléfonos porque, a esas alturas del concierto, le hubieran dado a Manolo y Qumi hasta el pin de la tarjeta de crédito.
Recuperar fuerzas
Alrededor de las 22:20, Manolo García y la banda se retiraron para descansar y recuperar fuerzas para encarar la recta final del concierto. Una decisión que, si bien enfrió un tanto el ambiente, resulta comprensible por la edad de los protagonistas —70 García y 69 Portet— y la intensidad del espectáculo en el que Manolo no paró de correr, saltar o pasear entre el público. Para amenizar la espera, las pantallas proyectaron imágenes que repasaban toda la carrera del grupo, desde su época más vanguardista, experimental e influenciada por DEVO de Los Burros —con embudos en la cabeza incluidos—, a sus multitudinarias e interminables giras —más de cien conciertos de mayo a octubre— de los años 90.
Ya de regreso de los camerinos fue el turno de Ya no danzo al son de los tambores, Los ángeles no tienen hélices y Como un burro amarrado a la puerta del baile que, a diferencia de lo que había sucedido durante el resto del concierto, en el que el grupo prescindió de los solos o los acortó para que cupieran cuantas más canciones mejor, los músicos aprovecharon para gustarse y demostrar su virtuosismo. Después de esos tres temas, García hizo un primer amago de despedida anunciando la última canción, que fue cantada por el público antes incluso de que lo hiciera el propio cantante: Insurrección.

El Último de la Fila llega con su gira de reunión al estadio Metropolitano de Madrid / EFE/ Daniel González
Llegados a este punto, lo que sucedió después fue una verdadera fiesta entre amigos. Los anfitriones, que estaban encantados y no querían ser descorteses con sus invitados, tenían que echar el cierre, pero la gente no estaba dispuesta a marcharse. Para satisfacer sus deseos, el grupo interpretó como bis El Rey, de José Alfredo Jiménez, pero ni por esas.
Se encendieron las luces, Manolo y Quimi dieron las gracias al público, al Atlético de Madrid, presentaron a los músicos y a todo el equipo —en un ejemplo de generosidad y reconocimiento al trabajo colectivo infrecuente en este tipo de eventos—, e incluso hicieron una broma interpretando a capella junto al batería Ángel Celada —presentado por García como «el tenor Jacinto Martín»— una canción cómica cuya letra decía No me digas que no. Nada, nadie se movía del asiento. Definitivalente, no quedaba más remedio que ser expeditivo. «A dormir, que mañana es lunes», exhortó Manolo García al público, olvidando que hoy era sábado, pero sospechando que, si aflojaba un poco, no se hubiera movido nadie de su localidad hasta el lunes para ir a trabajar. Y algunos, tal vez ni eso.










