Todos nos masticamos entre nosotros. ¿No es eso relacionarse con los demás, crudamente? Ir acabando con algo, ir erosionando algo en el otro. Sacrificarle, al cabo, para nuestro crecimiento.
Ganamos terreno o lo perdemos. Nos comemos a nuestros amigos. Nos comemos a nuestros jefes o subordinados. Nos comemos a nuestros amores y a nuestros padres. Somos mordisqueados por ellos. Les acariciamos el hocico antes de la tarascada.
Es el juego, es el banquete. Es la porfía por el poder.
Pienso en Isak Andic y en Jonathan Andic.
Pienso en Succession, pienso en Saturno devorando a sus hijos y pienso en la bulimia con la que los hijos nos tragamos a nuestros padres. Pienso en cómo les roemos hasta el hueso, en cómo a veces les heredamos en vida, incómodamente. En ocasiones están muy duros. Según la firmeza de su carácter, mordemos callo. Pero al final del día tenemos en los dientes un recuerdo de su sangre, de nuestra sangre.
Pienso en Foucault diciendo que la familia es una de las primeras instituciones de encierro, un espacio micropenal. Pienso en Engels señalándola como primera forma de dominación o en David Cooper recordando que lo de la estirpe no es más que una aniquilación de la libertad del individuo.
Jonathan Andic es escoltado por agentes de los Mossos d’Esquadra a los juzgados de Martorell, en Barcelona, tras ser detenido por el presunto homicidio de su padre, Isak Andic.
Siento que todos ellos tenían algo de razón (siendo yo una gran adicta al clan y al arrechuche), pero no soy tan núbil como para creer que la autoridad es sólo de arriba a abajo, de los progenitores a los muchachos.
¿Tiene la madre el poder sobre el bebé, porque este la necesita para sobrevivir? ¿O tiene el bebé el poder sobre la madre, a la que somete con sus llantos irritantes, a la que mastica agrietándole los pezones? ¿Tiene el hijo el poder sobre su anciano padre, porque de él depende su cuidado? ¿O es el hijo oscuramente un esclavo, un asistente del enfermo padre?
Qué sé yo: cuidar mata.
Entiendo que Jonathan Andic es un tosco, un literal de Freud, un crematómano y un acomplejado (esta es la vía más rápida que conozco para volverse feo y para pudrirse en directo, a toda velocidad). El infeliz casi hunde la empresa del padre en un cuarto de hora. Imagino su adanismo, su desprecio a lo construido por Isak: quita, viejo, se hace así, lo haremos a mi modo. Jajá. Pobre diablo.
Andic hijo representa ese desagradable fenómeno descubierto por Francis Galton: el regreso a la media. Después de un genio como Isak (un pico en la gráfica, una alquimia genética casi milagrosa, imposible de repetir en la generación siguiente) sólo puede venir un mediocre. Una película de relleno después del gran estreno.
A la luz de la evolución todos vamos a mejor, sí, pero despacito y a la vez, en masa. Un rollo. ¡Con lo que nos gustan los destellos! ¡Y qué caros se pagan!
Este tipo es digno de lástima. Nacer de un padre así es vivir una vida de spoilers, con un arco de personaje muy limitado. Se es el niño de papá y el asesino de papá, pero todo de papá, al cabo: nunca nada por ti mismo, sólo la criatura que llena un alucinado traje de torero hecho de esperma y oro.
Uno no mata sólo al padre: mata al guionista de su vida.
Siempre nos ha costado un poco amar a los que son mejores que nosotros. Y a los que nos escriben mejor que nosotros.
Decía Dalí que los hijos de los genios son «unos idiotas»: «Esas criaturas infértiles nos deshonran y ostentan nuestro apellido sin haber comprendido quiénes fuimos». Tiene razón.
Se me ocurre ahora que lo salubre evolutiva y sentimentalmente siempre es que nuestros hijos sean más listos que nosotros. Yo deseo que mis críos sean mejores que yo, que me superen en todo, que me dejen atrás. Quiero quedarme desfasada y ridícula y en paz. Sólo así la vida se abre paso inteligente. Un hijo es, quizá, la única persona en el mundo con la que un progenitor sano no compite, sino que promociona, que engorda, que eleva.
Esto es importante, es importante que seas más tonto que tus hijos y que además quieras serlo. Es así como no nos matan: cuando somos peores que ellos.
Qué hermoso verles irse, dejando un reguero de colores, abandonándonos a su sombra… qué larga es nuestra felicidad cuando la suya es más ancha.












