Siglo II antes de Cristo, Roma vive su máximo esplendor, pero brutales contrastes se apoderan de ella. Se convierte en la dueña absoluta del Mediterráneo, pero en las postrimerías de esa centuria se gesta el principio del fin. Roma ganó el mundo, pero perdió la consistencia interna en una República que languidecía entre revoluciones y guerras. En ese contexto nace Quinto Sertorio (122 antes de Cristo), un patriota romano que acabó luchando contra Roma desde Hispania, protagonista de la última novela del escritor placentino Javier Negrete (Madrid, 1964) Sertorio. El elegio de la diosa blanca.
¿Por qué Sertorio y no cualquier otro héroe de Roma, incluso más conocido para los lectores, como Julio César o Escipión el Africano? ¿Y por qué el periodo más crítico de la República romana?
Sertorio me llamó la atención desde que escribí sobre ese periodo de la historia de Roma en mis obras de divulgación, en particular en Roma invicta, publicada en La Esfera de los Libros. Desde joven participó en una gran batalla contra pueblos invasores germánicos, los cimbrios, que juegan un gran papel en la novela y en la saga. Incluso, estando herido, se cuenta que cruzó el río Ródano a nado con la armadura. Todo aquello me llamó mucho la atención.
Posteriormente, conocí su carrera en Hispania, que también cuento en ese libro, donde fundó una república en paralelo, rebelde contra Roma. Esa historia es muy interesante, pero a mí lo que me llamó la atención fue toda su etapa de juventud, que narro en la saga. Lo relaciono a él como personaje principal con esta invasión de los pueblos germánicos, de la que se sabe poco porque se han perdido las fuentes, pero que, sin embargo, fue una amenaza para Roma tan terrible como la del propio Aníbal.
Sertorio me sirve como centro alrededor del cual contar esta historia.
Javier Negrete en su despacho. / Toni Gudiel
La historia de Sertorio, un personaje tan cautivador, ¿qué le dice al español de hoy?
Intento crear personajes interesantes para cualquier época. Me acuerdo del título de una película sobre Tomás Moro, que era Un hombre para la eternidad, o algo así. Siempre intento que el relato sea atemporal porque creo que, en el fondo, los lectores y los humanos tenemos una naturaleza que se mantiene a lo largo de los siglos. La vida de los romanos antiguos nos apela con más intensidad de lo que podemos creer.
Es decir, muchas veces no es necesario escribir una novela histórica desde un punto de vista anacrónico o presentista para hacerla más atractiva, sino que, si mostramos la vida de personajes antiguos como Sertorio y lo que le rodea, los lectores descubren que tienen mucho más en común con esas personas, con su manera de vivir, de amar, de odiar y de subsistir de lo que podríamos pensar.
En realidad, no creo que haya que hacer la típica comparación de que Julio César sería tal persona de ahora, por ejemplo. Creo que los lectores saben llegar a ello.
En la novela, el destino, la profecía y la superstición protagonizan el devenir de una época convulsa para Roma, que fue capaz de alcanzar lo mejor y lo peor para el presente y el futuro de la humanidad.
Es cierto. Ellos mismos conocían el concepto de superstición. Para ellos, una persona supersticiosa era la que se dejaba llevar demasiado por el miedo a los dioses. Creían en las señales, las profecías. Lo que nosotros llamamos sobrenatural, para ellos era parte de su naturaleza y de su vida cotidiana. Consideraban que estaban rodeados de lo numinoso, de dioses, divinidades, genios… Todos esos elementos los plasmo en la novela.
Salvo algún personaje que es más racionalista, como Artemidoro, aunque determinados acontecimientos provocan que su racionalismo se tambalee. Sin embargo, todo ello nos ha llegado menos. Lo que sí vemos son las huellas materiales porque los romanos, por un lado, a los dioses rogando, pero con el mazo dando, en el sentido de que eran gente práctica, constructora, grandes ingenieros y grandes constructores.

El escritor placentino Javier Negrete. / Toni Gudiel
Sus novelas se caracterizan por el rigor histórico. ¿Complica su escritura ser fiel a esos acontecimientos?
No la complica porque viene bien tener unos hitos, como si fueran esos miliarios que los romanos ponían en las calzadas, en los que agarrar la narrativa. Sirven un poco de mapa para que, como escritor, no me desoriente ni me pierda. Al escribir tienes una libertad absoluta y los acontecimientos históricos sirven para decidir el camino que tomar. Sin embargo, a mí lo que más me importa, más que los acontecimientos, es la ambientación.
Procuro ceñirme a lo propio de cada época, las costumbres, los modos de pensar, el estilo de las casas, de la ropa, lo que podía o no comer… Intento que sea lo más verosímil posible.
De hecho, suelo decir que intento que mis relatos no sean tanto veraces como verosímiles, que hay un pequeño matiz. Ahí es donde puedo tener más desafíos, a la hora de reconstruir esa época y las vivencias, porque se sabe menos de lo que se cree. A veces tenemos que extrapolar porque hay más datos de finales de la República, de la época de Julio César o de la Roma imperial. Hablamos de una diferencia de 150 o 200 años.
Todo ello es un desafío, pero también es apasionante, además de las lecturas que hago para documentarme, que ya de por sí son una delicia.
Ser licenciado en Filología Clásica e impartir clases de griego marca su obra.
Sí, porque, aparte de la bibliografía moderna que consulto, recurro directamente a las fuentes antiguas. Además, hoy, conociendo los idiomas, latín y griego, es más sencillo. Hay muchos recursos en internet, bibliotecas enteras a disposición de los lectores. Cada vez que quiero consultar, por ejemplo, a Plinio el Viejo en Historia natural, que es un caudal inagotable de detalles y anécdotas, son apasionantes y acabo volcándolas en los libros.
¿Este género novelístico puede acercar al lector a la historia?
Tal vez. Hay novelas que son casi crónicas históricas; otras que utilizan la historia como ambientación en una trama. Hay un poco de todo, pero desde luego yo creo que sirven para despertar el interés por la historia, que al lector le pique la curiosidad y acuda a los clásicos o a libros de historia que traten la época. Siempre es útil.
Los personajes que acompañan a Sertorio en esta historia coral son memorables. ¿Cómo los aborda?
Intento verlos. Me proyecto una película constante en mi cabeza, una película que va creciendo conforme desarrollo la novela. Necesito verlos y oírlos; les pongo cara y les dejo sueltos. Así, cuando hablan entre ellos y dicen algo que no cuadra con su personalidad, me chirría y lo cambio. Es cierto que hay que conseguir que los personajes sean distintos, que los lectores los reconozcan fácilmente y no se pierdan, pero no siempre se consigue.
¿Cómo consigue no quebrar el ritmo narrativo de una historia tan compleja, con tantos personajes, tantos acontecimientos y con un léxico tan preciso, y enganchar a los lectores?
Enganchar al lector es lo que pretendo y ellos son los que deben decirme si lo consigo. Como primer lector, trato de engancharme a mí mismo. Para ello, procuro que cada escena sea importante en sí, que sea una pequeña narración, con un clímax y un desenlace. Leí que Clint Eastwood decía que, cuando rueda una película, piensa que cada escena, en cada momento, es la más importante y solo se centra en eso. Yo hago lo mismo. Cuando escribo un capítulo, una escena, me olvido de todo lo demás y me centro solo en ello. Posteriormente, parecido a un montaje cinematográfico, se ensamblan las escenas para que se alternen momentos de ritmos vivos con los pausados, de modo que la lectura sea equilibrada y fluida para los lectores.
¿Sertorio. El elegido de la diosa blanca es una continuación de Los idus de enero? ¿Se pueden leer por separado? ¿Cómo continuará la saga?
Se pueden leer por separado porque he cuidado que Sertorio. El elegido de la diosa blanca contenga referencias a Los idus. Cada personaje recuerda cosas que ocurrieron en Los idus de enero porque para ellos son acontecimientos muy inmediatos. No solo lo hago para ayudar al lector que se embarque desde cero, sino incluso para los lectores que ya leyeron Los idus y que se hayan olvidado. Tenemos tantos estímulos en la cabeza que, muchas veces, los personajes y los argumentos se confunden. Necesitamos un poco de ayuda del escritor y yo intento hacerlo.
Sertorio y Los idus forman parte de una saga. Ya trabajo en el tercero, que no será el último, porque mi intención es escribir un cuarto. Muchas veces me dejo llevar por el entusiasmo de las historias y creo que remataré con el cuarto. Además, si más adelante quisiera seguir con el personaje de Sertorio, ya sería otro ciclo.
Es un autor muy prolífico, que ha cultivado géneros narrativos muy dispares: ciencia ficción, novela juvenil, fantasía épica, histórica, ensayo… ¿En cuál se siente más cómodo y cómo decide enfocar sus proyectos por un género u otro?
La novela, en general. Me gusta escribir novela histórica. Es más divertido y pones más de ti mismo, de tu personalidad, en la novela. No obstante, tanto la novela fantástica como la histórica son un poco lo mismo porque en la histórica utilizo elementos fantásticos o sobrenaturales; y, en la fantástica, intento hacerla verosímil, contar una historia de un mundo que no existe, pero con el mismo rigor. Ambos terrenos me gustan y me siento bien en ellos.
Tal vez, su primer contacto con el lector ha sido en la Feria del Libro de Cáceres. ¿Qué ha percibido?
Mi primer contacto con los lectores fue hace unos días en Granada, pero en Cáceres, en la Feria del Libro, noté el interés y la curiosidad de los lectores, aunque el libro lleva poco tiempo en las librerías. Han aprovechado para comprarlo y que se lo firme. De momento, lo que más percibo es la curiosidad. Las interacciones me llegarán en las próximas semanas.
¿Está de moda Roma como tema para novelas? Autores como Andrea Frediani, Santiago Posteguillo o la misma Mary Beard…
Roma nunca ha dejado de estar de moda. Creo que me dedico a eso y estudié Filología Clásica debido a las películas, los libros de romanos que vi y leí, y los cómics de Astérix, que despertaban un enorme interés en mí.
Quizás lo que ocurre es que, en los últimos tiempos, todo se ha multiplicado. En ese mundo actual, todo se sobredimensiona. Hay más novelas históricas que nunca, más novela negra, y el interés por Roma también se acrecienta. Y es curioso, porque el mundo clásico, el latín, el griego, cada vez tienen menos presencia en la educación, pero entre los ciudadanos, entre los lectores, la curiosidad sobre Roma se despierta. Al fin y al cabo, somos nosotros, nuestra semilla.
En fin, la curiosidad no deja de crecer y se escriben muchos libros, tanto de ficción como divulgativos o tratados académicos. A mí me parece maravilloso.
¿Qué implica ser un escritor afincado en una ciudad pequeña y alejado de los grandes centros editoriales como Madrid y Barcelona?
Es posible que, en cuanto a la exposición mediática, un escritor como yo, que vive en Plasencia y que va a seguir viviendo en Plasencia, mi ciudad, esté un poco más alejado. Eso puede hacer que se pierdan algunos contactos y oportunidades.
Por otra parte, la vida en un lugar como Plasencia es mucho más tranquila. Uno está más cerca de la naturaleza, y esa tranquilidad y ese sosiego ayudan a la creación literaria. Por tanto, hay ventajas e inconvenientes.
Yo, personalmente, creo que lo mejor que puede hacer un escritor es escribir. Luego también hay que saber moverse y promocionarse, pero primero hay que pasar mucho tiempo a solas, meditando y trabajando. Y eso, un lugar como Plasencia me lo da realmente mejor que mi ciudad de origen, que es Madrid.












