Regresó Donald Trump a Beijing con enos cartas que en 2017, pero recibido igualmente con banderas y cánticos a pie del Air Force One, en la plaza de Tiananmén, en el Gran Salón del Pueblo, en el Templo del Cielo, y hasta en el complejo palaciego de Zhongnanhai. Llegó a China con la necesidad de lograr noticias ventajosas que poder vender a los suyos, basadas en una mayor presencia de las empresas estadounidenses en el gigante comunista; especialmente del ámbito de la aviación, la automoción, los productos agroalimentarios, la IA, las tierras raras, etc. Por eso fue acompañado de directivos incluso de las mayores empresas tecnológicas, algunos de los cuales son viejos amigos del Gran Dragón, como el propio Elon Musk.
Y es que, desde la tregua comercial pactada con Xi Jinping, el neoyorquino no ha sido capaz de confeccionar una red de producción propia de tierras raras para suplir el poderío chino en minerales críticos. Al tiempo, Xi disfrutó estos últimos tiempos del levantamiento de aranceles pretendidos por EE.UU. sobre los semiconductores chinos. Aunque no olvidemos que el 90% de los más avanzados proceden de Taiwán; de ahí que la bella y robusta República de China se haya convertido en una valiosa moneda de cambio entre Trump y Xi. Washington aceptó frenar la ayuda armamentística prometida a Taipéi. Como compensación, Beijing tampoco ha seguido aprovisionando militarmente a Teherán con tanta efusividad. Y es que, si el estrecho de Ormuz es vital para medio mundo, el estrecho de Taiwán no lo es menos.
Otra cuestión fue el devenir de las guerras en Ucrania e Irán. China mantiene un perfil convenenciero y pretendidamente mediador. Por eso Trump no lo tiene fácil. Frente a Moscú, China se ha mostrado siempre cauta; pues el flujo de petróleo ruso que le llega ahora lo hace de manera más abundante, y a un precio más asequible. Con Irán pasa algo parecido. China ya ha dicho que no acata las restricciones al país persa, e incluso ha recibido al ministro de Exteriores iraní. Además, los suministros energéticos de los ayatolás a la República Popular son cada vez menos esenciales debido a la brutal apuesta de Beijing por la transición energética y las renovables; un sector que Xi potencia para alcanzar la “plena independencia”.
A nivel comercial e inversor, Beijing le va tomando la delantera a Washington, mostrándose “estable y predecible”. Y es que, mientras Trump recela de sus socios europeos por su falta de apoyo contra el régimen iraní, trata de debilitar la OTAN, y desquicia el comercio internacional con aranceles; Xi fortalece su diplomacia comercial, lidera los BRICS, afianza sus negocios en India y Canadá, y extiende sus tentáculos como socio (no como aliado) por Europa. El mundo al revés, podría decir alguno. Y tendría razón. La impredecibilidad y la fluctuante diplomacia de Trump, junto a la candidez de muchos Gobiernos hacia la interesada actitud de Xi, así lo han propiciado.
Por eso estoy seguro de que Trump le habrá preguntado a Xi cómo es posible que su proteccionismo aislacionista, capitalista y liberal, sea más criticado que el imperialismo comercial voraz del gigante asiático. Quizá le haya preguntado también por qué son más impopulares sus exabruptos y amenazas a esos periodistas a los que el neoyorquino siempre atiende, que la censura china que controla el 95% de los medios y mantiene encarcelados a cientos de periodistas y presos políticos. En definitiva, cómo es posible que Trump sea visto como un líder temerario, mientras Xi es alabado como un mandatario ejemplar. Efectivamente, desinformación, propaganda, y el mundo al revés.













