Anna Wintour (76) es más inteligente que cualquiera de nosotros. Sobre todo, está dispuesta a llegar más lejos que los presentes, para que prevalezca el poder que la ha mantenido casi cuarenta años al timón de la edición americana de la revista Vogue. Con el atrevimiento de haber sido la primera directora que puso unos pantalones vaqueros en la portada. Si no aceptan ustedes la posición subordinada frente a la mujer que mira detrás de unas gafas de sol de Chanel, jamás entenderán el influjo del personaje.
Wintour también es un fenómeno típicamente estadounidense, tal vez porque nació en el seno de una aristocrática familia londinense. Cuando España intenta fabricar una tejedora de contactos en la estela de la madrina de Alexander McQueen o de John Galliano, le sale una Begoña Gómez trapicheando con actores secundarios.
Comparen el patrocinio de los rectores complutenses obtenido por la segunda dama española con haberse labrado el mecenazgo de Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos (doscientos mil millones de euros de fortuna personal), para la Met Gala celebrada este mes en Nueva York. Es decir, la apoteosis del mal vestir, pero a precios estratosféricos.
Nuclear Wintour es el apodo que juega con el temperamento explosivo y el carácter gélido, que no cool, de la mujer más influyente de la historia de la moda, con la Suzy Menkes que elevó a Miguel Adrover a la portada del New York Times en una distante segunda posición.
Llamar periodista a Wintour equivale a llamar payaso a Zelenski, una adjudicación irreprochable biográficamente, pero desenfocada. Tampoco conviene circunscribirla a la vacuidad de Vogue porque, en cuanto amasó el poder suficiente en Condé Nast, se convirtió en la directora artística y de contenidos de todas las cabeceras de la aristocrática escudería. Maneja los hilos de la estirpe de The New Yorker, Vanity Fair, Wired, Architectural Digest o GQ.
Nadie controla por tanto más textos periodísticos de calidad que Wintour. Y sin embargo, no se la mide por sus palabras, sino por su poder de intimidación. No es próxima, es imperativa. Su preponderancia casi eterna hubiera fascinado a Baudrillard, la directora de orquesta que impone el simulacro de la moda desde la estética de la desaparición, con los ojos a oscuras.
Baudrillard resumía de hecho la labor de Wintour al frente de Vogue, al recordar que «antes de ser consumido, un objeto debe transformarse en un signo». Nuestra protagonista de hoy no está buscando el bolso o vestido que te conviene, está valorando si los mereces. No ha creado moda para las masas, sino masas para la moda. Ha anulado la vulgaridad por decreto, solo Trump la supera en presencia silente al colocarse en efigie en los pasaportes y firmar los billetes estadounidenses.
De ahí que Wintour no ocupe la posición central de la primera fila de la presentación de una colección a modo de espectadora privilegiada, sino como Tadeusz Kantor paseándose por el escenario de sus montajes teatrales mientras se desarrolla la función. La mujer de Vogue no se instala en su trono junto a la pasarela para juzgar el menú ofrecido por los diseñadores, sino para certificar que ni uno solo de los modelos podría ser exhibido sin su asentimiento.
La mayoría de vicios asignados a Wintour se trocarían en virtudes, en un depredador masculino con su misma saña. Sin embargo, el odio presentado con elegancia también puede ser rentable, y la principal prescriptora del planeta engrosa la iconografía popular como la Miranda Priestley de El diablo viste de Prada.
El libro que originó la película y su secuela fue escrito por una asistenta personal de Wintour, víctima de las manías de la implacable Cruella de Vuitton. Sin embargo, el público se desentiende de los padecimientos de las subordinadas, para quedar absorbido por el vórtice caprichoso de la impetuosa directora.
Wintour ha desmentido protocolariamente su identificación con Miranda Priestley. El influjo de la tiránica directora se ha sobrepuesto incluso a la interpretación rutinaria de Meryl Streep, que se entrega a maquillaje y vestuario para labrar un papel indistinguible de su Margaret Thatcher o de su Katharine Graham.
No existe la mínima diferencia entre lo que podemos saber de Wintour y lo que esta diva silenciosa pretende que se ignore. Identifica el control con el poder, y lo traslada a escenas tan nimias como una comida de trabajo. Siempre ordena un bistec poco hecho, tal vez porque Anthony Bourdain señalaba que era la única manera decente de comer carne. Y en cuanto Mrs. Vogue da el último bocado de su espartano almuerzo, pide la cuenta con absoluta indiferencia hacia el resto de comensales, hacia el planeta entero.















