Dermatología ha sido, un año más, la estrella de las especialidades clínicas escogidas por los jóvenes médicos (y las jóvenes médicas, puto genérico con discapacidad). Las 140 plazas disponibles volaron en cuestión de minutos. Pierden prestigio, pues, cardiología, neurocirugía o cirugía cardiovascular, especialidades heroicas, asociadas al dramatismo hospitalario, a la urgencia, a la vida y a la muerte. Dermatología parecía una rama menor: granos, eccemas, lunares, manchas. La piel como periferia (aunque hay quien dice que nada es tan profundo). Algo ha cambiado, en fin. Lo primero es lo práctico: dermatología ofrece una combinación extraordinaria de calidad de vida, buenos horarios, menos guardias y altas posibilidades de trabajo privado. Un dermatólogo puede ganar mucho dinero sin la destrucción física y mental asociada a otras especialidades, a la medicina de familia, por ejemplo.
Pero no es solo eso. Vivimos en la época de la piel, que ha dejado de ser una envoltura para convertirse en una biografía visible. Nunca se ha mirado tanto la superficie del cuerpo: manchas, arrugas, acné, marcas, envejecimiento, luminosidad. Instagram, TikTok, los filtros, la medicina estética… Todo eso ha convertido la dermatología en una especialidad situada justo en el cruce entre medicina, estética, psicología y mercado. Antes, el órgano “noble” era quizá el corazón. Hoy lo es la cara, con frecuencia, la caradura. Además, la dermatología tiene algo intelectualmente seductor: mezcla la observación clínica clásica con la tecnología avanzada y con procedimientos quirúrgicos relativamente limpios y controlables. Permite ejercer una medicina sofisticada sin quedar atrapado en las guardias interminables o en la presión brutal de una UCI.
Mientras tanto, especialidades esenciales como Medicina de Familia siguen teniendo enormes dificultades para atraer candidatos, pese a concentrar miles de plazas. Y eso dice mucho del sistema sanitario, pero también de una generación de médicos que ha visto trabajar a sus mayores en condiciones agotadoras y que ya no idealiza el sacrificio permanente. La especialidad favorita de los facultativos de una época revela aquello que la sociedad teme o desea. Quizá nuestra época, más que curar el interior, esté obsesionada con administrar la superficie.













