‘Carrafe d’eau’, que traducido literalmente al castellano significa ‘jarra de agua’, es una expresión de uso común en los restaurantes franceses. Da igual la categoría, el precio o la atención prestada. Nadie se extraña en Francia si el comensal, al margen de que adorne el ágape con otras bebidas, contengan o no alcohol, solicita el agua, sea de garrafa, del grifo o la sirvan filtrada para acompañar la comida. Ni se sabe, ni se pregunta la procedencia del líquido. Pero no la cobran. Ni se lo plantean. En otros lugares, sobre todo si miramos al sur de los Pirineos, no acaban de entender estas cosas.
El Tour, que ya ha empezado a recorrer el hexágono, como denominan aquí al trazado geográfico, sirve para descubrir las costumbres de un país, del que, en algunas cosas, no en todas, por supuesto, habría que aprender un poco. Tal vez, el hecho de que sirvan el agua de forma gratuita en los restaurantes no sea más que una anécdota, pero en España todavía cuesta mucho que algunos propietarios de centros culinarios se lo metan en la cabeza y no sorprendan al comensal cuando recibe la factura y comprueba que le han caído unos euros extras por beber un agua, en ocasiones filtrada, que creía que había obtenido de forma gratuita.
A veces, desbordados
No es la intención de este cronista resaltar a los restaurantes franceses mucho más de lo que se merecen. Los precios suelen ser más altos que los que fijan los españoles, aunque poco a poco se van acercando, y suelen desbordarse mucho más que sus competidores al otro lado de la frontera cuando se masifica el local, sobre todo en las noches en las que decenas de personas acuden al establecimiento tras un día de disfrute o de trabajo gracias a la etapa del Tour.
Pero, con el tema del agua, se ganan un punto. Ya se lo cobrarán después con el vino, la cerveza o el refresco de turno. Y, ni mucho menos, regalan la comida. Evidentemente, si se solicitan burbujas o se apuesta por alguna de las famosas marcas de agua, el líquido quedará reflejado en la factura.
Siguiendo los pedales del Tour
Francia se mueve en julio a través de los pedales del Tour. Hace 35 años, cuando este cronista se desplazó a seguir la primera ronda francesa, recompensada con el primer triunfo de Miguel Induráin, el país se ponía el pijama y bajaba las persianas mucho antes de las 9 de la noche. Les daba lo mismo si llegaba el Tour, una procesión o un mitin político, ellos cerraban los establecimientos, los pueblos parecían fantasmas por lo que siempre convenía pernoctar en una ciudad donde al menos, como si fuese una salvación, aparecía una lucecita en algún restaurante que se apiadaba del alma hambrienta del comensal que llamaba a la puerta.
Los tiempos han cambiado: los restaurantes preparan menús con platos dedicados o bautizados en honor a alguna vieja estrella del Tour, se han ampliado los horarios y cada año se aprecia a un mayor número de turistas, llegados desde cualquier país, Estados Unidos incluido, que hacen coincidir sus vacaciones con el paso de la carrera. Por eso, las persianas de los restaurantes permanecen abiertas hasta una hora prudencial tanto en las pequeñas localidades como en las medianas ciudades.
Hoteles y espionaje
Los hoteleros, también, para lo bueno y para lo malo, descubren que llenarán igual las habitaciones si suben los precios el día de la visita del Tour. Algunos lo hacen con cierta moderación. Otros, en cambio y por desgracia, sin escrúpulos. Por ello, si se tiene la intención de visitar el Tour conviene hacer la reserva en octubre del año anterior, días antes de que se presente oficialmente la prueba y de que muchos establecimientos se enteren del paso de la carrera por su localidad. El espionaje se puede realizar de forma ágil a través de las páginas web de los diarios regionales franceses.
Pero, que todo el mundo esté tranquilo, al margen de los hoteles, la gasolina, los peajes, que no hay intención de aniquilarlos, por lo menos el agua se servirá en la mesa de forma gratuita… no como en otras partes.
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