El evangelio de hoy vuelve nuestra mirada sobre una imagen utilizada en diversos momentos en la biblia: es la imagen del Pueblo de Dios como una «viña». Los textos nos narran, como en varios actos, el drama de esta viña, una historia entretejida de amor y traición, de esperanza y desencanto, de ternura y misericordia, de violencia y ambición. Es nuestra propia historia.
En la lectura del profeta Isaías queda bien claro que la «viña» es pertenencia divina. Además, Dios se encarga de preparar perfectamente el terreno de cultivo, de disponer todo para plantar los mejores sarmientos, prometedores de óptimas cepas, para conseguir los mejores frutos.
En la parábola de Jesús san Mateo utiliza cinco verbos para mostrar la solicitud paciente y amorosa de Dios por su viña, por su creación y sus criaturas: plantó, rodeó, cavó, construyó, arrendó. ¿Qué más pude hacer por mi viña? Dios no abandona la obra de sus manos. «A pesar del» rechazo continúa amando a su viña y envía a otros mensajeros; «a pesar de» la oposición a sus planes se hace presente por medio de los profetas; «a pesar de» rechazar la misión del Hijo, el Padre continúa manifestando su misericordia.
Eso sí, quitará el reino de Dios a los ambiciosos, corruptos e injustos (sumos sacerdotes y senadores), y lo pondrá en las manos de quienes se comprometan a asumir en la vida su proyecto salvífico. Al trabajo en este campo todos recibimos una llamada de colaboración, que debe realizarse con docilidad al plan del «viñador».
Esta parábola es también para nosotros un aviso a la actitud posesiva. Los viñadores olvidan las señas de su propia identidad: son arrendatarios, no dueños de la viña. Todos tenemos responsabilidades: unos a un nivel modesto, otros a un nivel más alto. Mas para todos es decisiva la actitud que asumamos respecto a tales responsabilidades.
La tentación que nos acecha es siempre la misma: adoptar una actitud posesiva, diciendo: «Dios me ha dado unos dones, soy su propietario, hago con ellos lo que quiero. He recibido un puesto de autoridad, me aprovecho de él en mi propio interés». La actitud posesiva está en la base de muchísimos pecados y de muchísimas injusticias. Con ella querríamos alcanzar la felicidad, pero, en realidad, no es eso lo que sucede.
En efecto, la verdadera felicidad solo se encuentra en una vida de amor y de servicio a los demás. Todos los dones, todos los talentos que Dios nos ha dado y nos da son instrumentos para poder amar y servir al prójimo. Si lo usamos de una manera egoísta para buscar nuestro interés, nos pareceremos a los labradores rebeldes de la parábola.
Los seguidores de Cristo estamos llamados a ser «sacramento» de la solicitud amorosa del Padre; convocados a proclamar la dignidad de las criaturas sin suplantar al creador; receptores de una novedad que ilumina los senderos de la humanidad. La Iglesia debe ser profecía encarnada del proyecto de Dios.












