Ignacio García-Arango Cienfuegos-Jovellanos y Avelino Acero Díaz son presidente y vicepresidente de la Fundación Foro Jovellanos del Principado de Asturias
Leemos en LA NUEVA ESPAÑA una noticia, aparentemente nimia, pero en realidad esencial y decisiva. En ella se dice que el Principado propone que los parques de baterías de Asturias deberán estar a un mínimo de 50 metros de una vivienda y se añade que las instalaciones tendrán que respetar un espacio de 200 metros con respecto a los paisajes y patrimonios naturales. Así lo ha establecido la CUOTA, que el día 3 aprobó inicialmente las directrices sectoriales para las instalaciones de almacenamiento de energía en baterías:
De su contenido no se deduce por qué se han puesto esos límites, ni la causa de esta otra parte esencial de la noticia que dice:
«Asimismo, la CUOTA prorroga un año (esto es, hasta septiembre de 2027) la suspensión de nuevos proyectos que ya acordó en 2025».
Se añade que, tras la información pública y la evaluación ambiental, las directrices se aprobarán por decreto del Consejo de Gobierno.
Nos imaginamos que lo dicho será la conclusión de un análisis riguroso, después de considerados todos los factores contradictorios implicados, así como, del estudio de todos los costes y de todos los beneficios, y de todas las consecuencias para alcanzar finalmente la conclusión desde la consciencia de su trascendencia para el futuro de Asturias, pues lo contrario sería de una frivolidad inadmisible en un país civilizado. Hay que confiar en que alguien nos lo aclare.
De la lectura se deduce también que, teóricamente, será posible instalar parques de baterías en Asturias, pero que para que ello sea realidad deberán asumir sus promotores un proceso que puede ser indefinido, con un final incierto, y una duración infinita. En consecuencia, estos condicionantes serán analizados por los posibles inversores, que abordarán las actividades en función de su seguridad y rentabilidad, en las que influirá la fiabilidad jurídica y el tiempo de resolución, pues en los costes incide tanto el valor del tiempo perdido como el interés del dinero invertido, así como la eventual pérdida de lo gastado en la preparación del negocio. En función de ello, y dadas las imposiciones, probablemente decidan no abordar inversiones inciertas, inseguras y con un porvenir cambiante en función de los criterios, cambiantes con la coyuntura política, que en cada momento los decisores adopten para satisfacer los intereses de los grupos que apoyan al Gobierno del Principado.
Ello hará probable que muchos empresarios vengan, miren y después, tal como ya va siendo habitual, se marchen. Eso puede ser útil políticamente para quienes gobiernan al mantener viva la ilusión de algunos ciudadanos y, en consecuencia, sus votos, pero no contribuirá ni un ápice la capacidad energética de una Asturias que tiene unas posibilidades naturales para determinadas energías renovables sobre todo la eólica, pero que no cristalizarán si no se permite el uso de las herramientas necesarias para ello. Y esas herramientas son los aerogeneradores, las líneas de conexión de ellos con la red, los parques de baterías, así como las líneas de transporte y de distribución de energía, etc. Todos tienen contrapartidas que suponen inconvenientes, para bienes naturales, propiedades de algunos o intereses de otros. Contrapartidas que nuestra sociedad no está dispuesta a asumir porque se le ha convencido de que somos la Jauja rediviva donde todo es gratis, cuando en realidad nada lo es: por eso hay que mirar la realidad y decidir, pues no lo es practicar el oxímoron permanente del sí pero no. En este caso nuestro Gobierno no se atreve a decir de frente que se opone a la energía verde, cuyos instrumentos de implantación rebasan líneas rojas para los intereses de parte del mismo, por eso, después de los relatos se ponen condiciones imposibles de cumplir, tales como estas.
Como la conclusión del engaño es el no, tendremos que pensar en un porvenir sin fuentes de energía, lo que condicionará nuestra futura industria, que debe dar un giro desde ser la de una región exportadora de energía a la de otra fuertemente deficitaria, en la que ya no habrá abundancia y baratez, tal como la que teníamos con las centrales térmicas, demolidas a consecuencia de habernos sumergido precipitadamente en los nuevos paradigmas sin antes haber construido las fuentes alternativas de suministro, que ahora se están demostrando inviables de implantar por falta de previsión, valentía y entereza.
Por otra parte, tampoco será fácil tener energía importada, pues para conseguirla se necesitan infraestructuras (con frecuencia se habla del anillo eléctrico) que están inmersas en la misma problemática y atadas por los mismos impedimentos.
Si sumamos y restamos conoceremos si podemos sostenernos económicamente sin la riqueza que produce la industria y tras olvidar los sectores emergentes que requieren mucha energía (nos referimos por ejemplo a los tan anunciados últimamente grandes campus tecnológicos dedicados a la inteligencia artificial y a la gestión de datos) y también para conocer si el turismo y los servicios que podamos generar llegarán a lo necesario para permitirnos sobrevivir. Como el resultado será negativo, hay que decir a los ciudadanos que desaparecerán los beneficios de la industria por lo que habrá que vivir sin ellos. Dado que el truco de seguir siendo una región de mantenidos ya no es realista ni viable, a nuestras élites solo les quedará extraer mientras el pueblo siga creyendo que el cántaro (ya roto) sigue vivo; y a este último, nada.
Después, tal como en otras tristes épocas, se producirá la emigración de los mejores, que buscarán su vida allí donde puedan ver amanecer un mañana. De vez en cuando vendrán a ver el paisaje y sacarán si les conviene el carnet de ciudadanos asturianos residentes en el exterior.
Todo lo anterior no es una distopía nuestra, lo cantan los números, pues todas las clasificaciones muestran unos datos que son un desincentivo tanto para los emprendedores como para los jóvenes que quieren trabajo para vivir en una Asturias abierta. Y un éxito para los que viven de extraer riqueza o de los subsidios, dentro de un sistema cerrado, en el que ninguna incomodidad debe alterar el dulce vaguear dentro de la añorada aldea perdida.
Resumimos al decir que estamos capeando una sucesión de galernas de desatinos, nacidos de nuestra hipocresía, que nos están matando porque estamos masacrando el principio más antiguo de la gestión, que dice que primero es necesario marcar un rumbo y después que alguien mande para llegar al destino.
Ello no es totalitarismo, pues es compatible con el liberalismo y, también, dado que nuestro Gobierno dice serlo, con el socialismo, que, para cualquiera que conozca la historia, es una evolución del liberalismo, es decir de la racionalidad, de la solidaridad y de la entereza. Pero ponerlo en práctica exige no hacer lo más popular y lo más fácil para nosotros, sino, siempre, lo mejor para todos.
En nuestra opinión es deber de todos los que somos conscientes el decirles a nuestros compatriotas que los que no luchan por su vida desaparecen, aunque lo hagan felices, anestesiados por sus dirigentes con ayudas, diversiones y el ocultarles a lo que están emplazados. En términos vulgares, camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Por ello, los que hemos sido educados tenemos la obligación de devolverle a la sociedad el favor y servirla en los momentos decisivos. Pongamos en ello valentía, ilusión, inteligencia y empuje.
Terminamos al decir que lo más necesario es eliminar normas y trámites inútiles y atrabiliarios, así como convertir a los empleados públicos de frenos de mano en aceleradores conscientes.
Despierta, Asturias, y recuerda que las pocas leyes que necesita un país son para posibilitar que las cosas se hagan bien y rápido, y no mal, tarde y a ser posible nunca.
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