Cuando África tenía tres años, todavía no hablaba. Sus padres habían empezado a preocuparse porque tardaba más que otros niños en articular palabras y llegaron a consultar al pediatra. Sin embargo, un día, para sorpresa de todos, aquella niña que apenas abría la boca comenzó a hablar perfectamente. Semanas después, como si de un milagro se tratara, aprendió a leer.
«Estábamos en un supermercado y África me dijo que sabía lo que ponía en un cartel. Le pregunté cómo podía ser y me dijo que sabía juntar las letras«, recuerda Eva, su madre, en una entrevista con EL ESPAÑOL. La familia compró entonces un libro y, de camino a casa, África se lo leyó entero. «En cuestión de un mes pasó de no decir ni una palabra, a hablar y leer perfectamente«.
A los cuatro años volvió a sorprenderles. Vio el escaparate de una escuela de música y dijo que quería tocar el piano. Le hicieron una prueba y comenzó las clases como si ya tuviera experiencia, a pesar de lo pequeña que era. En la tercera sesión, su profesor recomendó a sus padres que valorasen la posibilidad de que tuviera altas capacidades.
No fue hasta los siete años cuando una prueba confirmó aquella sospecha. África obtuvo un cociente intelectual de 150 en un test que le hicieron en el colegio. «Es una niña a la que todo se le da bien. No destaca solamente en un tema concreto, sino que controla todos«, explica Eva.
Hoy, aquella niña que aprendió a hablar y a leer casi de golpe tiene 16 años y está a punto de empezar la universidad. En septiembre estudiará Química en la Universitat Jaume I de Castellón. Su objetivo, sin embargo, está más allá de las aulas: quiere dedicarse a la investigación y trabajar en el ámbito de la salud. «Me gustaría encontrar la cura contra el cáncer«, asegura África a este diario.

África, durante una actividad escolar cuando era niña.
Sin embargo, el camino hasta la universidad no ha sido únicamente una sucesión de buenas notas. Con seis años comenzó a portarse mal en clase. No porque no entendiera las materias, sino porque las aprendía demasiado rápido.
«En clase se aprende por repetición, y lo que nos pasa a los niños con altas capacidades es que esta repetición nos parece excesiva. Con repetirlo dos veces ya lo aprendemos. Y como te aburres, desconectas«, explica la joven.
Aquella desconexión terminó afectando incluso a sus calificaciones. «Mis notas bajaron. No quería atender a cosas que ya sabía. Me frustraba y dejaba de atender».
Adelantarla dos años de curso
La solución llegó en cuarto de Primaria. El centro permitió a África hacer una flexibilización ―una medida que permite que un alumno con altas capacidades pase a un curso superior― y pudiera cursar algunas asignaturas con alumnos de sexto. El caso se trasladó a la Consejería de Educación y finalmente se aprobó el adelanto.
«Fue una decisión consensuada con los profesores. Queríamos ver si ella se adaptaba bien o si iba a ser algo traumático«, cuenta Eva. No lo fue. «Por suerte, África siempre ha sido una niña que se ha relacionado muy bien con los demás. Vimos que la adaptación fue perfecta y se hizo el salto total de curso«.
La situación volvería a repetirse años después. En segundo de la ESO le propusieron adelantarla nuevamente, pero esta vez fue ella quien dijo que no. «Estaba muy a gusto con mi grupo de amigos y no quise», recuerda África.
En tercero, sin embargo, volvió a sentir que necesitaba más. Su rendimiento académico descendió y reapareció la desmotivación. «Noté que necesitaba más y fui a hablar con la orientadora para decirle que me estaba desmotivando. Le pedí subir otro curso«.
Esta vez la decisión generó más dudas. Algunos profesores temían que estar con alumnos dos años mayores pudiera dificultar su adaptación social. El claustro llegó a votar en contra de la flexibilización.
Pero sus padres insistieron. «Nosotros veíamos que África no avanzaba y nos reunimos con el profesorado para explicarles que ya había hecho una flexibilización anteriormente y cuál había sido su experiencia positiva», relata Eva.
En ese proceso, la familia se encontró con que muchos docentes no tenían formación suficiente sobre las altas capacidades. «No conocían bien lo que implica tener un alumno con altas capacidades. Falta mucha formación«, sostiene la madre.
Finalmente, el centro cambió de opinión y la Consejería dio el visto bueno. África saltó de curso y pasó a primero de Bachillerato cuando, por edad, debería estar cursando tercero de la ESO.
Terminó el colegio con un Premio Extraordinario y obtuvo un 12,7 en la PAU.

África participó en una Olimpiada Matemática de la Comunidad Valenciana.
Presión y expectativas
Detrás de esos resultados existe, sin embargo, una presión que África conoce bien: la expectativa de que una persona con altas capacidades tenga que ser siempre brillante.
«Creo que sí hay una presión social que viene con la etiqueta de tener altas capacidades», reconoce. Durante su segunda flexibilización llegó a tener miedo de que sus notas bajaran y alguien considerara que no merecía estar dos cursos por delante. «No quería decepcionar», dice.
Su madre considera que esa idea nace de uno de los principales estigmas asociados a las altas capacidades. «Un niño con altas capacidades aprende de forma diferente, mucho más rápido, y tiene otras formas de llegar a los resultados. Pero la gente piensa que un niño con altas capacidades nace con los conocimientos dentro».
Eva recuerda una pregunta que su hija ha escuchado en alguna ocasión: «Tú que tienes altas capacidades, ¿esto no lo sabes?». La respuesta es sencilla: «¿Cómo lo voy a saber si no me lo han enseñado?».
África también ha tenido que aprender a convivir con su propia exigencia. «Uno de los mayores retos que he tenido durante mi proceso ha sido mi autoexigencia. No me conformo, siempre voy a por el máximo», comenta.
Su perfeccionismo llegó en ocasiones al extremo. «Hacía ejercicios y podía hacerlo todo perfecto, pero como en la última línea me equivocara, arrancaba la hoja y volvía a hacerla entera», explica.
Con el Bachillerato tuvo que aprender a gestionar esa frustración. «Cuando llegas a un nivel más alto, y es más fácil equivocarte, ya he tenido que aprender a manejar mejor la frustración«, reconoce.
«Me interesaban más las conversaciones de los adultos».
Otro de los tópicos que África quiere desmontar es que las personas con altas capacidades tienen necesariamente dificultades para relacionarse. Ella asegura que siempre ha sido una persona abierta y que tiene amigos de distintos ámbitos, aunque durante su infancia sí notó que sus intereses no siempre coincidían con los de otros niños.
«Yo veía que mis amigos tenían unos intereses que no me interesaban, y me interesaban más temas de adultos«. En las comidas con amigos de sus padres y sus hijos, recuerda, era habitual que acabara participando en las conversaciones de los mayores.
Las flexibilizaciones académicas también le permitieron relacionarse con estudiantes de más edad. «Al haber subido de nivel y relacionarme con otros chicos mayores, sí que vi que podía hablar con ellos de temas más maduros», señala.
Para Eva, además, las actividades extraescolares fueron fundamentales para que su hija desarrollara sus habilidades sociales. África practicó gimnasia rítmica durante toda su infancia y continúa estudiando música en el conservatorio.

Para Eva, además, las actividades extraescolares fueron fundamentales para que su hija desarrollara sus habilidades sociales.
«Mi manera de relacionarme y ser tan abierta ha sido gracias, en parte, a estas actividades», explica. «Si no hubiera hecho tantas actividades durante toda mi infancia, a lo mejor hubiera sido un perfil de altas capacidades más retraído, menos sociable, el más común», apunta.
La gimnasia también le enseñó a trabajar en equipo. «Los niños con altas capacidades somos muy individualistas, y soy muy perfeccionista y hago las cosas a mi manera. Pero la gimnasia me ha ayudado a trabajar en equipo».

África practicó gimnasia rítmica durante toda su infancia y continúa estudiando música en el conservatorio.
África también habla de otra característica que considera ligada a las altas capacidades: la empatía. Durante el estallido de la guerra de Ucrania, cuando tenía solo 12 años, llegó a sufrir tanto viendo las noticias que su familia decidió dejar de exponerse a ellas.
«Los niños con altas capacidades somos muy empáticos y tenemos un sentido de la justicia muy fuerte«, explica. «Hubo una época en la que veía las noticias y me daba mucha pena e impotencia no poder hacer nada por lo que pasaba en el mundo. Me ponía a llorar».
A sus 16 años sigue sintiendo esa intensidad. «Me sigue pasando. Me enfado mucho cuando veo las noticias y las injusticias». Una muestra más de su madurez y su capacidad.
Camino hacia la investigación
Ahora África mira a septiembre. Dejará atrás su instituto de Almenara, en Castellón, para comenzar Química en la Universitat Jaume I. Aunque no era exactamente la carrera que había imaginado.
Su primera opción era Biomedicina, pero la universidad pública no la ofrecía cerca de casa. Las alternativas eran estudiar en una universidad privada o marcharse a Barcelona o Madrid. «Con 16 años no me voy a ir tan lejos», explica. «Tampoco quería optar por la privada», añade.
Así que decidió buscar un camino alternativo hacia el mismo objetivo. «Como lo que yo quiero es investigar, no importa tanto el camino que siga, sino el destino. Cualquier carrera de ciencias que me permita dedicarme a la investigación me va a servir».
«Me gustaría mejorar la vida de las personas».
Escogió Química porque considera que le dará una visión más general antes de especializarse. Después tiene previsto hacer un máster y un doctorado. Su intención es orientar su carrera hacia la investigación relacionada con la salud.
Dentro de diez o quince años no sabe exactamente dónde estará, pero sí tiene claro qué quiere haber conseguido: «Me gustaría mejorar la vida de las personas, prevenir enfermedades o encontrar curas», dice. «Puede ser la cura contra el cáncer o también un tratamiento para una enfermedad rara o incurable», explica.
Ahora, está expectante con esta nueva etapa. «Tengo ganas de ver cómo será mi nuevo entorno. El ambiente de la universidad es mucho más libre. Además, como con la gente de mi edad no he acabado de cuadrar, creo que esta es una buena oportunidad de conocer gente con mis mismos intereses«, concluye.












