El pulso entre el “sí” y el “no” a reabrir las negociaciones para el ingreso de Islandia en la Unión Europea (UE) parece decantarse hacia un rechazo a retomar el proceso de adhesión, abandonado en 2013, aunque por un margen mínimo que obliga a esperar al resultado final del referéndum celebrado el sábado. Escrutado casi el 80 % de los votos, la radiotelevisión pública islandesa, RUV, daba una victoria para el «no» por un 51,1 %, frente al 49,8 de los partidarios de retomar las conversaciones. Se daba así la vuelta al marcador respecto a la correlación de fuerzas mostrada con el 60 % del escrutinio, en que el «sí» ganaba por una diferencia muy estrecha. El rechazo procede de las regiones más remotas y del ámbito urbano, donde el conteo se realiza más lentamente. La Autoridad Electoral ha advertido de que los resultados oficiales se conocerán hacia el mediodía del domingo.
El índice de participación se situó sobre el 80 %. Era un nivel similar al alcanzado en las elecciones nacionales de hace dos años, que dieron la victoria a la socialdemócrata Kristrún Frostadóttir. La primera ministra, que gobierna al frente de un tripartito desde 2024, ha sido la impulsora de este referéndum e incluso aceleró su convocatoria, que en principio estaba planteada para 2017. Fue a raíz de la incertidumbre creada por el ímpetu anexionista de Donald Trump sobre Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, y considerando que el país estaría mejor protegido bajo el paraguas de la UE.
El peso del poderoso sector pesquero
Islandia es miembro del Espacio Económico Europeo (EEE) y de la zona Schengen, por lo que tiene acceso al mercado del bloque comunitario. Es asimismo miembro fundacional de la OTAN, aunque no tiene ejército propio sino que su defensa depende de un acuerdo bilateral con Estados Unidos desde 1951.
Para muchos islandeses, no está claro qué ventajas aportará al país el ingreso. Han pesado mucho en la campaña los temores del sector pesquero a perder el control sobre sus caladeros. Una victoria del «sí» implicaba reanudar las negociaciones interrumpidas hace más de una década. Para entonces se habían abierto 27 de los 33 capítulos previstos, pero no los concernientes a la pesca y la agricultura. Se planteó la consulta como un primer paso hacia el ingreso, pero no el definitivo, ya que en el camino quedaría un segundo referéndum para someter al voto ciudadano el acuerdo alcanzado entre las partes.
Efectos sobre Bruselas
El resultado de la consulta , de imponerse el «no», será un revés para Frostadóttir y para el conjunto de la UE. Bruselas aspiraba a una señal positiva islandesa a modo de bálsamo frente a su división actual, las difíciles perspectivas de ingreso entre los candidatos de los Balcanes y las incertidumbres que plantean el de Ucrania o Moldavia. Desde 2013, en que ingresó Croacia, no ha habido nuevas incorporaciones y en cambio escuece aún el ‘brexit’, la salida del Reino Unido.
Reikiavik había solicitado por primera vez el ingreso en 2009, tras el colapso de su sistema bancario arrastrado por la crisis global. El posterior avance del euroescepticismo precipitó la interrupción de las conversaciones. La negociación quedó interrumpida, pero para Bruselas no estaba definitivamente rota, de manera que reabrirlas parecía relativamente fácil. También se contaba, en caso de respuesta positiva, con un ingreso rápido, en unos dos años, para una Islandia rica y calificable de aspirante ideal a la adhesión.
La isla, con 397.000 habitantes, está envuelta, al igual que Groenlandia, en la disputa entre Estados Unidos, Rusia y China por el dominio de las rutas de navegación árticas. Eso ha dado al referéndum una dimensión geopolítica global, aunque finalmente la decisión sobre si acercarse más o no a la UE ha correspondido a los 273.000 ciudadanos con derecho a voto.
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