Tan jóvenes, tan desesperados, tan muertos

No hicieron las maletas. Muchos ni siquiera dejaron una nota. Se levantaron una noche, se pusieron la ropa más ligera que tenían y caminaron kilómetros hacia la costa sabiendo que no iban a despedirse de nadie. Eso, quizá, es lo más desgarrador de esta historia: no la muerte en sí, sino el silencio que la precedió. Silencio elegido, porque decir adiós habría significado admitir el miedo o dar tiempo a que alguien intentara detenerlos.

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