JUAN JOSÉ MILLÁS | Analfabetos

Los ojos son unos putos déspotas. Acaparan el ochenta por ciento de la información que recibimos del mundo, como esa gente toma la palabra y no la suelta en las reuniones de vecinos. El olfato, el tacto, el oído y el gusto se reparten las migajas sensoriales en un rincón del cuerpo, mascullando resentimientos que nadie escucha porque para escuchar habría que prestarle atención al oído, y estamos demasiado ocupados mirando y mirando para verlas venir. Se me ocurre esto mientras observo (otra vez los ojos) a una mujer que lee un libro en el metro. La observo a ella, pero también observo que la observo, y en ese desdoblamiento descubro la tiranía ocular en toda su crudeza. Mis oídos captan el traqueteo del vagón y el murmullo de conversaciones ajenas, pero yo no estoy ahí, no estoy en el sonido, estoy en la imagen de esa mujer pasando páginas. El tacto de mis propios dedos contra la barra metálica me resulta lejano, casi abstracto, como si perteneciera a otro cuerpo, a otra vida.

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