Los ojos son unos putos déspotas. Acaparan el ochenta por ciento de la información que recibimos del mundo, como esa gente toma la palabra y no la suelta en las reuniones de vecinos. El olfato, el tacto, el oído y el gusto se reparten las migajas sensoriales en un rincón del cuerpo, mascullando resentimientos que nadie escucha porque para escuchar habría que prestarle atención al oído, y estamos demasiado ocupados mirando y mirando para verlas venir. Se me ocurre esto mientras observo (otra vez los ojos) a una mujer que lee un libro en el metro. La observo a ella, pero también observo que la observo, y en ese desdoblamiento descubro la tiranía ocular en toda su crudeza. Mis oídos captan el traqueteo del vagón y el murmullo de conversaciones ajenas, pero yo no estoy ahí, no estoy en el sonido, estoy en la imagen de esa mujer pasando páginas. El tacto de mis propios dedos contra la barra metálica me resulta lejano, casi abstracto, como si perteneciera a otro cuerpo, a otra vida.
Los ojos colonizan. Han convencido al cerebro de que ver es comprender, de que la realidad es aquello que se puede fotografiar. Pero ¿cuántas cosas esenciales escapan a la retina? El peso del aire antes de la tormenta, que solo la piel detecta. El sabor metálico del miedo en la boca. El perfume de alguien que ya se fue, flotando todavía en una habitación vacía. Los ojos no saben nada de eso. Son analfabetos de lo sutil. Deberían pedir perdón. Arrodillarse ante el oído y reconocer que la música existe más allá de las partituras. Disculparse con el tacto por haber convertido las caricias en preámbulos del visionado pornográfico. Inclinarse ante el gusto, que entiende la infancia mejor que cualquier fotografía. Y, sobre todo, humillarse ante el olfato, ese sentido ancestral y despreciado que es el único capaz de provocar llanto instantáneo con la simple ráfaga de un guiso antiguo.
Pero los ojos no pedirán perdón. Los tiranos nunca lo hacen. Seguirán ahí arriba, en lo alto del cráneo como dos emperadores en su balcón, dictando qué es real y qué no, decidiendo qué merece atención y qué debe ignorarse. Y nosotros, pobres súbditos, continuaremos obedeciendo. Mirando. Siempre mirando. Como si en algún lugar del mundo visible estuviera escondida la respuesta a una pregunta que solo el silencio, el aroma o la caricia sabrían formular.












