El final es una imagen: el cuerpo de una adolescente estampado en el suelo. A las preguntas de cómo, cuándo o por qué llegó a morir así, tras una caída desde una de las ventanas del reformatorio de Nuestra Señora del Pilar de San Fernando de Henares, se dio, en poco tiempo, una respuesta: la chica, Inmaculada Valderrama, de solo 14 años, interna en uno de los centros del Patronato de Protección a la Mujer se había accidentado fatalmente cuando intentaba fugarse. El escándalo hizo que se encadenaran dos muertes: la de la chica y la de esa institución represora nacida en pleno franquismo, que aún tardó dos años en cerrar. Pero la imagen de esa muerte “hizo imposible el eludir la responsabilidad y la vergüenza”.
Así lo creen Esther López Barceló, María Palau y Marta García, a quienes persiguió la historia de Inmaculada desde que la escucharon por primera vez. Palau y García son coautoras de ‘Indignas hijas de su patria. Crónicas del Patronato de Protección a la Mujer’ (Institució Alfons el Magnànim). Así conocieron el nombre y la vida de la chica. “Nos preguntábamos por qué fue la única muerte en salir en prensa, porque Inmaculada no fue la única que murió en el Patronato”, rememora María Palau. Así que, junto con la historiadora Esther López Barceló, han intentado responder a esa pregunta en el libro ‘Inmaculada. La muerte que precipitó el final del Patronato’ que edita ahora Libros del K.O.
Les obsesionaba especialmente quién fue Inmaculada y por qué acabó encerrada. “Fue una niña que murió el 19 de septiembre de 1983 en circunstancias que nunca fueron clarificadas pero que se tildaron de intento de fuga”, resume Marta García. Pero es más complejo que eso.
Esther López Barceló, Marta García y María Palau, autoras del libro ‘Inmaculada. La muerte que precipitó el final del Patronato! / José Manuel López
Primero, porque Inmaculada no debería haber estado encerrada. Inmaculada era la hija de una familia humilde de La Barca de la Florida con once hermanos. “Era una niña muy buena, normal, según nos ha contado su familia, que recuerda que siempre iba de la mano de su hermana Antonia”, describe García. De la mano de Antonia, también, hizo un viaje a Madrid sin que lo supieran sus padres. Como resultado, las dos hermanas fueron internadas en San Fernando de Henares, donde la orden religiosa de la Cruzada Evangélica esperaba hacer de ellas dos buenas mujeres cristianas y adeptas a los principios del nacional-catolicismo.
Una carrera de obstáculos en la investigación
La fascinación por Inmaculada les llevó a una investigación maratoniana. Una carrera de fondo llena de obstáculos, reconoce Esther López Barceló. Las investigadoras solo encontraron unos pocos recortes de prensa. “Pensamos que el hilo del que teníamos que empezar a tirar era el de la investigación judicial”, dice. La noticia indicaba qué juzgado se hizo cargo de la investigación, y a él acudieron, pero se encontraron con el muro de no conocer el número de expediente. La jueza Victoria Rosell les habló de qué jueza podría ayudarles. “Cada vez que llegábamos a una puerta nueva, era una mujer quien la abría, y por esto decimos que es un libro coral y en el que, además, hay muchas mujeres”, dice.
A los archivos judiciales solo se permitía el acceso a una persona. Fue Palau, que no esperaba que no se pudiera hacer fotografías ni fotocopiar. Pasó horas leyendo en voz alta la documentación, con la función de dictado del móvil activada, para transcribirlo todo. “Ahí nos empezamos a dar cuenta de las incongruencias en la declaración y del informe de la autopsia”, dice Barceló.

Inmaculada Valderrama en una imagen cedida por la familia / Redacción Levante
Las incongruencias señalaban en una dirección: si era un suicidio era el más raro del mundo. Y si había sido un accidente, las circunstancias no quedaban del todo claras. Se dijo que se había caído por una ventana mientras intentaba fugarse, pero ni siquiera estaba vestida. “¿Pero quién se fuga sin pantalones?”, se pregunta Marta García. Aun así, se dio carpetazo rápidamente al caso.
Silencio, oración, trabajo esclavo
Al final, más preguntas que respuestas. “No podemos escribir de forma muy clara la causa de la muerte pero asumimos que tenemos que convivir con esa duda y hablar no solo de la muerte de Inmaculada sino de su vida”, dice María Palau. No solo eso: “este libro también habla de qué ocurre cuando muere una niña bajo la tutela del Ministerio de Justicia: que a nadie le importa, porque esas niñas, esas mujeres, estaban en un sitio donde no tenían que estar”.
Aun así, el escándalo fue importante. “¿Cómo aguantó el Patronato diez años después de la muerte de Franco? Porque en la transición existía la sensación de que había muchas cosas que hacer, muchos derechos que recuperar, pero esas niñas y mujeres no eran una prioridad”, considera Marta García. Y eso indica “qué tipo de transición tuvimos”, añade.

Un taller del Patronato de Protección a la Mujer / Archivo Histórico de la Junta de Andalucía
Mientras se votaba, se diseñaban instituciones democráticas o se aprobaban leyes, el Patronato seguía existiendo hasta 1985. Con él, en una estructura en la que paulatinamente comenzaron a incorporarse funcionarios, el modus operandi de los “reformatorios”. Lo resume Marta García: “silencio, oración, trabajo esclavo, una supuesta voluntad de formar sin ningún criterio pedagógico, un régimen carcelario”.
“La muerte de Inmaculada hizo crecer la vergüenza”
Pero al final se hizo imposible mirar hacia otro lado. “Las instituciones ya democráticas sentían vergüenza de lo que pasaba en los centros del Patronato y, cuando Inmaculada muere, esa vergüenza aumenta, esa responsabilidad se hace más evidente y obliga a tomar cartas en el asunto”, considera María Palau. Es decir, que la muerte de aquella niña de 14 años certificó, con retraso, con dilación, la muerte de la institución represora que la tenía bajo su tutela.
Y sí, el telón cayó, finalmente, sobre el Patronato “con ese nombre”. Pero la historia de Inmaculada, el rápido carpetazo que se dio a su muerte y las condiciones en las que vivió en el centro resuenan hoy, dice María Palau. “¿No se parece en algo a lo que se vive en algunos centros de menores, o en los CIE?”, se pregunta la periodista.
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