Rafael Guerra ‘Guerrita’, celebré torero cordobés, pronunció en su día una frase que ha pasado a la historia: “Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”. Una frase que describe a la perfección lo que pasó en 1934, en la primera participación de España en una fase final de la Copa del Mundo.
Cruzarse en el camino de Italia a las primeras de cambio era lo peor que le podía pasar. La suerte -mala, en este caso- lo decidió. Y la escuadra española tuvo que despedirse del campeonato pese a que su nivel invitaba a pensar que podía llegar más lejos. Tuvo que luchar contra todo y contra todos para morir en la orilla.
El saludo de los jugadores italianos antes de empezar un partido del Mundial de 1934 / FIFA
Situemos los hechos. Aquella segunda edición del Mundial se celebró en una Italia en la que el régimen fascista de Benito Mussolini quería presentarse ante el mundo organizando un magno evento. La primera campeona, Uruguay, renunció a participar como respuesta a la negativa italiana a participar en el torneo de 1930. Y cambió el formato de la competición: todo se decidía en eliminatorias directas.
La selección española obtuvo la clasificación para Italia’34 tras eliminar a Portugal. Amadeo García Salazar como seleccionador, buscaba reverdecer laureles en su primera cita mundialista, recordando la plata olímpica obtenida en los Juegos de Amberes, en 1920.
En la ronda de octavos de final, pasó por encima de Brasil en el estadio Marassi de Génova (3-1). Por su parte, Italia goleó 7-1 a Estados Unidos en el estadio del Partido Nacional Fascista de Roma. Italianos y españoles se citaron el 31 de mayo en el Giovanni Berta. Vittorio Pozzo, seleccionador transalpino, recibió caballerosamente a la expedición de España a su llegada a Florencia, pero la caballerosidad se acabó en ese gesto.
Encerrona italiana
El guion no podía ser más claro: Italia tenía que ganar por lo civil o por lo criminal. Nada podía alterar lo que ‘Il Duce’ deseaba: la gloria de su selección ante el mundo. Si había que nacionalizar futbolistas para reforzar al equipo –solo hay que recordar el ‘caso Monti’, se nacionalizan y punto. Se dice que los árbitros miraban a Mussolini antes de tomar según qué decisiones sobre el terreno de juego. Todo para el éxito ‘azzurro’.
Zamora, Ciriaco, Quincoces, Cilaurren, Muguerza, Fede, Lafuente, Iraragorri, Lángara, Luis Regueiro y Gorostiza formaron el once español aquel día. Y fue Regueiro quien adelantó a los de Amadeo García Salazar en el minuto 30, tras un gran pase de Lángara. Pero fue un espejismo. Antes del descanso, los transalpinos empataron gracias a Ferrari, en una acción con codazo previo a Zamora. Louis Baert, el árbitro belga del encuentro, miró hacia otro lado.
El partido derivó en brusquedades de todo tipo. Juego duro que acabó con numerosos lesionados y sin que nadie detuviera lo que empezaba a considerarse la ‘batalla de Florencia’. Baert anuló un gol a los españoles por un más que dudoso fuera de juego. Así, se llegó a la prórroga y tras los 30 minutos de juego, no hubo novedades. Un 1-1 inamovible, con una larga lista de víctimas. ¡Hasta al bueno de Ricardo Zamora le dieron una patada en un ojo!
Desempate fatal
En aquella época aún no se había inventado la tanda de penaltis, por lo que se tenía que disputar un partido de desempate un día después en el mismo escenario, si bien las condiciones no fueron las mismas. España tuvo siete bajas por lesión respecto al primer encuentro: Zamora, Ciriaco, Fede, Iraragorri, Lafuente. Lángara y Gorostiza. En Italia también hubo cuatro ausencias. Y la tónica general fue la misma. Esta vez, con Mussolini en el palco. El árbitro suizo René Mercet dio validez al gol italiano de Giusseppe Meazza pese a una clara obstrucción sobre el portero Nogués, al tiempo que anuló dos tantos de Regueiro y Quincoces que podían haber cambiado las cosas. Italia acabó ganando, como no podía ser de otra manera.
“Nos birlaron el partido”, declaró Zamora posteriormente con amargura. Entre las consecuencias de la ‘batalla de Florencia’, la suspensión a los árbitros de los dos partidos, Baert y Mercet. Una decisión que no consoló a la selección española, aunque su lucha no fue en vano. Al regreso a tierras españolas, los expedicionarios fueron recibidos como héroes por el Gobierno de la República. Se llegó a organizar una colecta para que cada internacional recibiera una medalla en señal de agradecimiento por lo vivido en Florencia. Condecorados pese a una derrota que, dadas las circunstancias, era inevitable.
Italia, como era de esperar, acabó ganando aquel Mundial. España no volvió a disputar una Copa del Mundo hasta 1950 en Brasil. En la edición de 1938 no pudo participar a causa de la Guerra Civil, mientras que en 1942 y 1946 no hubo campeonato a causa de la Segunda Guerra Mundial. Pese a que ha pasado el tiempo, la historia de la competición nunca olvidará el vergonzoso episodio de Florencia.












