Una de las cuestiones que generan mayor preocupación en España, según las encuestas, es la inmigración descontrolada, que habría impulsado el crecimiento de la extrema derecha y el giro del PP aproximándose a ésta para poder contenerla. Sobre ella, los políticos solo son capaces de emitir mensajes más relacionados con las emociones que con la racionalidad. La regularización en curso, estimada en 500.000 personas, pero que podría alcanzar el millón, plantea profundas dudas, especialmente por haber sido decretada sin el acuerdo del parlamento. El grado de mandarinato de la corrección política ha llegado hasta el extremo de que algún conocido tertuliano haya llegado a exigir al Gobierno que corrija las pulsiones egoístas de la ciudadanía. Es como si algunos soñaran ya en otro despotismo ilustrado que mantuviera las esencias doctrinarias alcanzadas los últimos ocho años: si la ciudadanía se revuelve en su contra, hay que corregirla, no acatarla. El motivo de no afrontar la inmigración es que no saben cómo hacerlo. Antes que nada, deberíamos disponer de un plan nacional que estimara las demandas futuras de la economía y de las necesidades de infraestructura y servicios públicos para todos; también de las ayudas sociales temporales para la integración; fijando los cupos aceptables. Y obrar en consecuencia. Una de las maneras de afrontar un problema es lo que en lógica se conoce como «reducción al absurdo». Preguntemos a quienes secundan la posición del Papa o de la extrema izquierda, acorde con el mensaje del cristianismo primitivo, pobrista, contrario al comercio: ¿Aceptarían 2 millones más de inmigrantes? ¿Y cuatro millones más? ¿Y seis millones? Digo yo que en algún momento se iban a plantar, pero ¿cómo lo justificarían? ¿Cuándo se alcanzaría la cifra en la que se declararían satisfechos moralmente? Les puedo asegurar que ninguna. Y culparían de los desastres acontecidos a los mismos gobiernos que se habrían allanado a sus elevadas ambiciones morales. Todo lo que no sea disponer de un plan racional como el apuntado es caminar a ciegas improvisando en el mejor de los casos, en el peor, resignarnos a ser arrastrados por una corriente de acontecimientos sin nadie al timón.
Si una inmigración procedente de Hispanoamérica, parece de entrada más asimilable; la procedente de Marruecos, Argelia y otros países musulmanes plantea, como sucede en Francia, Alemania e Inglaterra, graves problemas de integración con bolsas de inmigrantes sostenidos con ayudas sociales permanentes en los extrarradios de las grandes ciudades. Antonio Domínguez Ortiz dice en Las tres culturas en la Historia de España que «más que una convivencia, hubo una coexistencia problemática marcada por la desigualdad jurídica, la negación del convivium y la prohibición del connubium, en el contexto de la Reconquista. La convivencia pacífica tenía lugar si el poder lo ejercían los Abderramanes o los Hisenes excluyendo del Estado a judíos y cristianos. Si lo ejercían los Alfonsos o los Fernandos, se excluían a judíos y moros (sin perjuicio de médicos o escribas); al final, se los expulsaba». Gustavo Bueno aseguraba, en España frente Europa, que «el Islam y el cristianismo romano (del que somos herederos culturales) son inmiscibles. Han convivido, pero convivencia no significa integración. A lo más que se puede llegar es a una relativa tolerancia mutua propia de los que, aunque se sientan como iguales, saben que han de permanecer separados».
Sobre la demanda de «prioridad nacional» enarbolada por Vox y transformada por el PP en la priorización del arraigo, todo bajo la innecesaria coletilla del respeto a las leyes vigentes, se podrá estar o no de acuerdo. Pero sobre la candente cuestión de, por ejemplo, el carácter universal de la prestación sanitaria, como por todas las demás, ¿se podría asegurarla sea cual sea el número de inmigrantes irregulares? ¿Hay alguien capaz de conjeturar el número? ¿Y si el número de inmigrantes irregulares alcanza los dos millones, los cuatro millones? ¿Es que no saltaría por los aires el Título I de la Constitución? Los escenarios de los que surge la ley fundamental de 1978 no se corresponden con los grandes retos de 2026. No me voy a extender sobre la moralidad o inmoralidad de la susodicha prioridad nacional. Pero sí sobre el cinismo y la hipocresía de la izquierda y la extrema izquierda cuando la invocan como el camino para la discriminación y la xenofobia. En efecto, cuando las izquierdas y algunas derechas, en Cataluña, Balears, Valencia, País Vasco, Galicia, han establecido leyes de normalización lingüística mediante las cuales se han exigido requisitos elevados de dominio del catalán, vasco o gallego para acceder al empleo público autónomo, ¿acaso no lo han hecho, además de para el loable esfuerzo de mantener la identidad lingüística, para reservar los puestos de trabajo en la administración para los ciudadanos de esas comunidades? ¿No es eso una prioridad nacional, o nacionalista, que discrimina a los de otras comunidades, sean españoles de nacimiento o nacionalizados? La hipocresía del sostenella y no enmendalla se intensifica cuando se deroga el principio legal porque no se encuentran entre los «propios» candidatos dispuestos a trabajar en determinados puestos, sean médicos en Balears, sean operarios técnicos en Cataluña y donde sea que no haya demandantes con título lingüístico suficiente, lo que cuestiona la bondad de esas leyes. Se podrá argumentar que la legislación no impide que los «extraños» entre los que se pueden incluir los hispanohablantes de estas u otras regiones, con esfuerzo extraordinario lleguen a obtener la titulación necesaria, pero no deja de ser una medida discriminatoria que no tiene reflejo en la legislación para optar a un puesto de trabajo en la administración del Estado ni en las comunidades sin lengua propia, donde no se exige título alguno comparable a la exigencia de las comunidades que sí la tienen. Podrán argumentar que la exigencia lingüística es imprescindible para conservar la identidad. Basta leer un poco de historia para saber que ninguna identidad permanece, que caen imperios y lenguas y sólo se mantiene la ensoñación de la trascendencia. En esta ensoñación vive una izquierda estrambótica que vive de eslóganes, no solamente ajena a la realidad, sino en permanente lucha contra ella, incapaz de asumir la complejidad de la naturaleza humana y su ideal de libertad, la gran enemiga.
Suscríbete para seguir leyendo












