Prioridad nacional

Una de las cuestiones que generan mayor preocupación en España, según las encuestas, es la inmigración descontrolada, que habría impulsado el crecimiento de la extrema derecha y el giro del PP aproximándose a ésta para poder contenerla. Sobre ella, los políticos solo son capaces de emitir mensajes más relacionados con las emociones que con la racionalidad. La regularización en curso, estimada en 500.000 personas, pero que podría alcanzar el millón, plantea profundas dudas, especialmente por haber sido decretada sin el acuerdo del parlamento. El grado de mandarinato de la corrección política ha llegado hasta el extremo de que algún conocido tertuliano haya llegado a exigir al Gobierno que corrija las pulsiones egoístas de la ciudadanía. Es como si algunos soñaran ya en otro despotismo ilustrado que mantuviera las esencias doctrinarias alcanzadas los últimos ocho años: si la ciudadanía se revuelve en su contra, hay que corregirla, no acatarla. El motivo de no afrontar la inmigración es que no saben cómo hacerlo. Antes que nada, deberíamos disponer de un plan nacional que estimara las demandas futuras de la economía y de las necesidades de infraestructura y servicios públicos para todos; también de las ayudas sociales temporales para la integración; fijando los cupos aceptables. Y obrar en consecuencia. Una de las maneras de afrontar un problema es lo que en lógica se conoce como «reducción al absurdo». Preguntemos a quienes secundan la posición del Papa o de la extrema izquierda, acorde con el mensaje del cristianismo primitivo, pobrista, contrario al comercio: ¿Aceptarían 2 millones más de inmigrantes? ¿Y cuatro millones más? ¿Y seis millones? Digo yo que en algún momento se iban a plantar, pero ¿cómo lo justificarían? ¿Cuándo se alcanzaría la cifra en la que se declararían satisfechos moralmente? Les puedo asegurar que ninguna. Y culparían de los desastres acontecidos a los mismos gobiernos que se habrían allanado a sus elevadas ambiciones morales. Todo lo que no sea disponer de un plan racional como el apuntado es caminar a ciegas improvisando en el mejor de los casos, en el peor, resignarnos a ser arrastrados por una corriente de acontecimientos sin nadie al timón.

Fuente