Las claves
Generado con IA
Generado con IA
El caso de Keir Starmer es el último de un sistema político implacable, pero profundamente higiénico. La clave está en que nadie se libra de rendir cuentas.
En el Reino Unido, los diputados responden ante sus votantes antes que a su líder, por lo que cada error o mala decisión se convierte en una amenaza real.
Starmer está acorralado: primero llegó el escándalo por el nombramiento de Peter Mandelson como embajador de Estados Unidos (hoy, investigado por haber filtrado información al delincuente sexual Jeffrey Epstein). Después, la tremenda derrota en las elecciones locales de los laboristas.
Los estatutos del partido establecen que si un 20% de los diputados pide la dimisión del primer ministro, deben celebrarse primarias (siempre y cuando haya alguien dispuesto a disputar el cargo). Y aquí reside una de las grandes diferencias respecto a la mayoría de sistemas: el liderazgo nunca, nunca, está blindado.
En Westminster, pocos temen enfrentarse al líder si consideran que se ha convertido en un problema para el partido o para el país y la lista de primeros ministros derribados por los suyos es larga: Margaret Thatcher, Tony Blair, David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss…
¿Qué ocurriría con un primer ministro que no logra aprobar presupuestos, que tiene a un exministro investigado por corrupción o tras sucesivas derrotas regionales? En el Reino Unido, los partidos no se repliegan ante el líder, sino que lo sacrifican para proteger el sistema.
Sobrevivir o atrincherarse en el poder, no es, ni será, una opción.














