El Mayo Festivo cordobés, escrito así con mayúsculas como se escribe todo lo grande, está tan consolidado que ya no es un mes sino mucho más. Lo es por el valor alegórico que entraña, símbolo de tradición, cultura popular y encuentro lúdico, y por estrictas razones de calendario, pues ha crecido por delante con abril como una muy extensa y acogedora antesala. Y si no lo hace por detrás –dejando aparte octubre, convertido por muchos aspectos en su prolongación- es porque el calor de junio apenas da para más actividad programada que los cines de verano. Eso en el milagroso supuesto de que sus gestores reconsideren la posibilidad anunciada de no abrirlos este año y de que el Ayuntamiento, a base de ayuda económica, y colectivos ciudadanos con toda su batería de persuasión logren convencerlos de algo obvio: que mantener el cine de verano en Córdoba no es solo hacer negocio, es contribuir de una manera romántica a hacer ciudad.
Pero todavía estamos en abril, y con una intensa agenda de fiesta que conviene dosificar si se quiere llegar sano y salvo a la traca final, la Feria en el Arenal. Allí andan ahora recolocando casetas hasta tapar los huecos dejados por las considerables ausencias de este año (otros a los que tampoco les cuadran las cuentas). El mayo cordobés arrancó a mitad de abril con el pregón, que tradujo en palabras la emoción de los festejos por llegar. Corrió a cargo de quien bien los conoce por su condición de presidente de las peñas, Juan Serrano, que, como tocaba, puso por las nubes las esencias cordobesas. Y no eludió la crítica al referirse a las Cruces, cuyo cercano horizonte –con sus ruidos y demás incontinencias- nos hace temblar a los vecinos del casco histórico, escaldados por la experiencia de masificación desbordada y noches en blanco. Y eso que esta vez una orden municipal impondrá que se reduzca el volumen de la música durante la siesta y en la madrugada. Únicamente falta que la medida se controle –de momento la Policía Local amenaza con un plante por cuitas laborales que podría afectar al plan de seguridad- y que se cumpla.
Ya veremos qué pasa a partir del día 29 en que se inician las Cruces, con la novedad de un premio «a la más bonita entre las bonitas» de las 52 que concurren, en busca de cierto toque de calidad al margen de la barra. Antes, las carrozas de las peñas, las mismas que han hecho el caminito de Santo Domingo, lanzarán dentro de tres días miles de claveles (dicen que serán 80.000) en una amable Batalla de las Flores cada año más concurrida, ya que los touroperadores la anuncian como un acontecimiento único en su género, y el turismo atiende la llamada.
Algo parecido, pero multiplicado por la atracción del producto ofrecido y, desde 2025 por su nueva ubicación, sucede con la Cata del Vino Montilla-Moriles, sin duda el plato fuerte de abril y no solo por los alicientes gastronómicos que lo acompañan. Hoy mismo, en la que será su 40 edición, abrirán en la avenida del Alcázar, la milla de oro entre el río y la Mezquita-Catedral, los estands de las diez bodegas y cinco restaurantes participantes. Serán muchas menos bodegas que en los tiempos previos al covid –aquí también van de retirada-, a causa de las pérdidas en el sector vitivinícola debidas a la plaga del mildiu según la organización, por desavenencias en la gestión administrativa en opinión de algunas empresas disidentes o por ambos motivos. Pero eso no resta confianza en el éxito seguro a Javier Martín, presidente del Consejo Regulador, para quien la Cata no consiste en vender vino sino en proporcionar el disfrute de una buena convivencia y de celebrar lo nuestro. Ese Mayo Festivo que no es un mes sino una forma de ser y estar en el mundo.














