“Yo nací muy lejos, en Punta Arenas. Eso es pasada la Patagonia, en Sudamérica, mirando al estrecho de Magallanes y a la Antártida”, explica entre risas Angélica Ribera, propietaria del hotel rural “Los Corrales de Aliste”. Algo más cerca nació Montserrat Teso, propietaria de un taller artesanal en Lober de Aliste, quien hace más de 20 años se trasladó desde Barcelona hasta la provincia zamorana “buscando alternativas”. O Rosa Piriz, de Supermercado Aguiar, en Alcañices, que hace años decidió quedarse en su pueblo, “porque me gusta hacer cosas por él y para la gente de aquí”. Tres mujeres distintas, con orígenes diferentes y sueños diversos, pero que cargan sobre sus hombros un objetivo común: emprender.
Para Ribera, el mundo del emprendimiento siempre estuvo en su vida: “Soy hija de una andaluza y de un gallego”, cuenta durante la Jornada de Lanzamiento de la Red PAME (Centros de Apoyo a la Mujer Emprendedora) 2026-2027 del grupo de Acción Local Asociación para el Desarrollo de Aliste, Tábara y Alba (Adata) celebrada este martes en Alcañices. Lo que entonces Ribera no sabía es que, después de ejercer durante 23 años en el Hospital Universitario de La Paz como urgencióloga, iba a dejar aquella vida por un zamorano que tiempo después se convertiría en su marido y copropietario de una casa rural en Sarracín de Aliste: “Estoy segura de que en alguna otra vida yo debo de haber sido de la zona rural, porque me encanta”, asegura.
Sus inicios en el mundo del emprendimiento surgieron a raíz de la idea de reagrupar a su familia: “Paco estaba aquí (en Alcañices), y yo trabajaba en Madrid. Nos veíamos mucho porque yo intentaba viajar en cuanto podía, pero con mi trabajo era muy difícil la conciliación”, relata. Fue entonces cuando tomaron la decisión de crear “Los Corrales de Aliste”, un espacio donde “la gente pueda reencontrarse con su raíz, con la naturaleza, donde poder descansar, reflexionar y encontrar protección junto a mi familia”, una historia que, lejos de parecer idílica, “fue muy difícil como mujer emprendedora”.
Ribera lo cuenta como si ya no doliera, pero en las arrugas de su mirada se puede ver el cansancio de los comentarios que un día la juzgaron por sus decisiones: “Tengo un compañero que es un gran cirujano en La Paz, y que decidió hace dos años irse de allí para ser artista. Todo el mundo le decía lo valiente que era. Cuando yo dije lo mío me llamaron loca”, confiesa. “Es una loca, es una loca”, repite Ribera. “Mi gerente me dijo que fuera a hacerme un escáner de cabeza porque seguro que ‘me había salido algo por ahí’”, recuerda. Es aquí donde nace su primer consejo: “Nunca nuestras decisiones como mujeres deben ser tomadas desde el miedo, ni el miedo debe tomar nuestras decisiones”, señala.
¿A qué edad caduca el talento emprendedor?
En el mundo del emprendimiento los problemas surgen antes que el proyecto: “Antes de producir tienes que enfrentarte a licencias, a proyectos técnicos, a la adecuación de los inmuebles, a las normativas sanitarias, a registros, seguros, prevención de riesgos, fiscalidad, seguridad social, requisitos medioambientales, diferentes administraciones, etc.”, enumera Montserrat Teso. Una larga lista de dificultades que, en el caso de ser mujer, se incrementan: “Resulta paradójico, porque a mis 54 años de edad tengo experiencia, capacidad para valorar los riesgos, sé trabajar, porque te lo ha dado el tiempo, sé gestionar las dificultades que te puedan ir apareciendo, y probablemente tengo mucho más claro qué quiero hacer. Pero cuando necesitas financiación, el plazo de amortización y la edad pueden limitar determinadas operaciones. Por eso, creo que deberíamos reflexionar también sobre los sistemas de financiación para el emprendimiento rural. Porque no todas las emprendedoras tienen 25 o 30 años y el talento emprendedor no caduca a los 50. O sea, no es que no caduque a los 50, es que no caduca”, reivindica. “Una buena idea no significa tener capacidad económica inmediata para ponerla en marcha y esto puede provocar que proyectos perfectamente viables nunca lleguen a comenzar”, añade.
A la edad, se le suma otro factor. “Las mujeres siempre hemos trabajado muchísimo, sobre todo en los pueblos, haciéndonos cargo de familiares, cuidando animales, trabajando la tierra, atendiendo los negocios, a mayores, a niños… y en muchas ocasiones esta parte del trabajo ha sido invisible”, recuerda. Pero, ¿qué quieren ahora las mujeres?: “Queremos dar un paso diferente, queremos ser también promotoras, propietarias, responsables de nuestros propios proyectos empresariales. Y eso implica romper con determinadas inercias”, manifiesta Teso.
Romper esas inercias, sin embargo, no depende únicamente de la voluntad de quien decide emprender: “Todavía ocurre que una mujer tenga que demostrar que conoce más un proceso, que sabe gestionar una inversión o que es capaz de dirigir un proyecto”, advierte Teso. Y a esa necesidad de acreditar continuamente la propia capacidad se le suma una cuestión que atraviesa buena parte de la vida en el medio rural: los kilómetros.
En Aliste las condiciones están marcadas, inevitablemente, por el territorio: “Los kilómetros son tiempo y dinero”, resume la propietaria del taller artesanal de Lober. Mientras que en una ciudad un proveedor, un laboratorio o un servicio especializado pueden encontrarse a unos minutos, desde un pequeño pueblo prácticamente cualquier gestión obliga a desplazarse.
Comprar maquinaria, recibir materias primas, enviar productos o solucionar una avería implica recorrer kilómetros. A ello se suma un transporte público limitado y unos servicios de mensajería y logística que pueden resultar más caros o menos frecuentes: “Para una empresa urbana la logística puede ser simplemente una partida de gastos, pero para una pequeña empresa rural puede convertirse en un factor que determine si un producto es competitivo o no”, explica.
Algo parecido ocurre con las comunicaciones. Si durante años disponer de una buena conexión podía entenderse como una ventaja, hoy Teso la considera una necesidad básica para cualquier negocio: “La digitalización es infraestructura empresarial en el mundo rural”, sostiene. Certificados, pedidos, trámites administrativos, relación con proveedores o comercialización se realizan ya a través de Internet.
Pero en su caso existe todavía una dificultad añadida: convertir aquello que ofrece el territorio en un producto que pueda venderse. Porque disponer de recursos no significa disponer automáticamente de un negocio: “Una cosa es tener la lana, la cera de las abejas, las plantas aromáticas o la materia prima ganadera, y otra diferente es conseguir que esos recursos lleguen al mercado convertidos en productos con valor añadido”, explica Teso.
No solo emprender desde cero
No todos los proyectos empresariales nacen de crear algo desde cero. A veces emprender significa evitar que algo que ya existe desaparezca. Y en los pueblos esa diferencia puede ser mucho más importante de lo que parece.
Rosa Piriz lo sabe bien. Ella decidió quedarse en Alcañices porque quería vivir allí. Su llegada al comercio se produjo a través del traspaso de un negocio cuyo propietario se jubilaba. El supermercado ya estaba en funcionamiento y eso hizo que sus primeros pasos fueran diferentes a los de otras emprendedoras: “Para mí no fue tan difícil porque era un negocio ya creado”, reconoce. Hubo trámites, burocracia y gestiones, pero también una estructura comercial previa sobre la que continuar trabajando.
Con el tiempo descubrió que mantener abierto un negocio en un pueblo podía convertirse también en una forma de mantener vivo el propio territorio. Tanto que hace aproximadamente año y medio volvió a hacerlo. Otra jubilación, otro establecimiento que podía cerrar y otra oportunidad para impedir que un servicio desapareciera, esta vez en Sanabria: “A mí me gusta complicarme la vida”, bromea. Pero detrás de esa frase existe una convicción mucho más profunda: “Que no se terminen los negocios en los pueblos”.
Pero ni siquiera algunas ventajas eliminan la principal incertidumbre de cualquier establecimiento situado en un pequeño municipio, disponer de clientes suficientes durante todo el año, porque el medio rural tiene una peculiar manera de medir el tiempo. Existe agosto y existen los otros once meses: “Cuando viene la gente en agosto me dicen: ‘Tienes muchísima gente, te vas a forrar’. Ya, pero ¿y el resto de los once meses del año qué hacemos?”, plantea. Los clientes se multiplican durante algunas semanas, regresan familias, se llenan las casas y aumenta el consumo. Después llega septiembre y la población vuelve a reducirse. Sin embargo, los gastos permanecen: “Yo tengo los mismos empleados, pago el mismo alquiler, pago la misma luz, tengo los mismos gastos. Y no siempre es agosto”.
Red PAME
Frente a muchas de esas dificultades, la Junta de Castilla y León ha reactivado en 2026 la Red de Puntos de Apoyo a la Mujer Emprendedora (PAME), una iniciativa destinada a reforzar el emprendimiento femenino en el medio rural a través de la estructura y la experiencia de los 44 Grupos de Acción Local de la comunidad y de las tres redes de desarrollo rural: Princal, Rural Red y Huebra.
La red nació con una idea sencilla: que una mujer que quiera poner en marcha un proyecto en un pueblo no tenga que afrontar sola un camino que muchas veces comienza bastante antes de abrir la puerta de su negocio. Que exista un lugar de referencia al que acudir para resolver dudas, recibir asesoramiento, formarse o buscar financiación.
En esta segunda etapa, la iniciativa pretende mantener y ampliar el trabajo realizado hasta ahora, con especial atención a las mujeres que quieren emprender o consolidar una actividad ya existente en el medio rural, especialmente en ámbitos relacionados con el sector agroalimentario.
Buena parte de ese acompañamiento se articula precisamente alrededor de algunos de los obstáculos que describen Ribera, Teso y Piriz.
El primero de los ejes se centra en la orientación laboral, el emprendimiento y la empleabilidad. Los Grupos de Acción Local desarrollarán itinerarios personalizados y espacios de apoyo profesional para quienes quieran poner en marcha un proyecto empresarial. También prestarán acompañamiento en los trámites administrativos y en la búsqueda de ayudas y recursos que permitan financiar inversiones o facilitar el asentamiento de mujeres en los pueblos.
Es, en cierto modo, una respuesta a esa sucesión de licencias, registros, proyectos, seguros o gestiones que Montserrat Teso resumía al explicar que los problemas aparecen incluso antes de empezar a producir.
El segundo eje pone el foco en la formación y la sensibilización. La red prevé acciones específicas relacionadas con actividades productivas propias del medio rural, así como programas orientados a mejorar la productividad y la competitividad de las empresas.
El objetivo final va más allá de ayudar a crear nuevos negocios, como en el caso de Rosa Piriz, se trata también de conseguir que los proyectos que ya existen puedan crecer, modernizarse y mantenerse en territorios donde cada actividad económica tiene un peso que trasciende a la propia empresa.
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